06 marzo 2015

Thomas Piketty o el reto de un capitalismo con rostro humano por Russell Jacoby (Le Monde diplomatique)

Thomas Piketty ou le pari d’un capitalisme à visage humain 
por Russell Jacoby (Le Monde diplomatique
Thomas Piketty o el reto de un capitalismo con rostro humano
A juzgar por su gran éxito en los Estados Unidos, el último libro de Thomas Piketty ha llegado en el momento más oportuno. Tomando su título de Karl Marx, detalla un fenómeno -el regreso de las desigualdades en los países occidentales- que suscita una creciente desaprobación. Pero donde Marx esperaba que una revolución social transformaría el mundo, Piketty imagina que un impuesto sobre el capital mundial reformará el capitalismo.

«El libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI (Seuil, 2013) es un fenómeno sociológico tanto como intelectual. Encarna el espíritu de nuestro tiempo como, en su momento, The Closing of the American Mind, de Allan Bloom (1). Este libro, que denunció los estudios sobre las mujeres, el género y las minorías en las universidades estadounidenses, oponía a la "mediocridad" del relativismo cultural la "búsqueda de la excelencia", ligada en la mente de Bloom,  a los clásicos griegos y romanos. Aunque tenía pocos lectores (era especialmente pomposo), alimentaba la sensación de una destrucción del sistema educativo estadounidense, incluso de los propios Estados Unidos, por culpa de los progresistas y la izquierda. Este sentimiento no ha perdido ni un ápice de su vigor. El capital en el siglo XXI se encuentra en el mismo registro de preocupación, excepto que Piketty viene de la izquierda y la confrontación se ha desplazado desde la educación a la economía. Incluso en la educación, el debate se centra ahora en el peso de la deuda de los estudiantes y las barreras que pueden explicar las desigualdades educativas. 
El libro traduce así una inquietud palpable: la sociedad estadounidense, como todas las sociedades del mundo, sería cada vez más injusta. Las desigualdades empeoran y auguran un futuro sombrío. El capital en el siglo XXI debería haberse titulado Las desigualdades en el siglo XXI. 
Sería inútil criticar a Piketty por no cumplir con unos objetivos que no eran los suyos. Sin embargo, uno no puede contentarse con celebrar sus laureles. Muchos comentaristas se interesaron por su relación con Karl Marx, qué le debe, en qué lo ha traicionado, cuando más bien habría que preguntarle de qué modo su trabajo pone de relieve nuestra miseria actual. Y al mismo tiempo, con respecto a la preocupación por la igualdad, es útil volver a Marx. Al reunir a estos dos autores, se constata, en efecto, una diferencia: uno y otro ponen de relieve las disparidades económicas, pero toman direcciones opuestas. Piketty enmarca sus observaciones en el dominio de los salarios, los ingresos y la riqueza: quiere erradicar las desigualdades extremas y nos ofrecen -para parodiar el lema de la "Primavera de Praga"- un "capitalismo con rostro humano". Marx, al contrario, se sitúa en el terreno de las mercancías, el trabajo y la alienación: tiene la intención de abolir estas relaciones y transformar la sociedad. 
Piketty ofrece una acusación implacable contra la desigualdad, "Es hora, escribe en la introducción, de volver a poner el tema de la desigualdad en el centro del análisis económico." Encabeza su libro con la cita de la segunda frase de la Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano de 1789: "Las distinciones sociales sólo pueden fundarse en la utilidad común." (Uno se pregunta por qué un libro tan prolífico deja fuera la primera frase. "Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.") Sobre la base de una gran cantidad de figuras y tablas, muestra que las desigualdades económicas van en aumento y que los más ricos acaparan una parte creciente de la riqueza. Algunos se han empeñado en contestar sus estadísticas; él ha reducido a la nada sus acusaciones (2). 
Golpea duro y justo cuando se trata de la exacerbación de las desigualdades que desfiguran la sociedad, en el caso particular de Estados Unidos. Señala, por ejemplo, que la educación debe ser accesible a todos y promover la movilidad social. Ahora bien "los ingresos [anuales] de los padres de los estudiantes de Harvard son actualmente alrededor de  450 000 dólares [330 000 euros]", lo que los sitúa entre el 2% de los hogares más ricos de Estados Unidos. Y concluye su argumento con un eufemismo característico: "El contraste entre el discurso meritocrático oficial y la realidad (...) aquí parece particularmente extrema."
