07 julio 2015

El hombre común nazi: John Gray sobre Goebbels, el jefe de propaganda de Hitler por John Gray (New Statesman)

The Nazi everyman: John Gray on Hitler's propaganda chief Joseph Goebbels 
por John Gray (New Statesman)
El hombre común nazi: John Gray sobre Goebbels, el jefe de propaganda de Hitler
Joseph Goebbels abrazó la barbarie para escapar del caos de su tiempo.
«Goebbels: a Biography
Peter Longerich. Traducida por Alan Bance, Jeremy Noakes and Lesley Sharpe
The Bodley Head, 992pp, 30 libras.
Una foto tomada durante la vacaciones encapsula la posición peculiarmente ambigua ocupada por Joseph Goebbels en la jerarquía nazi. Tomada en el verano de 1931, muestra a Goebbels, su amante Magda Quandt y amigos, junto con un Hitler radiante, en lo que parece casi como una reunión familiar. La impresión provocada por la foto no es del todo errónea. Al parecer fuertemente atraído por Magda, Hitler aprobó su matrimonio con Goebbels unos meses más tarde, creando una relación triangular que duró hasta que la pareja lo siguió en su suicidio en 1945. Hitler pasó una buena cantidad de tiempo con Goebbels y su esposa, no sólo en sus varios apartamentos (que él subsidiaba), sino también en sus casas de verano, así como en los viajes al teatro y al cine y los días festivos juntos. Además, como Goebbels informa en su diario, Magda pasaba a menudo día, a veces semanas, a solas con Hitler como su invitada. Las cinco niñas y un niño de los Goebbels, todos ellos con nombres que empezaban con la letra H, sirvieron a Hitler como una familia sustituta. En este contexto, hubo una cierta lógica en la decisión que llevó a Goebbels y a su esposa a asesinar a sus hijos cuando ellos pusieron fin a sus propias vidas. El único miembro del círculo íntimo de Hitler en tomar este camino, no veía futuro para sí mismo sin Hitler.

La fotografía captura un momento en las vidas entrelazadas del líder nazi y el jefe de propaganda que pasó gran parte de su vida cortejándolo y sirviéndolo. Lo que no muestra es la distancia entre Hitler y Goebbels en asuntos relacionados con la formulación de políticas y la toma de decisiones. Hitler rara vez confió en Goebbels al tratar asuntos estratégicos importantes. Goebbels no participó en las negociaciones con las fuerzas conservadoras que llevaron a Hitler al poder. Tampoco se le informó de la acción que se tomó en contra de la Sturmabteilung (SA o "camisas pardas"), una organización paramilitar que promovía una versión vehementemente anti-capitalista del nazismo, cuando el 30 de junio de 1934, la Noche de los cuchillos largos, Hitler capturó a sus líderes y los asesinó. Goebbels no fue invitado, cuando en noviembre 1937, Hitler presentó su estrategia a largo plazo a los jefes de las fuerzas armadas, y se sorprendió cuando el pacto nazi-soviético fue anunciado en agosto de 1939. A medida que la guerra se volvió contra Alemania, Goebbels -junto con otros miembros de la jerarquía nazi- empezaron a pensar en la negociación de una paz por separado, ya sea con la Unión Soviética o con los aliados. Intentó convencer a Hitler para explorar estas posibilidades en varias ocasiones; pero mientras él fingía interés, Hitler no hizo nada.
A pesar de la intimidad aparente de sus relaciones personales, Hitler nunca tomó en serio a Goebbels como estratega o asesor. En ningún momento hizo que Goebbels ocupara en el régimen nazi la posición central que deseaba y, a veces, imaginaba que había logrado. Eso no parece haberle molestado mucho. Como los diarios voluminosos que son la principal fuente de autoridad de Peter Longerich dejan claro, ofreciendo una nueva visión absorbente y escalofriante de la vida de Goebbelssu motivación principal fue siempre la de servir a Hitler. Su devoción por Hitler de ninguna manera se veía disminuida aunque esto significara aceptar cambios en la política de los que no se le informaba y que podría no haber aprobado.
La reacción de Goebbels a la Noche de los cuchillos largos ilustra la extensión de esta devoción. Utilizó el derramamiento de sangre para publicitar su culto a los héroes de Hitler. En su diario, señaló: "Strasser muerto, Schleicher muerto, muerto Bose, Clausene [sic] muerto. Múnich 7 líderes de las SA abatidos... Frau Schleicher murió también...  Es una pena, pero así son las cosas." En un programa de radio, el 1 de julio, Goebbels elogió la barbarie de Hitler: "Lo que hace el Führer, lo hace por completo. Lo mismo con este asunto... Nada a medias... Pero cualquiera que consciente y sistemáticamente se rebela contra el Führer y su movimiento no debería tener ninguna duda de que juega un juego arriesgado con su propia vida".
