06 julio 2015

Habermas: Por qué Merkel se equivoca respecto a Grecia por Jürgen Habermas (Süddeutsche Zeitung/Social Europe/El País)

Habermas: Warum Merkels Griechenland-Politik ein Fehler ist 
por Jürgen Habermas (Süddeutsche Zeitung/Social Europe/El País)
Habermas: Por qué Merkel se equivoca respecto a Grecia
No los bancos sino los ciudadanos son los que deben decidir sobre Europa, pide el famoso filósofo Jürgen Habermas. Angela Merkel ha contribuido a la crisis. La canciller considera los intereses de los inversores más importantes que el saneamiento de la economía griega.
«La última sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea (TJUE) arroja una cruda luz sobre la construcción defectuosa de una unión monetaria sin una unión política. En el verano de 2012 todos los ciudadanos tuvieron que agradecer a Mario Draghi que con una sola frase salvara su moneda de las desastrosas consecuencias de la amenaza de un colapso inmediato.
Al anunciar la compra en caso de necesidad de cantidades ilimitadas de bonos del gobierno, sacó las castañas del fuego al Eurogrupo. Tuvo que seguir adelante solo, porque los jefes de gobierno fueron incapaces de actuar en el interés común europeo; permanecieron encerrados en sus respectivos intereses nacionales y petrificados en un estado de shock. Los mercados financieros reaccionaron después con alivio por una sola frase con la que el presidente del Banco Central Europeo simuló una soberanía fiscal que no poseía. Porque ahora como antes siguen siendo los bancos centrales de los Estados miembros quienes actúan como prestamistas de última instancia.

El TJUE no ha descartado esta competencia como contraria a la letra de los Tratados europeos; pero como consecuencia de su sentencia, el BCE puede, de hecho, sujeto a algunas restricciones, ocupar el espacio de maniobra de un prestamista de última instancia. El tribunal declara que la acción de rescate no es del todo constitucional y el Tribunal Constitucional Federal alemán, probablemente, secundará esa sentencia con algunas precisiones adicionales. Uno está tentado a decir que aunque la ley de los Tratados europeos no deba ser retorcida directamente por sus protectores, puede ser ajustada con el fin de limar, caso a caso, las consecuencias desafortunadas que se siguen de la construcción defectuosa de la Unión Monetaria Europea (UME). Ese defecto -como abogados, científicos y economistas políticos han demostrado una y otra vez en los últimos años- sólo puede ser corregido mediante una reforma de las instituciones.
El caso que va y viene entre Karlsruhe y Luxemburgo ilumina un vacío en la construcción de la unión monetaria que el BCE ha llenado por medio de la ayuda de emergencia. Pero la falta de soberanía fiscal es sólo uno de los muchos puntos débiles. Esta unión monetaria seguirá siendo inestable mientras no se vea reforzada por una unión bancaria, fiscal y económica. Pero eso significa ampliar la UME en una unión política si queremos evitar, o incluso fortalecer, el actual carácter tecnocrático de la UE y dar abiertamente por perdida la democracia como algo meramente decorativo. 
Estos dramáticos acontecimientos de 2012 explican por qué Mario Draghi nada contra la corriente  de una combinación de políticas miopes e incluso guiadas por el pánico. Con el cambio de gobierno en Grecia inmediatamente elevó la voz: "Necesitamos un salto cuántico en la convergencia institucional... Debemos poner a un lado un sistema basado en reglas para la política económica nacional y en su lugar dar más soberanía a instituciones comunes." Incluso si no es lo que uno espera que diga un ex banquero de Goldman Sachs, quería incluso asociar estas reformas pendientes con "más responsabilidad democrática" (Süddeutsche Zeitung, 17 de marzo de 2015).
Eran las palabras de alguien que había aprendido que las disputas a puerta cerrada entre los jefes de gobierno que sólo piensan en su base nacional de votantes, sencillamente,  no son suficientementes buenas si se deben tomar las decisiones de política fiscal, económica y social necesarias. Hoy, tres meses más tarde, el BCE trabaja una vez más en comprar tiempo con préstamos de emergencia para gobiernos incapaces.
Para Merkel ya en 2010 eran más importantes los intereses de los inversores 
Debido a que la canciller federal alemana optó ya en mayo de 2010 por considerar los intereses de los inversores como más importantes que un recorte de la deuda que devolviera la salud a la economía griega, estamos atrapados en una crisis una vez más. Esta vez es el hueco dejado por otro déficit institucional que emerge.