Para algunos en la izquierda, no dice nada nuevo. Para otros, cansados de que se les repita continuamente que es imposible aumentar el salario mínimo, que no hay que gravar a los "creadores de empleo" y que la sociedad estadounidense sigue siendo la más abierta el mundo, Piketty representa un aliado providencial. De hecho, según un informe (no citado en el libro), los veinticinco gestores de los fondos de inversión mejor remunerados han ganado, en 2013, 21 mil millones dólares (16 mil millones de euros), más del doble del ingreso acumulado de alrededor de ciento cincuenta mil maestros de preescolar en los Estados Unidos. Si la compensación financiera se corresponde con el valor social, entonces, un administrador de fondos de inversión vale diecisiete mil maestros de escuela... Todos los padres (y profesores) podrían no estar de acuerdo. 
Sin embargo, la  fijación exclusiva de Piketty con la desigualdad presenta límites teóricos y políticos. Desde la Revolución Francesa hasta el movimiento de los derechos civiles pasando por el cartismo (3), la abolición de la esclavitud y las sufragistas, la aspiración a la igualdad sin duda ha levantado muchas agitaciones políticas. En una enciclopedia de la contestación, al artículo se le deberían consagrar varios cientos de páginas y contendría referencias a todas las demás entradas. Ha desempeñado y sigue desempeñando un papel positivo clave. Hasta hace poco, el movimiento Occupy Wall Street y las movilizaciones por el matrimonio gay han proporcionado las pruebas. Lejos de desaparecer, esta demanda se ha reactivado.
Pero el igualitarismo también implica un elemento de resignación: acepta la sociedad tal como es y sólo busca reequilibrar la distribución de bienes y privilegios. Los homosexuales quieren el derecho a contraer matrimonio al igual que los heterosexuales. Muy bien; pero esto no afecta a la institución imperfecta del matrimonio, que la sociedad no puede abandonar ni mejorar. En 1931, el historiador británico de izquierda Richard Henry Tawney ya destacaba estos límites en un libro que, por otra parte, abogaba por el igualitarismo (4). El movimiento obrero, escribió, cree en la posibilidad de una sociedad que pone más valor en las personas y menos en el dinero. Pero este enfoque tiene sus limitaciones: "No aspira a un orden social diferente, en el que el dinero y el poder económico ya no será el criterio de éxito, sino a un orden social del mismo tipo, donde el dinero y el poder económico se distribuirán de manera diferente." Esto toca el corazón del problema. Otorgar a todos el derecho a contaminar representa un avance para la igualdad, pero probablemente no para el planeta.
Evitar de pagar en exceso a los catedráticos de universidad
Marx deja poco espacio para la igualdad. Nunca consideró que los salarios de los trabajadores podrían aumentar significativamente, sino que incluso si ese fuera el caso, a su juicio, lo relevante no era esa cuestión. El capital impone los parámetros, el ritmo y la propia definición de trabajo, lo que es rentable y qué no lo es. Incluso en un sistema capitalista que adopta formas "acomodadas y liberales", en el que el trabajador puede vivir mejor y comer más porque recibe un salario más alto, la situación no es fundamentalmente diferente. Que el trabajador esté mejor pagado en nada cambia su dependencia "no más que una mejora en la ropa, la comida, el trato y el aumento de su peculium no aboliría la relación de dependencia y la explotación de los esclavos ". Un aumento salarial no significa más que "el volumen y el peso de las cadenas de oro que el asalariado se ha forjado ya para sí mismo permiten tenerlas menos tirantes (5)." 
Uno siempre podría argumentar que estas críticas se remontan al siglo XIX. Pero Marx tiene al menos el mérito de centrarse en la estructura del trabajo, mientras que Piketty de eso no dice ni una palabra. No se trata de saber cuál de los dos tiene razón sobre el funcionamiento del capitalismo, sino de captar la esencia de su análisis: la distribución para Piketty, la producción para Marx. El primero quiere redistribuir los frutos del capitalismo con el fin de reducir la brecha entre los ingresos más altos y más bajos, cuando el segundo quiere transformar el capitalismo y poner fin a su control.
