07 septiembre 2015

Alemania no ahorrará dolor a Grecia - su interés es destruirnos por Yanis Varoufakis (The Guardian)

Germany won’t spare Greek pain – it has an interest in breaking us 
por Yanis Varoufakis (The Guardian
Alemania no ahorrará dolor a Grecia - su interés es destruirnos 
La reestructuración de la deuda ha sido siempre nuestro objetivo en las negociaciones -pero para algunos líderes de la eurozona el objetivo es el Grexit
«El drama financiero de Grecia ha dominado los titulares durante cinco años por una razón: la obstinada negativa de nuestros acreedores a un esencial alivio de la deuda. ¿Por qué, en contra del sentido común, contra el veredicto del FMI y en contra de las prácticas cotidianas de los banqueros que se enfrentan a deudores que se enfrentan a una situación difícil, se resisten a una reestructuración de la deuda? La respuesta no se encuentra en la economía porque reside en el profundo laberinto de la política europea.

En 2010, el Estado griego se convirtió en insolvente. Se presentaban entonces dos opciones consistentes con seguir perteneciendo a la zona euro: la sensata, que cualquier banquero decente recomendaría -la reestructuración de la deuda y la reforma de la economía; y la opción tóxica -extender nuevos préstamos a una entidad en quiebra mientras se aparenta que sigue siendo solvente.
La Europa oficial eligió la segunda opción, poniendo el rescate de los bancos franceses y alemanes expuestos a la deuda pública griega por encima de la viabilidad socioeconómica de Grecia. Una reestructuración de la deuda habría implicado pérdidas para los banqueros en sus tenencias de deuda griega. Deseando evitar tener que confesar a los parlamentos que los contribuyentes tendrían que pagar de nuevo por los bancos a través de nuevos préstamos insostenibles, los funcionarios de la UE presentaron la insolvencia del Estado griego como un problema de falta de liquidez, y justificaron el "rescate" como un caso de "solidaridad" con los griegos. 
Para enmarcar la transferencia cínica de las pérdidas privadas irrecuperables a los hombros de los contribuyentes como un ejercicio de "amor severo", se impuso a Grecia una austeridad récord, cuyo ingreso nacional, en cambio -con el cual tenían que pagarse las deudas nuevas y las antiguas-, disminuía en más de una cuarte parte. Se necesita la pericia matemática de una niño inteligente de ocho años de edad para saber que este proceso no podía terminar bien. 
Una vez que la  sórdida operación estaba completa, Europa había adquirido automáticamente otra razón para negarse a discutir la reestructuración de la deuda: ¡ahora perjudicaría los bolsillos de los ciudadanos europeos! Y así se administraron dosis crecientes de austeridad mientras que la deuda se hizo aún mayor, lo que obligó a los acreedores a extender más préstamos a cambio de más austeridad.
Nuestro gobierno fue elegido con el mandato de poner fin a este ciclo fatal; para exigir la reestructuración de la deuda y el fin de la paralizante austeridad. Las negociaciones alcanzaron el punto muerto que todo el mundo conoce hoy por una simple razón: nuestros acreedores continúan descartando cualquier reestructuración tangible de la deuda aunque insisten en que nuestra deuda impagable será reembolsada "paramétricamente" por los más débiles de los griegos, sus hijos y sus nietos.
En mi primera semana como ministro de finanzas recibí la visita de Jeroen Dijsselbloem, presidente del Eurogrupo (los ministros de Finanzas de la zona euro), que me puso ante una dura elección: aceptar el plan de rescate "lógico" y abandonar cualquier demanda de reestructuración de la deuda o nuestro acuerdo de rescate "se estrellaría" -siendo la consecuencia no nombrada que los bancos de Grecia serían clausurados. 
Cinco meses de negociaciones tuvieron lugar en condiciones de asfixia monetaria y una estampida bancaria inducida, supervisada y administrada por el Banco Central Europeo. Lo que pasaría ya estaba escrito: a menos que capituláramos estaríamos pronto frente a controles de capital, cajeros automáticos en cuasi-funcionamiento, unas vacaciones bancarias prolongadas y, en última instancia, el Grexit.  