Esta reacción representa algo así como un cambio ideológico de Goebbels. En sus primeros años como escritor desempleado en la década de 1920, pertenecía a la corriente nacionalista radical alemana que se encarnaba en los camisas pardas, que despreciaba los valores burgueses y era partidaria de una alianza a largo plazo con la Unión Soviética contra las democracias occidentales. Admirador de Lenin, se hacía llamar "un comunista alemán" y llevaba una chaqueta de cuero "proletaria", trabajó durante un tiempo en un drama social (nunca terminado) llamado La lucha de la clase obrera. En 1931, Goebbels había abandonado estas actitudes "anti-burgueses" (aunque todavía a veces se describe a sí mismo como un socialista). Pero si Goebbels moderó su anticapitalismo, fue sólo para dar expresión más virulenta a su antisemitismo, que es anterior a sus contactos con el futuro Führer. 
Como aparece en las páginas de sus diarios, Goebbels estaba hechizado por Hitler y se identificó plenamente con su creencia de que Alemania debía ser salvada de la destrucción de las fuerzas malignas. Como escribe Longerich: "Goebbels tomó repetidamente la iniciativa de desempeñar un papel pionero en la 'política judía' nazi: en 1933 en el momento del 'boicot' judío, en 1935 con los disturbios de Kurfürstendamm, en 1938, cuando en el verano intentó desatar un pogromo y unos meses más tarde cuando desempeñó un papel activo en el pogromo de noviembre y finalmente durante la guerra con sus continuos esfuerzos para hacer de Berlín una ciudad 'libre de Judios'". 
Goebbels fue consciente del destino que Hitler había decidido para la población judía de Europa. Una entrada detallada en el diario del 27 de marzo 1942, describe la política de exterminio metódico que se había iniciado en la Polonia ocupada, donde se habían establecido bases para camiones de gas y se estaba construyendo un campamento con cámaras de gas  -acciones que se llevaron a cabo en condiciones de estricto secreto. Escribiendo en el diario en esa época, Goebbels reflexionó: "Las generaciones posteriores no tendrán la unidad y el instinto para esto, así que es bueno que estemos siendo radicales y contundentes." 
Con mucho, la mayor parte de este enorme volumen (más de 700 páginas de texto y casi 300 de notas) consiste en recontar la narración presentada en los diarios. Como los críticos de Longerich han señalado, se trata de un enfoque que corre el riesgo de aprobar una perspectiva distorsionada: Goebbels no puede evitar ponerse a sí mismo en el centro de los acontecimientos, cuando estaba, de hecho, a menudo en los márgenes. Pero Longerich -el autor de un trabajo seminal sobre los orígenes del Holocausto y una biografía reveladora de Himmler- es plenamente consciente de este peligro. La narración cronológica que presenta se entremezcla con pasajes analíticos que desinflan las pretensiones subjetivas de ser un motor primario de los acontecimientos. Como muestra Longerich, Goebbels no fue especialmente eficaz en la formación del estado de ánimo del público; su éxito principal radicó en la construcción del culto mediático que rodeaba al Führer. Gran parte de su tiempo como ministro de propaganda lo pasó tratando de mantenerse al día de desarrollos sobre los que tenía poco o ningún control. 
Hay un problema más grave que Longerich no puede resolver fácilmente. En los diarios Goebbels elabora una imagen de sí mismo para la posteridad -una imagen de sí mismo como a él le gustaría ser visto. Podemos evaluar su crónica de los acontecimientos comparándola con otras que se realizaron en el momento, y corregir los sesgos en la forma en que veía a sí mismo considerando la forma en que era percibido por los demás. Pero, ¿cómo podemos saber si su experiencia interior era como él la representó? ¿Cómo podemos entender lo que realmente lo movió a actuar como lo hizo?
La clave que Longerich elige para penetrar en la vida de Goebbels es una especie de psicoanálisis. "Este libro", escribe, "es el producto de un doble proceso: La evaluación de los diarios como fuente histórica para una biografía, e su interpretación a la luz de la personalidad del autor." La personalidad de Goebbels, Longerich escribe, estuvo determinada por "un deseo excepcional de ser reconocido por los demás. Era positivamente adicto a la admiración de los otros." Nunca deja de saborear la fanfarria con que los medios de comunicación (controlados por él mismo) saludaban cada uno de sus anuncios, satisfacía "todos los criterios esenciales reconocidos en la práctica psicoanalítica actual como la definición de una personalidad narcisista perturbada". 
Fue este trastorno de la personalidad lo que le llevó a adorar a Hitler. Goebbels "necesitaba la alabanza constante de un ídolo a quien él mismo se subordinó completamente. Desde 1924 en adelante, este ídolo era Adolf Hitler. Con la constante confirmación del brillo especial de Goebbels, Hitler le dio la estabilidad que necesitaba para mantener el control sobre su vida, una estabilidad de la que de lo contrario esta personalidad desequilibrada carecería." Al final del libro, Longerich identifica el origen de este mal funcionamiento de la personalidad en los primeros años de la vida de su personaje: el narcisismo de Goebbels "se originó en su incapacidad para desarrollar la independencia a la edad de dos y tres años; su dependencia de su madre, el modelo de sus futuras novias y esposa, duró toda su vida".