Desde su juventud, Marx documenta la situación de los trabajadores; dedica cientos de páginas del Capital a la jornada de trabajo típica y las críticas formuladas contra ella. Sobre este tema tampoco Piketty tiene nada que decir, a pesar de que evoca una huelga al comienzo del primer capítulo. En el índice de la edición en inglés en la entrada "Trabajo", leemos: "Ver 'división entre capital y trabajo'Esto es comprensible, ya que el autor no se interesa por el trabajo en sí, sino por las desigualdades resultantes de esta división. 
Para Piketty, el trabajo se resume principalmente en la cantidad de ingresos. Los accesos de rabia que afloran ocasionalemente bajo su pluma van dirigidos contra los muy ricos. Señala así que la fortuna de Liliane Bettencourt, la heredera de L'Oreal, pasó de 4 a 30 mil millones de dólares (de 3 a 22 mil millones de euros) entre 1990 y 2010: "Liliane Bettencourt nunca ha trabajado, pero esto no impidió que su fortuna creciera exactamente tan rápido como la de Bill Gates." Esta atención otorgada a los más afortunados concuerda bastante con la sensibilidad de nuestro tiempo, mientras que Marx, con sus descripciones de la labor de los panaderos, los lavadores y tintoreros pagados por día, pertenece al pasado. La manufactura y las plantas de montaje desaparecen de los países capitalistas avanzados y prosperan en los países en desarrollo desde Bangladesh a la República Dominicana. Pero que un argumento sea viejo no lo hace obsoleto, y Marx, centrándose en el trabajo, subraya una dimensión prácticamente ausente de El capital en el siglo XXI. 
Piketty documenta la "explosión" de desigualdades, especialmente en los Estados Unidos, y denuncia a los economistas ortodoxos que justifican las enormes diferencias salariales por las fuerzas racionales de mercado. Se burla de sus colegas estadounidenses, que "a menudo tienden a pensar que la economía de Estados Unidos funciona bastante bien, y que sobre todo premia el talento y el mérito con exactitud y precisión." Sin embargo, agrega, esta opinión no es sorprendente, ya que estos economistas son ellos mismos parte del 10% más rico. Al igual que el mundo de las finanzas, al que acaba de ofrecer sus servicios, dispara sus salarios al alza, muestran una "tendencia a la defensa de sus intereses privados escondiéndose detrás de una defensa poco plausible del interés general" .
Para poner un ejemplo que no está en el libro de Piketty, un reciente artículo publicado en la revista de la American Economic Association (6) intenta demostrar, apoyándose en datos, que las fuertes desigualdades derivan de las realidades económicas. "Los ingresos más altos poseen habilidades raras y únicas que les permiten negociar un alto precio por el valor creciente de su talento", dice uno de los autores, Steven N. Kaplan, profesor de iniciativa empresarial y las finanzas en la School of Business de la Universidad de Chicago. Obviamente, Kaplan tiene que arrimar el ascua a su sardina: una nota a pie de página dice que "pertenece al consejo de administración de varias sociedades de inversión" y que ha sido "consultor de sociedades de capital-inversión y capital-riesgo." ¡Esta es la educación humanista del siglo XXI! Piketty explica al principio de su libro que perdió sus ilusiones respecto a los economistas estadounidense enseñando en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y que los economistas de las universidades francesas tienen la "gran ventaja" de no ser ni muy considerados, ni de estar muy bien pagados: esto les permite mantener los pies en el suelo. 
Pero la contra-explicación que ofrece de las enormes diferencias salariales es cuanto menos banal: el resultado de la tecnología, la educación y las costumbres. Las retribuciones "extravagantes" de los "super-cuadros", "poderoso mecanismo" de acrecentamiento de las desigualdades económicas, especialmente en los Estados Unidos, no pueden explicarse por la "lógica racional de la productividad". Reflejan las actuales normas sociales producto ellas mismas de las políticas conservadoras que han reducido los impuestos de los ricos. Los directores ejecutivos de las grandes empresas se conceden a sí mismos enormes salarios porque tienen la oportunidad y porque la sociedad lo considera una práctica aceptable, al menos en los Estados Unidos y el Reino Unido.
