22 septiembre 2015

Por qué las filtraciones masivas de asuntos de seguridad nacional son buenas para nosotros por Chase Madar (Aljazeera)

Why massive national security leaks are good for us
por Chase Madar (Aljazeera)
Por qué las filtraciones masivas de asuntos de seguridad nacional son buenas para nosotros
Hasta que nuestro distópico sistema de clasificación sea revisado, las filtraciones seguirán siendo un servicio público esencial.
«Hoy, sábado 23 de febrero, el soldado de primera clase del Ejército de EE.UU. Bradley Manning pasa su día número 1.000 en prisión preventiva por la presunta filtración de material clasificado sobre nuestras guerras de Irak y Afganistán. El ex funcionario de la CIA John Kiriakou sólo comenzó a cumplir una condena de tres años por una filtración sobre el uso de su ex empleador de la tortura. Thomas Drake, un ex analista de la Agencia de Seguridad Nacional, ha visto destruida su carrera (y finanzastras ser procesado por una filtración al Baltimore Sun sobre el desperdicio de recursos e ilegalidades en el programa de vigilancia interna de la NSA. Toda esta energía de la fiscalía está muy mal dirigida, por la sencilla razón de que las filtraciones son buenas para nosotros.

Dependemos de las filtraciones -son a menudo la única manera de obtener información esencial acerca de lo que nuestro gobierno está haciendo. Sin funcionarios del gobierno realizando filtraciones a los medios de comunicación, nunca podríamos haber oído hablar del Watergate, o nuestros cada vez más frecuentes (pero todavía "secretos") ataques con drones en una lista creciente de países. 
El presidente Obama puede insistir en que la suya es la administración más transparente de la historia, pero los hechos dicen lo contrario. De acuerdo con la Oficina de Supervisión de Seguridad de la Información, una agencia federal, el gobierno clasificó 92 millones de documentos en 2011, frente a los 77 millones del año anterior, frente a los 14 millones en 2003 (ocultando el equivalente a 11 mil millones al año de costes públicos, de acuerdo con la ISOO).
Eso es un secretismo extremo. Al mismo tiempo, Washington es maravillosamente indulgente con los altos funcionarios que filtran material de alto secreto a los medios de comunicación (buena cosa también -¿Cómo si no nos habríamos enterado en 2007 de que Irán no está construyendo un arma atómica sino por una filtración de un Documento de estimación de inteligencia nacional). El ex Jefe de gabinete de Obama, William Daleyse ha jactado de lo mucho que filtró a los medios de comunicación -aunque no tanto como su predecesor, Rahm Emanuel, a quien Daley ha llamado cariñosamente como "el filtrador en jefe".
Sin embargo, los funcionarios en Washington lo encuentran menos adorable cuando otros más humildes realizan filtraciones menos halagadoras para el gobierno. El analista de Defensa Daniel Ellsberg descubrió esto cuando la administración Nixon presentó cargos penales contra él por filtrar los Papeles del Pentágono, el estudio de alto secreto de la guerra de Vietnam. Hoy, el Departamento de Justicia de Obama ha puesto en marcha el doble de procesamientos basados en la Ley de Espionaje contra filtraciones internas y denunciantes como todas las administraciones anteriores juntas. 
Las filtraciones más controvertidos desde los Papeles del Pentágono son las revelaciones de WikiLeaks, que han proporcionado combustible para miles de nuevas historias acerca de las guerras en Irak y Afganistán y la forma de gobernar estadounidense en general. Esta es la mayor filtración en nuestra historia -sin embargo, representa menos del uno por ciento del material que Washington clasificó el año pasado. Tres años después de la publicación del material de WikiLeaks, nadie ha sido capaz de mostrar que haya causado ningún daño a un solo soldado o civil, a pesar de las más espeluznantes elucubraciones sobre el terrible daño a los intereses estadounidenses.
Por el contrario, Washington ha sido bastante reticente a tratar los costes terribles, en sangre y dinero, del extremo secretismo gubernamental. Después de todo, fue el secreto oficial, la distorsión e incluso unas cuantas mentiras las que nos han llevado de cabeza a los desastres y la carnicería en Irak, matando a cientos de miles de civiles iraquíes y 4 500 soldados estadounidenses, todo ello a un coste medido en miles de millones -el precio a la adicción de Washington al secreto.
En el caso de Bradley Manning, su supuesta filtración es un claro acto de desobediencia civil. Metido hasta el cuello en el peor desastre de la política exterior desde Vietnam, Manning supuso que si los ciudadanos estadounidenses tuvieran idea de lo que realmente estaba sucediendo en Irak y Afganistán, podría ayudar a evitar este tipo de desastres en el futuro. En las propias palabras de Manning, quería "que la gente vea la verdad... porque sin información, es imposible tomar decisiones informadas como público". 
¿Qué hay de tan objetable en decisiones bien informadas? Después de todo, la noción de que el gobierno debe ser lo más abierto posible, no fue ideada en la convención anual de hackers Defcon -es una parte central del pensamiento político estadounidense. Fue James Madison, quien escribió que "un gobierno popular, sin información popular, no es más que el preludio de una tragedia o una farsa, o tal vez ambas cosas". Y sin embargo, no fue hasta el verano de 2010 que la Agencia de Seguridad Nacional, finalmente tuvo que desclasificar el material de la presidencia de Madison -dos siglos antes.
La calamitosa década pasada ha demostrado que las elites que dirigen nuestra política exterior requieren una mayor supervisión pública, que sólo las filtraciones puede proporcionar. La verdadera amenaza para la seguridad estadounidense no son las filtraciones y los denunciantes, es nuestro actual régimen de secretismo oficial extremo. Hasta que nuestro sistema de clasificación distópico sea revisado, las filtraciones seguirán siendo un servicio público esencial, y los que las proporcionen merecen tanto la gratitud como la clemencia.
Chase Madar es un abogado de derechos civiles en Nueva York y autor de The Passion of Bradley Manning: The Story behind the Wikileaks Whistleblower