14 enero 2015

Multitud. La crisis de la democracia por Antonio Negri y Michael Hardt (Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio)

Multitud. La crisis de la democracia
por Antonio Negri y Michael Hardt (Multitud: Guerra y democracia en la era del Imperio)
«Los revolucionarios del siglo XVIII en Europa y Estados Unidos entendieron la democracia en términos claros y sencillos: el gobierno de todos por todos. En ese carácter universal consiste, en efecto, la primera gran innovación moderna del antiguo concepto: su extensión absoluta a todos. Recordemos que en la antigua Atenas, la democracia fue definida por Pericles como el gobierno de la mayoría, a diferencia del gobierno de unos pocos (aristocracia, oligarquía) o el de uno solo (monarquía, tiranía). En la Europa y la Norteamérica modernas, entre el siglo XVII y el XVIII esa noción heredada de la democracia de la mayoría se transformó en la democracia de todos. La noción antigua de democracia era un concepto limitado, lo mismo que la monarquía y la aristocracia, toda vez que la mayoría gobernante continuaba siendo apenas una parte del todo social. En cambio la democracia moderna no conoce límites, lo que permite a Spinoza calificarla de «absoluta». Este paso de la mayoría a todos es un salto semántico pequeño, pero ¡qué consecuencias tan extraordinariamente radicales tuvo! Esta universalidad viene acompañada de otras concepciones no menos radicales tales como la igualdad y la libertad. Para que todos gobernemos, nuestros poderes han de ser iguales, como libertad para actuar y elegir como a cada uno le plazca.

