11 octubre 2015

Nosotros, los apátridas por Friedrich Nietzsche (La gaya ciencia)


Nosotros, los apátridas. Entre los europeos de hoy no faltan esos hombres que tienen derecho a llamarse apátridas en un sentido que les distingue y les honra; ¡que a ellos en especial les sean confiados expresamente mi sabiduría y mi gaya ciencia! Pues su suerte es dura, su esperanza incierta, cuesta muchísimo idear algo que les consuele, pero ¿para qué? Nosotros, hijos del futuro, ¿cómo íbamos a sentirnos en nuestro hogar en un presente como éste? Nos desagrada todo ideal en virtud del cual uno de nosotros pudiera no sentirse demasiado fuera de su tierra, incluso en este período transitorio, frágil y quebradizo; pero en cuanto a las “realidades” de dicho período, no creemos que sean duraderas. La capa de hielo que hoy se mantiene aún se ha hecho ya muy delgada, sopla el viento del deshielo, y nosotros, los apátridas, somos algo que rompe el hielo y otras “realidades” demasiado endebles… Nosotros no “conservamos” nada, tampoco queremos volver a cualquier época del pasado, no somos “liberales” en modo alguno, no trabajamos por el “progreso” ni necesitamos taparnos los oídos para no oír las sirenas de la plaza pública que hablan del futuro en sus cantos; ¡no nos seducen cuando cantan: “igualdad de derechos”, “sociedad libre”, “ni amos ni esclavos”! Sencillamente no consideramos deseable que se asiente en este mundo el reino de la justicia y de la concordia (porque sería en todos los sentidos el reino de la mediocridad más profunda y algo similar a la sociedad china), nos regocijamos con todos los que, como nosotros, aman el peligro, la guerra, la aventura, que no se dejan acomodar, captar, reconciliar ni avasallar, nos incluimos entre los conquistadores, reflexionamos sobre la necesidad de una nueva jerarquía y también de una nueva esclavitud, ya que siempre que se fortalece y se eleva el tipo “hombre” se requiere asimismo una nueva forma de esclavitud, ¿no es así? Por todo ello, es preciso que nos sintamos a disgusto en el seno de una época que reivindica el honor de ser la más humana, la más dulce y más equitativa que haya existido nunca bajo la faz del sol. ¡Lo peor es que esas bellas palabras despierten en nosotros segundas intenciones tan feas!, ¡que no veamos en ellas más que la expresión —y también la mascarada— del profundo debilitamiento, del cansancio, de la vejez, de la decrepitud! ¿Qué nos importan los oropeles con los que un enfermo adorna su debilidad? Allá él si la exhibe como una virtud suya, pues es indudable que la debilidad vuelve dulce, ¡y tan dulce!, tan equitativo, tan inofensivo, tan “humano”; ¡demasiado bien conocemos a esos hombrecillos y mujercillas histéricos que hoy necesitan ponerse el velo y las vestimentas ridículas de esa “religión del amor” que pretenden hacernos adoptar! Nosotros no somos humanitarios; nunca nos atreveríamos a hablar de nuestro “amor a la humanidad”; ¡ninguno de nosotros es lo bastante cómico para eso!, ¡ni lo bastante saintsimoniano, ni lo bastante francés! Verdaderamente hay que estar afectado de esa excitabilidad erótica desmesurada y de esa impaciencia característicamente francesa para acercarse con ardor y buena fe a la humanidad… ¡a la humanidad! ¿Hubo nunca una vieja más odiosa entre las viejas? (a no ser que estemos hablando de “la verdad”, que es una cuestión reservada a los filósofos). No, no amamos a la humanidad; pero, por otro lado, distamos mucho de ser lo bastante alemanes, en el sentido ordinario en que se utiliza hoy esta palabra, para convertirnos en portavoces del nacionalismo y del odio racial, para regocijarnos con esa infección nacionalista por la que hoy los pueblos de Europa se atrincheran unos contra otros y se ponen recíprocamente en cuarentena. Somos demasiado desenvueltos para eso, demasiado maliciosos, demasiado mimados, pero también demasiado prevenidos, hemos “viajado” demasiado: preferimos mucho más vivir en los montes, apartados, “inactuales”, en los siglos pasados o futuros, aunque no fuera más que por ahorrarnos la cólera silenciosa a la que nos condenaría el ser testigos de una política que esteriliza al espíritu alemán al hacerlo vanidoso, y que es además una política pequeña. ¿No ha de colocar su creación entre dos odios mortales para evitar que se descomponga el punto? ¿No es preciso que se encamine a eternizar la división de Europa en pequeños Estados?... Nosotros, los apátridas, somos demasiado variados y mezclados, en cuanto a la raza y al origen, para ser “hombres modernos”, y, por consiguiente, nos sentimos poco inclinados a tomar parte en ese exceso y en ese engaño que es la autoidolatría racial que hoy se exhibe en Alemania como distintivo de las virtudes alemanas y que tratándose de un pueblo con “sentido histórico” resulta doblemente falsa e inconveniente. En suma, somos —y éste sería nuestro título más honroso— buenos europeos, los herederos de Europa, herederos ricos y satisfechos, pero herederos también infinitamente deudores de varios milenios de espíritu europeo; como tales, procedemos del cristianismo y somos a la vez anticristianos, precisamente porque procedemos de él y porque nuestros antepasados fueron cristianos radicalmente honrados, que sacrificaron voluntariamente a su fe sus bienes, su sangre, su posición social y su patria. Nosotros… hacemos igual. ¿A favor de qué? ¿De nuestra incredulidad? ¿De toda clase de incredulidad? ¡No, vosotros lo sabéis muy bien, amigos míos! El sí que lleváis escondido es mucho más fuerte que cualquier clase de no y de tal vez, que sufrís en solidaridad con vuestra época: y si debierais haceros a la mar, emigrantes, lo que os impulsaría a hacerlo, ¡sería también… una creencia!

Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia (Die fröhliche Wissenschaft), § 377.