Marx propone un análisis totalmente diferente. Se trata menos de demostrar las desigualdades económicas abismales que descubre en las raíces de la acumulación capitalista. Ciertamente Piketty explica que estas desigualdades se deben a la "contradicción central del capitalismo": la disyunción entre la tasa de rendimiento del capital y el crecimiento económico. En la medida en que la primera necesariamente tienen prioridad sobre la segunda, favoreciendo la riqueza existente en detrimento del trabajo existente, conduce a una "aterradora" distribución desigual de la riqueza. Marx, quizás, estaría de acuerdo en este punto, pero, de nuevo, se interesa por el trabajo, que considera el lugar de origen y de despliegue de las desigualdades. Según él, la acumulación de capital produce necesariamente el desempleo, parcial, ocasional o permanente. Pero estas realidades, cuya importancia difícilmente podría negarse en el mundo actual, están totalmente ausentes del trabajo de Piketty. 
Marx parte, por supuesto, de un supuesto totalmente diferente: es el trabajo quien crea la riqueza. La idea puede parecer obsoleta. Sin embargo, señala una tensión no resuelta del capitalismo: éste necesita la fuerza de trabajo y, al mismo tiempo trata de prescindir de ella. En tanto los trabajadores son necesarios para su expansión, en tanto se deshace de ellos para reducir los costos, por ejemplo mediante la automatización de la producción. Marx estudió en detalle cómo el capitalismo genera un "población obrera excedentaria relativa" (7). Este proceso toma dos formas básicas: o el despido de trabajadores, o el cese de incorporación de nuevos. En consecuencia, el capitalismo produce empleados "desechables" o un ejército de reserva de desempleados. Cuanto más aumentan el capital y la riqueza, más lo hace el subempleo y el desempleo.  
Cientos de economistas han tratado de corregir o refutar estos análisis, pero la idea de un aumento en la fuerza de trabajo excedentario parece cierta: de Egipto al Salvador y de Europa a los Estados Unidos, la mayor parte de los países sufren de niveles altos o críticos de subempleo o desempleo. En otras palabras, la productividad capitalista eclipsa el consumo capitalista. Por mucho que gasten, los veinticinco gestores de fondos de inversión nunca serán capaces de consumir sus 21 mil millones de dólares en ingresos anuales. El capitalismo está agobiado por lo que Marx llama los "monstruos" de "sobreproducción, la superpoblación y el consumo excesivo". Por sí misma, es probable que China pueda producir suficientes bienes para alimentar a los mercados de Europa, América y África. Pero, ¿qué va a pasar con la fuerza de trabajo en el mundo? Las exportaciones chinas de textiles y de muebles en el África subsahariana se reflejan en una reducción del número de puestos de trabajo para los africanos (8). Desde el punto de vista del capitalismo, tenemos un ejército en expansión, compuesto de trabajadores subempleados y desempleados permanentes, encarnaciones de las desigualdades contemporáneas.
Como Marx y Piketty van en diferentes direcciones, es lógico que propongan diferentes soluciones. Piketty, deseoso de reducir las desigualdades y mejorar la redistribución, ofrece un impuesto global y progresivo sobre el capital, para "evitar una divergencia sin límites de las desigualdades patrimoniales". Si, como él mismo reconoce, esta idea es "utópica", la considera útil y necesario: "Muchos rechazarán el impuesto sobre el patrimonio como una ilusión peligrosa, de la misma forma que fue rechazado el impuesto sobre el ingreso hace poco más de un siglo". En cuanto a Marx, no ofrece ninguna solución real: el penúltimo capítulo de capital se refiere a las "fuerzas" y "pasiones" nacidos para transformar el capitalismo. La clase obrera inaugurará una nueva era en la que reinará "la cooperación y la propiedad común de la tierra y los medios de producción" (9). En 2014, esta propuesta también es utópica - o incluso prohibitiva, dependiendo de cómo se interprete la experiencia soviética. 
No hay posibilidad de elegir entre Piketty y Marx. Para hablar como el primero, se trataría más de aclarar sus diferencias. El utopismo de Piketty, y éste es uno de sus puntos fuertes, tiene una dimensión práctica, ya que habla en el lenguaje familiar de los impuestos y la regulación. Se basa en la cooperación mundial, e incluso en un gobierno mundial, para establecer impuestos también mundiales que evitarían una "espiral desigualitaria sin fin." Ofrece una solución práctica: un capitalismo a la manera sueca, que ha demostrado ser capaz de eliminar las disparidades económicas extremas. No evoca ni la fuerza de trabajo excedentaria, ni el trabajo alienante ni una sociedad movida por el dinero y el beneficio; los acepta, al contrario, y le gustaría que hiciéramos lo mismo. A cambio, nos da algo que ya conocemos: el capitalismo, con todas sus ventajas y alguno inconvenientes menos. 
