29 noviembre 2015

De la incapacidad de sentir compasión por Tissy Bruns (Die Zeit)

Von der Unfähigkeit zum Mit-Leiden
por Tissy Bruns (Die Zeit)

De la incapacidad de sentir compasión
Winnenden es expresión de un abismo: Jamás el mundo de los adultos estuvo tan alejado de la soledad que rodea la adolescencia.
"Las crisis de locura asesina son un viejo fenómeno; los tiroteos en la escuelas no. Desde 1974, se contabilizan aproximadamente 100 de esta crisis de locura asesina dirigidas contra las escuelas. Casi 200 profesores y alumnos fueron víctimas sin sentido de jóvenes violentos armados. Por lo que sabemos casi siempre se trata de hombres, con acceso y tendencia a tener armas, que se siente altamente postergados, llamativamente poco llamativos, que proceden de las "mejores" familias, que pasan muchas horas con juegos violentos en la pantalla de su ordenador. Sabemos que su "locura asesina" se elabora lentamente. Retrospectivamente son reconocibles un sin número de alarmas preventivas, que fueron pasadas por alto.

Según ellos mismos admiten, los científicos que investigan las razones de las crisis de locura asesina, no saben por qué el joven de diecinueve años Robert Steinhäuser en Erfurt o Tim K., de sólo diecisiete, en Winnenden, bajo el furor de tal rabia asesina han terminado por matarse a sí mismos. Porque las características que se dan en estos casos, también sus distintas combinaciones —varón, armas, introvertido, enfermedad mental, videojuegos— se cuentan en la cultura juvenil de hoy por miles, millones, sin que se dé el terrible uso final de una violencia que acaba matando a adolescentes inofensivos, a sus profesores y a los propios autores. «Deberíamos admitirlo: no entendemos estos hechos», dijo el Presidente alemán Johannes Raus en 2002 justo después del asesinato de 16 víctimas en Erfurt.En estos asesinos carentes de compasión, que muchas veces aparecen en Internet antes de cometer sus crímenes con las armas en la mano y ocultos tras un pasamontañas, querríamos ver el “mal” que siempre está ahí, pero al margen de nosotros. Lo sabemos mejor que nadie. Rau dijo también en Erfurt: «Haga lo que haga un ser humano: seguirá siendo un ser humano». En el disfraz bajo el que Tim K. disparó a niñas de 14 años, se ocultaba un niño feliz, de mejillas sonrojadas. El loco homicida se rige demasiado claramente por imágenes y modelos de nuestro presente, como para que podamos negar que estos criminales incomprensibles ponen un espejo ante la sociedad.
Más exactamente: un espejo de nuestra sociedad. 66 de los 100 casos tuvieron lugar en los últimos diez años y —nuestros vecinos nos lo recuerdan— Alemania se ha convertido con Winnenden en el país europeos con más asesinatos en las escuelas. En Estados Unidos, la capital de los tiroteos en las escuelas, la violencia casi cotidiana se ha extendido cada vez más: desde 1992 han muerto 451 personas en las escuelas.
En estos días, como después de Erfurt o Emsdetten, la opinión pública pregunta por las posibilidades de prevención. Se habla de los juegos violentos, el derecho de posesión de armas, introducir controles en la puerta de las escuelas y de la posibilidad de saber si un joven va a seguir el mismo camino y evitarlo. Es la hora también de los lamentos: que un psicólogo escolar tiene que atender en Alemania a 16000 escolares, que a las 350000 armas de las que dispone la policía hay que sumar más de siete millones en posesión de particulares, que el acoso escolar en las aulas está muy extendido, que los chicos se han convertido en los perdedores de la educación y que los padres apenas prestan atención a lo que los hijos ven en los medios de comunicación.