Estas son afirmaciones especulativas, y no particularmente convincentes. ¿Sufrían todos los millones de alemanes que adoraban a Hitler y servían con entusiasmo al régimen nazi un mal funcionamiento de la personalidad arraigado en la primera infancia? No es necesario entrar en especulaciones psicoanalíticas para identificar las razones por las que sintieron y actuaron como lo hicieron. Una de las funciones del nazismo era actuar como un medio de avance social. Al igual que muchos de los que hicieron su camino a través de la máquina nazi, Goebbels tenía un origen humilde. Nació en 1897 en una pequeña ciudad industrial, su padre era un empleado en una fábrica de mechas mientras su madre trabajaba en una granja. Diminuto de estatura y afligido desde la infancia de una deformidad en los pies, llegó a tener una figura impresionante en su juventud y edad adulta temprana. Uniendo su suerte a la de los nazis, logró un estilo de vida con el que de otra manera no podría haber soñado. Los diarios están repletos de referencias a los brillantes coches nuevos y espaciosos apartamentos que le aseguró su posición en el partido. Goebbels también utilizó su posición para satisfacer sus impulsos sexuales, viviendo muchas aventuras (una de ellas con una actriz checa que amenazaba su matrimonio hasta que Hitler intervino y puso fin a la relación) y como jefe de la industria del cine alemán, que nacionalizó, extorsionó a innumerables mujeres jóvenes. 
No puede haber duda de que Goebbels hizo pleno uso de las prebendas del poder, por lo que es fácil explicar su implicación con el nazismo como motivada por el oportunismo. Sin embargo, su culto a los héroes de Hitler muestra todos los signos de haber sido totalmente sincero. Si obtuvo ventajas materiales, tal era (en su opinión) correcto y apropiado: tales beneficios eran una recompensa merecida a sus servicios al Führer y la causa nazi. Pensar de esta manera, no era de ninguna manera excepcional. Franjas enteras de las clases medias no parecen haber visto nada malo en enriquecerse a través del Partido Nazi, y aspiraban precisamente al tipo de vida que disfrutaban. 
Goebbels no siguió a Hitler por motivos de arribismo, o por alguna clase de creencia retrógrada en el deber. No fue más un ejemplo de lo que Hannah Arendt describió como la banalidad del mal de lo que lo fue Adolf Eichmann. Arendt sugirió que las personas quedan atrapadas en movimientos malignos y cometen crímenes atroces sin pensar. Los diarios de Goebbels muestran que estaba orgulloso de servir al estado nazi y creyó en él hasta el final. En una de sus últimas contribuciones citadas a conferencias militares del Reich, dice que si Hitler 
"llegara a sufrir una muerte honorable en Berlín... a más tardar dentro de los cinco años, el Führer se habría convertido en una leyenda y el nazismo en un movimiento legendario porque habría sido inmortalizado por sus magníficas acciones finales y todos los defectos humanos por los que ahora se le critica desaparecerían de un plumazo." 
Más que padecer alguna patología mental individual, Goebbels mantuvo una visión del mundo que compartió con gran parte de la población. En el caos económico después del humillante Tratado de Versalles, que puso fin a la Primera Guerra Mundial, había millones de personas como él en Alemania. Dio la bienvenida el régimen nazi no sólo porque ofrecía beneficios materiales de diversa índole, sino porque validó impulsos que eran refrenados por la civilización que los nazis se propusieron derrocar y destruir. El gozo de un tipo de solidaridad comunitaria basada en el odio de las minorías; el placer de tener a estas minorías en el poder de uno y sometiéndolas a persecución; el sentido delirante de la liberación que viene del abandono del juicio personal y del servicio a un líder autocrático -estas fueron las satisfacciones que el nazismo, en su apogeo, supusieron no sólo para Goebbels, sino para la mayoría de los alemanes.
El aspecto más llamativo del personaje que Goebbels compone en los diarios es que no trata de ocultar los rasgos que cualquier moralidad medianamente decente condenaría. No se avergüenza del servilismo abyecto que muestra en relación con Hitler; se vanagloría del mismo. No registra ningún atisbo de remordimiento con respecto a los objetivos del terror nazi: alardea sobre su destino. Lo que la civilización liberal -con todos sus defectos- considera como vicios, él los presenta como virtudes. La imagen absolutamente repelente que se desprende de los diarios no es simplemente la imagen de cómo era Goebbels en realidad. Es la de cómo Goebbels quería ser. Abrazó activamente la barbarie como una manera de salir del caos de su tiempo, y en esto fue a la par con multitudes de europeos educados. Verlo como la víctima de un trastorno de la personalidad es una manera de negar un hecho aún más escalofriante que revela su vida -la peligrosa fragilidad de la civilización