La cadena de oro y la flor viva 
En el fondo, Piketty es un economista mucho más convencional de lo que se piensa. Su elemento natural son las estadísticas sobre los niveles de ingresos, los proyectos de impuestos, las comisiones encargadas de examinar estas cuestiones. Sus recomendaciones para reducir las desigualdades se reducen a las políticas fiscales impuestas desde arriba. Se muestra perfectamente indiferente a los movimientos sociales que, en el pasado, pudieron poner en cuestión las desigualdades y podrían de nuevo desempeñar ese papel en el futuro. Incluso parece más preocupado por el fracaso del Estado para reducir las desigualdades que por las propias desigualdades. Y a pesar de que a menudo convoca sabiamente a novelistas del siglo XIX como Balzac y Jane Austen, su definición de capital es demasiado simplista y económica. No tiene en cuenta el capital social, los recursos culturales y la experiencia acumulada en beneficio de los más ricos y que facilita el éxito de su descendencia. Un capital social limitado condena a la exclusión tanto como una cuenta bancaria vacía. Pero en este tema tampoco Piketty tiene nada que decir.
Marx nos da a la vez más y menos. Su acusación, aunque más amplia y profunda, no proporciona ninguna solución práctica. Uno podría denominarlo utópico antiutopista. En el epílogo a la segunda edición alemana del Capital, se burla de los que quieren escribir "recetas para las tabernas del futuro" (10). Y, a pesar de que de sus escritos emana una visión, ésta tiene poco que ver con el igualitarismo. Marx siempre combatió la igualdad primitivista que decreta la pobreza para todos y la "mediocridad general" (11). Si bien reconoce la capacidad del capitalismo para producir riqueza, rechaza su carácter antagónico, que subordina el conjunto del trabajo -y de la sociedad- a la búsqueda del beneficio. Más igualitarismo sería sólo democratizar este mal.
Marx conocía la fuerza de la "cadena de oro", pero considerara posible romperla. ¿Qué pasaría si se llegara a hacerlo? Imposible saberlo. La mejor respuesta que Marx nos ha dado es quizás un texto de juventud donde ataca la religión y a la cadena cubierta por sus "flores imaginarias":  "La crítica no arranca de las cadenas las flores imaginarias que la adornaban para que el hombre lleve una cadena sin sueños ni consuelo, sino para que se las sacuda y puedan brotar las flores vivas. (12).»
  
Notas: 
(1) Allan Bloom, The Closing of the American Mind, Simon & Schuster, Nueva York, 1987. Su obsesión conservadora de una decadencia de la enseñanza ha inspirado en Francia al ensayista Alain Finkielkraut.
(2) Cf. Chris Giles, « Data problems with Capital in the 21st century », Financial Times, Londres, 23 de mayo de 2014, y la respuesta de Thomas Piketty, « Technicalappendix of the book. Response to FT » (PDF), 28 de mayor de 2014.
(3) Movimiento político obrero de la mital del siglo XIX en Reino Unido.
(4) Richard Henry Tawney, Equality, Allen and Unwin, Londres, 1952.
(5) Karl Marx, Le Capital. Livre I, traducción coordinada por Jean-Pierre Lefebvre, Presses universitaires de France, París, 1993, p. 693.
(6) Steven N. Kaplan y Joshua Rauh, « It’s the market : The broad-based rise in the return to top talent », Journal of Economic Perspectives, vol. 27, n° 3, Nashville, 2013.
(7) Karl Marx, Le Capital, op. cit., p. 706.
(8) Cf. Raphael Kaplinsky, « What does the rise of China do for industrialization in Sub-Saharan Africa ? », Review of African Political Economy, vol. 35, n° 115, Swine (Reino Unido), 2008.
(9) Karl Marx, Le Capital, op. cit., p. 855-857.
(10) Ibid, p. 15.
(11) Ibid, p. 854.
(12) « Para una crítica de la filosofía del derecho de Hegel », en Karl Marx, Philosophie, Gallimard, colección « Folio Essais », París, 1994, p. 90.