El resultado de las elecciones griegas es el voto de una nación que, en una mayoría significativa, está de pie contra la humillante, así como la opresiva, miseria de una política de austeridad impuesta a su país. No puede haber discusión sobre el voto en sí mismo: La población rechaza la continuación de una política cuyo drástico fracaso es algo que han experimentado de primera mano. Equipado con esta legitimidad democrática, el gobierno griego está tratando de llevar a cabo un cambio de política en la zona euro.
Esto los enfrenta en Bruselas a los representantes de otros 18 gobiernos que justifican su rechazo refiriéndose fríamente a su propio mandato democrático. Aquellas primeras reuniones recordaban a unos novicios arrogantemente fanfarrones disfrutando el estado de ánimo optimista de su triunfo, participando en una batalla grotesca con los gobernantes titulares que actuaban en parte como tíos paternalistas y en parte como cínicos veteranos: Ambas partes insistiendo como loros en que disfrutaban de la autoridad dada por sus respectivos "pueblos". 
La naturaleza involuntariamente cómica de su uniforme manera de pensar basada en el Estado-nación puso sin dudas ante la vista de la opinión pública europea lo que realmente faltaba: Un enfoque para un proceso de toma de decisiones comunes entre los ciudadanos sobre decisiones políticas trascendentales en el núcleo de Europa.
Pero el velo arrojado sobre este déficit institucional de un Parlamento Europeo basado en un sistema a escala europea de partidos políticos aún no ha sido realmente atravesado. Las elecciones griegas han puesto un palo en la rueda de Bruselas porque allí los ciudadanos han elegido una alternativa política europea que les obliga a apuntar al verdadero problema. Por otra parte, los representantes del gobierno tomas tales decisiones como tecnócratas entre ellos y escatiman a la opinión pública de sus respectivos países las cuestiones candentes. Las negociaciones de compromiso en Bruselas se atascan probablemente porque ambas partes no atribuyen la infructuosidad de las negociaciones a la construcción defectuosa de los procedimientos e instituciones de la UME, sino al mal comportamiento de sus socios.
Es cierto que estamos tratando aquí con la adherencia obstinada a una política basada en un programa de austeridad que no sólo se enfrenta con abrumadoras críticas por parte de expertos internacionales, sino que ha causado costos terribles en Grecia y demostrablemente ha fallado. Pero, en el conflicto básico que opone a una parte en busca de un cambio de política a otro que obstinadamente se niega a participar en absoluto en las negociaciones políticas, emerge una asimetría profunda. 
Vamos a ser muy claros sobre el aspecto escandaloso, más aún repugnante, de este rechazo: El compromiso no fracasa por unos cuantos millones de dólares aquí o allá, ni siquiera a causa de tal o cual condición, sino sólo por el hecho de la demanda griega de permitir un nuevo comienzo para la economía y para una población explotada por una elite corrupta, aceptando el perdón de la deuda -o una regulación equivalente, como por ejemplo, una moratoria de la deuda ligada al crecimiento.
En cambio, los acreedores insisten en el reconocimiento de una montaña de deuda que la economía griega nunca será capaz de superar. Eso sí, no hace falta decir que un recorte de la deuda es inevitable tarde o temprano. Así que los acreedores insisten con mala fe en el reconocimiento formal de una carga de la deuda que saben que es intolerable. Hasta hace poco, incluso persistieron con la literalmente fantástica demanda de un superávit primario de más del 4%. Esto se ha reducido a una demanda aún poco realista del 1%; pero, hasta ahora, un acuerdo del que depende el destino de la Unión Europea ha fracasado debido a que la demanda de los acreedores se adhiere a una ficción.
El débil desempeño del gobierno griego
Por supuesto, los "países donantes" pueden ver motivos políticos para aferrarse a esta ficción que les permite postergar una decisión desagradable. Temen, por ejemplo, un efecto dominó en otros "países receptores"; y Angela Merkel no puede estar segura de su propia mayoría en el Bundestag. Pero una política equivocada debe de una manera u otra ser revisada a la luz de sus consecuencias contraproducentes. Por otro lado, no se puede echar la culpa del impasse a una sola parte. 
No puedo juzgar si hay una estrategia bien pensada detrás de los pasos tácticos tomados por el gobierno griego y lo que se hace por necesidades políticas, por inexperiencia o incompetencia de los principales actores. Tampoco tengo el conocimiento suficiente sobre las prácticas generalizadas y las estructuras sociales que obstaculizan las potenciales reformas. Pero es obvio que la Casa de Wittelsbach no ha logrado construir un estado funcional.