Todo eso es verdad. Tenemos que tomárnoslo en serio cada día. El gran debate después de los sucesos de Winnenden es tan inevitable como insatisfactorio. Debería llevarnos a preguntar, después de estos días de horror, qué pudo provocar una aparición semejante de la violencia en la escuela. Pero este debate también tiene que plantearse lo que no se hizo hasta ahora, a fin de que la escuela pueda ser un espacio de protección para niños y adolescentes. Puede que sea un consuelo para los adultos, pero no una ayuda para niños que crecen en una sociedad en la que reciben a diario mensajes violentos.
Si la pregunta por la prevención se convierte en la cuestión principal, tenemos que tratar cuál es la fuente y la causa principal de los problemas de niños y adolescentes en nuestra sociedad. Los niños, para decirlo clara y brevemente, tienen que funcionar demasiado y demasiado pronto. Se convierten en objetos de procesos educativos que fueron reformados según los requerimientos de eficiencia de la economía. Objetos cuando el medio para la producción de sistemas de atención es la presión de movilidad y flexibilidad sobre sus padres. Objetos de una industria de consumo y de publicidad que es un golpe colosal al proceso de individualización de hacerse adolescente, porque promete buena apariencia, amor, intimidad con marcas y modas, éxito y reconocimiento a través de la fama rápida. Cuando se da el caso de catástrofes o trastornos, los jóvenes están siempre en el punto de mira como objetos que no funcionan correctamente.
Padres y profesores a los que se señala con el dedo en estos debates son actores culpables sin culpa de estos mundos de la educación. Jamás tantos padres y tantos profesores se han esforzado en conseguir una educación adaptada a cada niño, en la que la alabanza cuente más que el castigo, la violencia está prohibida y la exigencia va acompañada del estímulo. Pero diariamente, padres y profesores con las mejores intenciones fracasan. Sólo en casos excepcionales este fracaso se debe a falta de responsabilidad o cariño. Lo normal es que a lo que les sucede a padres, profesores y educadores se les pueda aplicar una frase pasada de moda: las circunstancia no permiten otra cosa...
Locos homicidas como Tim K. se han convertido en asesinos, porque han perdido la empatía, la capacidad de sentir lo que sienten los otros o ni tan siquiera la han llegado a desarrollar. La pérdida de empatía y la indiferencia entre generaciones es una característica de nuestra época. Jamás el mundo de los adultos estuvo tan alejado de la soledad del proceso en el que los chicos se hacen mayores. El padre de antes de la guerra, la madre de después de la guerra, los padres de la generación del 68 cometieron sus errores. Pero tenían un vínculo emocional con el hijo, que con 13 fumaba y bebía, con la hija que en secreto se había conseguido la píldora. Primero se fue demasiado lejos con la bofetada, después con el hablar sobre todos los problemas.
La emigración, Internet y el escaso número de niños crean un nuevo y raro abismo. Es como si la vieja protección a los niños valiera para los adultos, y preferentemente para adultos sin niños, mientras los adolescentes se llevan todos los palos. Los estudiantes de bachillerato de Hamburgo saben lo que son los atracos entre chavales, sus tíos y tías no. Todos los niños y adolescentes de Berlín que participaron en una encuesta realizada por Tagespiegel en 2008 conocen de alguna manera la violencia. Ningún niño puede sustraerse a las tensiones y conatos de la vida común de diferentes cultural, mientras muchos adultos sólo la ven en el cine o en el salón. Los chats son espacios para adolescentes que los adultos desconocen, como muestran la poca credibilidad otorgada a los supuestos avisos previos de Tim K. Apenas ningún adulto comprende la jerga de Internet lo suficientemente bien como para distinguir lo que son gestos adolescentes de la deriva hacia la auténtica impasibilidad.
Los diálogos en los foros son horripilantes, aunque sean desconocidos por los adultos. Las revistas se indignan cuando un rapero manifiesta odio contra los homosexuales; no hacen caso a que el mismo tenga canciones que inciten a la violencia contra las mujeres, o incluso lo justifican con que la chicas alucinan con él. Los juegos de ordenador violentos fueron puestos, después de los sucesos de Erfurt, para tranquilizar a la opinión pública adulta bajo una vigilancia más férrea, aunque en general se ignora, que el consumidor pude adaptar las variantes menos violentas con más efectos.