La segunda gran innovación del concepto moderno de democracia es su noción de representación. Se pensaba que este podría constituirse en el mecanismo práctico característicamente moderno, que haría posible el gobierno republicano en los extensos territorios del Estado-nación. La representación reúne dos funciones contradictorias: vincula la multitud al gobierno, y al mismo tiempo los separa. La representación es una síntesis disyuntiva porque conecta y aleja, une y separa al mismo tiempo. No olvidemos que muchos de los grandes pensadores revolucionarios del siglo XVIII no solo tenían sus reservas respecto de la democracia, sino que incluso la temían, y se opusieron a ella en términos explícitos y concretos. Para ellos la representación venía a ser una suerte de vacuna protectora frente a los peligros de la democracia absoluta: el cuerpo social recibe una pequeña dosis controlada de gobierno del pueblo, y así queda inmunizado contra los temibles excesos de la multitud. Con frecuencia estos pensadores del siglo XVIII utilizaron el término «republicanismo» para marcar esa distancia con respecto a la democracia.
Por ejemplo, Jean-Jacques Rousseau, en El contrato social, trata la democracia y la representación de una manera compleja y ambivalente. Por una parte, subraya la necesidad de que el pueblo de una república sea absolutamente soberano, y que todos participen de una manera activa y no mediada en fundamentar y legislar el entramado de la sociedad política. Para Rousseau, cada nación requiere su propia forma de gobierno, al tiempo que la aristocracia electiva es el orden político más natural y superior. «Si hubiera un pueblo de dioses estaría gobernado democráticamente. Un gobierno tan perfecto no conviene a los hombres», afirma.
Y, sin embargo, examinando con más detenimiento esa noción de soberanía, observaremos que, aunque Rousseau diga lo contrario, también está imbuido de la idea de representación, como queda de manifiesto cuando afirma que solo la «voluntad general» del pueblo es soberana, no la «voluntad de todos». La voluntad de todos es la expresión de la población en su totalidad, lo que, según Rousseau, es una excepción incoherente, mientras que la voluntad general se coloca por encima de la sociedad, como expresión trascendente y unificada. Reconozcamos que la voluntad general, según la concepción de Rousseau, es en sí misma una representación, simultáneamente vinculada a la voluntad de todos y separada de ella. Rousseau ilustra esa relación de unidad, trascendencia y representación mediante la distinción que establece entre pueblo y multitud. La unidad del pueblo sólo puede crearse mediante una operación de representación que lo separe de la multitud. Pese al hecho de que el pueblo entero se reúne en persona para ejercer la soberanía, la multitud no está presente ahí, sino sólo representada por el pueblo. En Rousseau, el gobierno de todos se reduce de manera paradójica, y sin embargo necesaria, al gobierno de uno, por vía del mecanismo de representación.
Los autores y defensores de la Constitución de Estados Unidos fueron mucho más explícitos que Rousseau en cuanto a su temor a la democracia y su vindicación de la necesidad de realizar una separación operada por el mecanismo de la representación.
Aquí pasa al primer plano la cuestión de la escala. Aunque la democracia fuese factible en el limitado ámbito de las ciudades-estado de la antigüedad, argumenta Madison, el coautor del El Federalista, las exigencias prácticas dictadas por la dimensión de los modernos estados-nación exigen que la democracia se atempere mediante mecanismos de representación. Democracia para las pequeñas poblaciones, representación para los territorios extensos y las poblaciones numerosas. Los federalista admiten que la representación es un obstáculo para la democracia, para el gobierno universal y libre de todos... ¡pero la apoyan por esa misma razón! La representación debe ser distante para poner cortapisa a los peligros de la democracia, aunque no tanto como para que elimine el contacto de los representantes con los representados. No es necesario que los representantes tengan un conocimiento local, en detalle, de los representados; en cambio, es importante «tener por gobernantes a los hombres más dotados de sabiduría para discernir lo que es el bien común de la sociedad y más dotados de virtud para ponerlo en práctica».
Puesto que la representación ha pasado a monopolizar en tal medida el campo del pensamiento político, puede ser útil, a título de resumen, esbozar una distinción entre los diferentes modos de representación. Siguiendo a Max Weber, distinguiremos tres tipos de representación en función del grado de separación entre los representantes y los representados: la representación apropiada, la libre y la vinculada.
La representación apropiada (appropriierte Repräsentation) es la forma menos vinculada y de mayor separación entre los representantes y los representados. Aquí, los representantes no son seleccionados, designados ni controlados de un modo directos por los representados; los primeros se limitan a interpretar los intereses y la voluntad de los segundos. Weber la llama representación apropiada porque los representantes se apropian todo el poder de la toma de decisiones. (...) También podríamos llamar a este modelo representación patriarcal, porque define el modo en que un señor feudal representaba a sus siervos de la gleba.
La representación libre (freie Repräsentation) ocupa un lugar intermedio, característico de los sistemas parlamentarios, donde los representados tienen cierta vinculación directa con los representantes, pero el control de que disponen se halla constreñido o limitado. En muchos sistemas electorales, por ejemplo, la elección o control que ejercen los representados está básicamente limitada a términos temporales, por cuanto la conexión sólo se ejerce cada dos, cuatro o seis años. Entre las elecciones, los representantes actúan con relativa independencia, sin recibir instrucciones de los representados ni solicitarlas. Por eso Weber llama «libre» a esta forma de representación, para subrayar la relativa autonomía de los representantes.
Cuanto los representados controlan constantemente a los representantes, el sistema es definido por Weber como de representación vinculada (gebundene Repräsentation). Los diversos mecanismos que crean vínculos más fuertes, e imponen a los representantes el cumplimiento constante de las instrucciones de los representados, suponen otras tantas disminuciones de la autonomía de aquellos. Unas elecciones frecuentes, por ejemplo, o incluso la revocabilidad permanente de los delegados, suspenden la limitación temporal impuesta a los electores por las elecciones periódicas. Extender a todos los miembros de la sociedad la posibilidad de ser representantes también contribuye a reducir las limitaciones al poder de los representados. Por último, aumentar las oportunidades para que todos los ciudadanos participen en las decisiones del gobierno reduce la distancia implícita en la representación.
La tipología weberiana de la representación sugiere de modo inmediato una misión política: trabajar para transformar todas las formas de representación patriarcal o apropiada en formas limitadas, liberales, y transformar a continuación estas formas limitadas en otras que sean más directas, reforzando cada vez más la conexión entre los representados y sus representantes.»