La amenaza de un Grexit ha sido un largo camino de incertidumbres. En 2010, cuando sus bancos estaban repletos de la deuda griega, puso el temor de Dios en los corazones y las mentes financieras. Incluso en 2012, cuando el ministro de Finanzas de Alemania, Wolfgang Schäuble, decidió que los costos de Grexit eran una "inversión" que valía la pena como una forma de disciplinar a Francia y otros, la perspectiva continuaba asustando a casi todos los demás. 
En el momento que Syriza ganó el poder en enero pasado, y como para confirmar nuestra afirmación de que los "rescates" no tenían nada que ver con el rescate de Grecia (y todo que ver con compartimentar el norte de Europa), una gran mayoría dentro del Eurogrupo -bajo la tutela de Schäuble- había adoptado el Grexit ya como su resultado preferido o como arma de elección en contra de nuestro gobierno. 
Los griegos, con razón, sienten un escalofrío al pensar en la amputación de la unión monetaria. Salir de una moneda común no es como cortar la relación con un tipo fijo de cambio (severing a peg), como hizo Gran Bretaña en 1992, cuando el ministro de Hacienda británico, Norman Lamont, cantó feliz en la ducha el día después de que la libra abandonara el mecanismo de tipos de cambio (MTC). Por desgracia, Grecia no tiene una moneda cuya paridad con el euro se puede cortar. Tiene el euro -una moneda extranjera plenamente administrada por un acreedor hostil a la reestructuración de la deuda insostenible de nuestra nación. 
Para salir, tendríamos que crear una nueva moneda a partir de cero. En el Irak ocupado, la introducción de nuevos billetes llevó casi un año, más o menos 20 aviones Boeing 747, la movilización de la fuerza de los militares de EE.UU., tres empresas de impresión y cientos de camiones. En ausencia de ese apoyo, el Grexit sería el equivalente de anunciar una gran devaluación con más de 18 meses de antelación: una receta para liquidar todo el capital social griego y su transferencia al extranjero por cualquier medio disponible. 
Con el reforzamiento del pánico bancario inducido por el BCE, nuestros intentos de poner la reestructuración de la deuda de nuevo en la mesa de negociación cayó en oídos sordos. Una y otra vez nos dijeron que se trataba de un asunto a posponer a un futuro indeterminado que seguiría "al éxito de completar el programa" -una trampa estupenda ya que el "programa" nunca podría tener éxito sin una reestructuración de la deuda. 
Este fin de semana trajo el clímax de las conversaciones cuando Euclides Tsakalotos, mi sucesor, se esfuerzó, de nuevo, en poner el caballo delante del carro -para convencer a un Eurogrupo hostil de que la reestructuración de la deuda es un requisito previo para el éxito de la reforma de Grecia, no una recompensa ex post por ello. ¿Por qué es algo tan difícil de conseguir? Veo tres razones.
Una es que la inercia institucional es difícil de superar. Una segunda, que la deuda insostenible da a los acreedores un inmenso poder sobre los deudores -y el poder, como sabemos, corrompe incluso a los mejores. Pero es la tercera que me parece más pertinente y, de hecho, más interesante.
El euro es un híbrido de un régimen de tipo de cambio fijo, como el MTC de 1980, o el patrón oro de 1930, y una moneda estatal. El primero se basa en el miedo a la expulsión para permanecer unidos, mientras que la moneda estatal implica mecanismos de excedentes de reciclaje entre los Estados miembros (por ejemplo, un presupuesto federal, bonos comunes). La eurozona cae entre estos dos taburetes -es más que un régimen de tipo de cambio y menos que un estado. 
Y ahí está el problema. Después de la crisis de 2008/9, Europa no sabía cómo responder. ¿Debería preparar el terreno para al menos una expulsión (es decir, el Grexit) para fortalecer la disciplina? ¿O pasar a una federación? En tanto no ha hecho ninguna de las dos, su angustia existencialista va siempre en aumento. Schäuble está convencido de que tal como están las cosas, necesita un Grexit para limpiar el aire, de una manera u otra. De repente, una deuda pública griega permanentemente insostenible, sin la cual el riesgo de un Grexit se desvanecería, ha adquirido una nueva utilidad para Schäuble. 
¿Qué quiero decir con esto? Sobre la base de meses de negociación, mi convicción es que el ministro de Finanzas alemán quiere que Grecia sea empujada fuera de la moneda única para sembrar el temor en los franceses y hacer que acepten su modelo de una zona euro disciplinaria.»