Como quiera que sea, tan difíciles circunstancias no explican por qué el propio gobierno griego está haciendo tan difícil para sus seguidores descubrir cualquier línea coherente detrás de su comportamiento errático. No hay esfuerzo evidente sensato para la construcción de coaliciones; no se sabe si los nacionalistas de izquierda se aferran a un sentido algo etno-céntrico de la solidaridad y sólo persiguen continuar como miembros de la zona euro por razones de prudencia -o si sus perspectivas no van más allá del Estado-nación. 
La demanda de un recorte de la deuda como el bajo continuo de sus negociaciones es, en cualquier caso, insuficiente para despertar la confianza en el lado opuesto de que el nuevo gobierno es diferente -que va a actuar de forma más enérgica y responsable que los gobiernos clientelistas que reemplazó. Tsipras y Syriza podrían haber elaborado el programa de reforma de un gobierno de izquierda y además "exhibirlo" ante sus interlocutores en las negociaciones en Bruselas y Berlín. Amartya Sen, el mes pasado en Firle, East Sussex, comparó la política de austeridad impulsada por el gobierno alemán federal con un medicamento que contiene una mezcla tóxica de antibióticos y veneno para ratas.
En completo acuerdo con el premio Nobel de economía, el gobierno de izquierda podría haber llevado a cabo una disgregación keynesiana de la medicina de Merkel y consecuentemente rechazado todas las imposiciones neoliberales; pero, al mismo tiempo, habrían tenido que dar credibilidad a sus intenciones de llevar a cabo la modernización del Estado y la economía, ejecutar una forma más justa de subsidios cruzados, combatir la corrupción y la evasión fiscal, etc. En cambio, recurrió a moralizar -a un juego de la culpa que en las circunstancias dadas dio ventaja al gobierno alemán, permitiéndole descartar con neo-alemana robustez la queja totalmente justificada de Grecia sobre la manera inteligente en que se puso fin (a la deuda) en la negociaciones dos más cuatro (de 1990 sobre la unificación alemana).
El débil desempeño del gobierno griego no altera el hecho de un escándalo que consiste en que los políticos de Bruselas y Berlín se niegan a considerar a sus colegas de Atenas como políticos. Ellos de hecho se parecen a los políticos, pero (hasta el lunes pasado) sólo hablaban en su papel económico como acreedores. Esta transformación en zombis tienen como objetivo dar a la insolvencia prolongada de un estado la apariencia de un procedimiento judicial civil apolítico.
Eso hace que sea tanto más fácil de negar cualquier co-responsabilidad política. Nuestra prensa se burla del acto de cambiar el nombre de la troika; de hecho es como un truco de magia. Pero, con él, aparece el deseo legítimo de ver surgir el verdadero rostro del político detrás de la máscara del acreedor. Porque sólo como políticos estas personas pueden ser consideradas responsables de un fiasco que ha terminado en la ruina masiva de oportunidades vitales, en el desempleo, la enfermedad, la miseria social y la desesperanza.
El escándalo dentro del escándalo es empecinamiento
Desde el principio, Angela Merkel implicó al FMI para sus dudosos movimientos de rescate. Este órgano es el responsable de las disfunciones en el sistema financiero internacional; como terapeuta se encarga de su estabilidad y por lo tanto actúa en el interés común de los inversores, especialmente los inversores institucionales. Como miembros de la Troika, las instituciones europeas también se fusionan con este actor, de modo que los políticos, en función del papel que desempeña en esta función, puedan retirarse al papel de agentes que actúan intocables estrictamente de acuerdo con las normas del FMI. Esta disipación de la política en conformidad con el mercado ayuda a explicar el descaro con el que los representantes del gobierno federal alemán, todos ellos personas altamente morales, pueden negar su co-responsabilidad política por las consecuencias sociales desastrosas que, sin embargo, aceptaron como líderes del Consejo Europeo a través de la aplicación de los programas de austeridad neoliberales. 
El escándalo dentro del escándalo es la forma de empecinamiento en la que el gobierno alemán percibe su papel de liderazgo. Alemania debe el estímulo de su recuperación económica de la que aún se beneficia a la sabiduría de las naciones acreedoras que, en el Acuerdo de Londres de 1953, cancelaron alrededor de la mitad de sus deudas. 
Pero no se trata de la vergüenza moral, sino del núcleo político de la cuestión: Las elites políticas en Europa ya no deben esconderse de sus votantes y de ellos mismos esquivando las alternativas que nos plantea una unión monetaria políticamente incompleta. Son los ciudadanos, no los bancos, quienes deben tener la última palabra en cuestiones existenciales para Europa. 
Al adormecimiento post-democrático de la opinión pública contribuye también la transformación de la prensa en un tipo terapéutico de periodismo que marcha del brazo de la clase política preocupada por el bienestar de los clientes, no de los ciudadanos.»