Los padres que bajo la presión de sus trabajos apenas pueden superar la distancia que los separa del mundo de los jóvenes, están tan desbordados como los profesores en unas escuelas mal financiadas y abandonadas. En combinación con la charlatanería indiferente de la opinión pública surge el auténtico abismo de comprensión entre la sociedad adulta y los jóvenes. El mundo de los adultos quiere para todo una respuesta rápida —y para ello recurre a el peor modelo imaginable. Pues el resultado es siempre lo que los pedagogos consideran el peor de los errores: palabras y hechos se desmoronan.
Un ejemplo de ellos es el debate recurrente y sobre el que nunca se extraen conclusiones sobre los juegos violentos de ordenador. Son peligros. En los siete casos conocidos de locos homicidas de año 1999 al 2006 han desempeñado un papel relevante, cuatro de los autores tenían incluso un modo mediático concreto para sus actos. Estos juegos perjudican a los niños, también a aquellos que no se convierten de asesinos. El cerebro aprende lo que hace, dice la ciencia. Entretanto en múltiples investigaciones se ha demostrado que la tendencia a cometer actos violentos con el trato permanente con juegos violentos aumenta y la capacidad para sentir compasión se reduce. Es como si nuestros hijos se sentaran bajo los rayos peligros de un sol que emite rayos ultravioletas, si estos juegos no son claramente boicoteados, lo mejor sería prohibirlos.
Los adolescentes en su difícil búsqueda de una identidad propia tienen una sensibilidad especial para la diferencia. Muchos jóvenes cuando oyen hablar de detectores de metales, juegos de computador o armas informáticas, se vuelven desconfiados. Eso lo sabemos, dicen los hijos: nosotros somos los culpables porque chillamos delante de la pantalla. Sobre eso no tenéis ni idea... El ejemplo de la seguridad es un ejemplo de cómo la diferencia se pierde bajo el celo de luchas verbales. Entre los detectores de metales americanos y los vigilantes de las escuelas de Berlín ante las puertas de entrada hay por medio todo un mundo pedagógico.
Las medidas de seguridad en muchas escuelas norteamericanas son una rendición ante la violencia —quizá inevitable—, que se agota en una defensa cotidiana y que convierte a los escolares en objeto permanente de sospecha. Los vigilantes desarmados de la Escuela Köllner de Berlín se dirigen contra posibles intrusos del exterior. El mensaje reza: protegemos a los alumnos interponiéndonos ante ellos. En los días siguientes a Winnenden basta la diferencia para constatar que ninguno de ambos conceptos ofrece una protección absoluta contra locos homicidas. Pero sea cual sea el lenguaje, la actitud con la que se pueda garantizar la seguridad en las escuelas: ella no puede conseguirse a costa de la confianza.
La ayuda que no sea bien comprendida por los niños, provoca una defensa latente, sobre todo en la pubertad, la fase más insegura de la vida humana. En el debate superficial sobre niños y escuelas nos comportamos como si hubiéramos olvidado las lecciones de los grandes humanistas del mundo, así como si se perdieran de un golpe los valiosos conocimientos de la moderna neurología. Educación es amor y ejemplo, al margen de eso, nada, dice Friedich Fröbel. El metaconcepto, que determina toda nuestra vida, dice el neurólogo Gerald Hüther, es la capacidad de relacionarse. Si Hüther tiene razón. ¿tenemos que reflexionar sobre nuestras escuelas para arreglarlas según Pisa? La competencia, dice el neurólogo, sólo ayuda cuando se ha encontrado el camino para recorrerlo mejor, más rápido, más tontamente. El progreso bien entendido sólo se da cuando dos se encuentra.
Confianza y modelo son los recursos más importantes sobre los que pueden construir niños y adolescentes, si los adultos se encuentran con ellos."