27 diciembre 2015

¿La televisión forja individuos o borregos? por Dany-Robert Dufour

¿La televisión forja individuos o borregos?
Vivir en rebaño creyéndose libre
por Dany-Robert Dufour (Le Monde Diplomatique, enero de 2008)
«La televisión es ante todo un medio doméstico, y se ha instalado en una familia ya en crisis. De grupo estructurado por polos y roles, la familia deviene un simple agrupamiento funcional de intereses económico-afectivos: cada uno puede dedicarse a sus propias ocupaciones, sin que de ahí resulten derechos y deberes específicos para nadie. Por ejemplo, cada uno ―padre, madre o hijos― irá a rebuscar al frigorífico para tomar algo entre horas para calmar su apetito antes de volver a su habitación delante de la tele o el video sin tener que pasar por el ritual de la comida en común.
Estos aspectos son conocidos. Los que lo son menos, son las modificaciones introducidas por la televisión. Algunos estudios norteamericanos la llaman desde hace tiempo el «tercer padre» (La expresión figura en un informe de la comisión de investigación del senado sobre la «delincuencia de los menores»: «La televisión ha penetrado hasta tal punto en la vida de las familias y desempeña un papel tan importante en la vida cotidiana de los niños que se puede hablar, sin exagerar, de “tercer padre” para designarla»).

Esta extensión virtual de la familia hecha posible por el tercer padre ha sido poco percibida por las ciencias sociales. Sin embargo, había sido claramente señalada por la literatura, desde los principios de la era de la televisión. En 1953, en su sobrecogedora novela de anticipación Fahrenheit 451, el escritor americano Ray Bradbury muestras varias caras de un problema del que a menudo se ha resaltado uno solo: una sociedad en la que la televisión ocupa el lugar del libro. La acción se sitúa en un futuro próximo en el que la sociedad juzga los libros peligrosos, los considera como un obstáculo para la completa felicidad de las personas.
Si la cuestión de la relación televisión/libro ha sido bien percibida, se tuvo poco en cuenta la segunda cuestión decisiva que plantea la historia: la televisión como nueva familia. Este aspecto está, sin embargo, muy presente a través del papel destacado que en la novela desempeña la esposa de Montag. Mildred está completamente sometida al sistema de vida aséptico y obligatoriamente feliz instaurado por el «Gobierno». Consume todas las pastillas necesarias para evitar cualquier tipo de ansiedad. Y, sobre todo, vive con la televisión, que se encuentra en todas las habitaciones de la casa y que cubre toda la superficie de la pared (la novela se adelanta un poco a nuestra tecnología, pero felizmente tenemos ya pantallas planas cada vez más grandes). La ambición más significativa de la heroína es incluso comprarse un día una cuarta pared-pantalla para mejorar... la vida familiar.
La fuerza de la novela es haber sabido, con mucho adelanto, revelar este rasgo: mientras que la familia real ―con sus códigos, sus lazos y sus jerarquías― desaparece lentamente, es sustituida por una nueva comunidad inmensa y volátil, guiada por la televisión.
Si queda alguien lo bastante ingenuo para creer que la calidad de las emisiones se tiene en cuenta al diseñar la programación, corre el riesgo de desengañarse al primer vistazo. Sólo cuenta la audiencia, porque sólo ésta influye sobre los negocios serios: el precio de los espacios publicitarios.
Conocidas son también las declaraciones realizadas en una reunión íntima por Patrick Le Lay, presidente de TF1: «Nuestras emisiones tienen como vocación poner [el cerebro del telespectador] disponible: es decir, de divertirle, de sosegarlo y prepararlo entre dos mensajes. Lo que vendemos a Coca-Cola es el tiempo de cerebro humano disponible. Nada es más difícil de obtener que esta disponibilidad».
Hay, por tanto, que aclarar esto: el modo preciso por el cual se obtiene esta disponibilidad. (...) Me gustaría formular la hipótesis de que aquello que permite a esta audiencia constituirse como fiel se explica por el funcionamiento de la televisión como familia virtual de sustitución.
Tomar en consideración esta «familia» es indispensable para quien quiera verdaderamente describir y pensar nuestro mundo y sus temas. Así, Bernard Stiegler, en un pequeño y mordaz libro a propósito de la televisión y de la miseria simbólica, indica que «[lo audiovisual] engendra comportamiento gregarios y no, contrariamente a cierta leyenda, comportamientos individuales. Decir que vivimos en una sociedad individualista es una mentira patente, un engaño extraordinariamente falso (...). Vivimos en una sociedad-rebaño, como lo comprendió y anticipó Nietzsche».
Kant desarrolló el tema de cómo los hombres se convierten en un rebaño en ¿Qué es la Ilustración? (1784). Se produce, según él, cuando los hombres renuncian a pensar por sí mismos y se ponen bajo la protección de «guardianes, que tan bondadosamente se han arrogado este oficio. Después de entontecer su rebaño y procurar cuidadosamente que no se salgan del camino trillado donde los metieron, les muestran los peligros que les amenazarían caso de aventurarse a salir de él». A la lista de guardianes del rebaño avanzada por Kant ―el mal príncipe, el oficial, el funcionario de hacienda, el cura que dicen: «¡No piense! ¡Obedezca! ¡Pague! ¡Crea!» ―, conviene añadir hoy el vendedor, ayudado del publicitario, ordenando al rebaño de consumidores: «¡No piense! ¡Gaste!»
Para absorber la superproducción, los capitalistas han desarrollado técnicas de marketing encaminadas a captar el deseo de los individuos a fin de incitarles a consumir cada vez más. Las teorías de Sigmund Freud han sido puestas a rendir beneficios, a través de la adaptación al mundo de la industria que ha realizado... su sobrino americano Edward Bernays. Este último ha explotado (primero para el fabricante de cigarrillos Philip Morris) las posibilidades inmensas de incitación al consumo de eso que su tío llamaba la «economía libidinal».
El genio de Bernays radica en haber visto el partido que podía extraer de las ideas de Freud. En efecto, en 1923, en Crystallizing Public Opinion, explica que los gobiernos y los anunciantes pueden «disciplinar el espíritu como los militares hacen con el cuerpo». Esta disciplina puede ser impuesta en razón «de la flexibilidad inherente a la naturaleza humana individual». Bernays indica que la «soledad física es un verdadero terror para el animal gregario, y que su incorporación a un rebaño le provoca un sentimiento de seguridad. En el hombre este miedo a la soledad suscita un deseo de identificación con el rebaño y con sus opiniones».
Todo parte de un contrato mentiroso según el cual el espectador cree poder ver sin ser visto. En realidad, el telespectador no es todopoderoso, ni mucho menos: es mirado y vigilado más de lo que mira. No olvidemos que ninguna otra actividad social es más evaluada que la que se refiere a las prácticas audiovisuales.
Lo mismo vale para todos los nuevos conjuntos ego-gregarios. En efecto, al igual que con Internet múltiples programas espías residentes o a distancia graban la mirada del internauta por medio de sus clics de ratón, para elaborar un retrato robot que haga posible verlo bajo todos sus contornos y bajo todos sus hábitos, múltiples cajas negras graban la menor reacción de los telespectadores.
La televisión funciona como una especie de panóptico de Bentham a la inversa: Una construcción penitenciaria panóptica es aquélla en la que el guardián está en una garita en la oscuridad, situada en el punto central de una planta circular en la que están distribuidos múltiples pisos de celdas con barrotes, a las que da la luz violentamente. Así, un gran número de presos pueden ser vistos por un solo guardián, sin que ninguno sepa que es vigilado.»