22 enero 2015

La tremenda importancia de las emociones por Sarah-Jayne Blakemore y Utah Frith (Cómo aprende el cerebro)

La tremenda importancia de las emociones
por Sarah-Jayne Blakemore y Utah Frith (Cómo aprende el cerebro)
«Para que se produzca el aprendizaje óptimo, los estudiantes han de ser emocionalmente competentes. Esto incluye ser capaces de contenerse y refrenar las reacciones impulsivas ante sucesos; tratar con entornos educativos, docentes y temas nuevos; y colaborar con los maestros y otros estudiantes. Las investigaciones cerebrales quizá logren proporcionar a los educadores conocimientos sobre cómo ayudar a los niños a ser emocionalmente competentes. Ciertos estudios sobre la amígdala y los aspectos impulsivos del procesamiento emocional sugieren que la capacidad para actuar y reaccionar con inteligencia emocional tiene que ver con que exista comunicación entre distintas partes del cerebro. Esto requiere interacción de las regiones de niveles profundos que procesan emociones de manera automática, inconsciente y sumamente rápida, y de las estructuras cerebrales muy evolucionadas que se ocupan de procesos cognitivos más conscientes, como la planificación y la toma de decisiones.

Una de las funciones de la amígdala es interrumpir la actividad en curso con el fin de inducir respuestas rápidas ante situaciones peligrosas. Otra función es potenciar la percepción de estímulos potencialmente peligrosos. Se trata de una herramienta especial que no sólo nos ayuda a sobrevivir en condiciones extremas, sino que también establece prioridades en la relativa seguridad del aula y el patio de recreo. La función de interrupción guarda relación con el contexto escolar, pues acaso sea responsable de cierta tendencia a la distracción. El estrés, la ansiedad y el miedo en el aula pueden debilitar la capacidad para aprender al reducir la capacidad de prestar atención a la tarea que se esté realizando. De todos modos, los estímulos que dan miedo se aprenden especialmente deprisa.
Para tener un buen rendimiento en la escuela, los niños necesitan aprender a controlar conductas impulsivas y a inhibir reacciones emocionales ante ciertos sucesos. Walter Mischel y sus colegas de la Universidad de Columbia, Nueva York, llevaron a cabo un estudio que ilustra la importancia de demorar la «gratificación» de un objeto deseado. A tal fin, examinaron la capacidad de niños de cuatro años para retrasar la gratificación. El niño estaba sentado a una mesa en la que había un apetecible bombón. En un momento dado el experimentador abandonaba la estancia durante cinco minutos porque supuestamente tenía que ir a buscar algo y se avisaba al niño de que no se comiera el bombón mientras estuviera solo. También se le decía que si no se comía el bombón, cuando el experimentador regresara podría comerse dos.
En este estudio y otros posteriores del mismo equipo se obtuvieron dos resultados importantes. En primer lugar, se observó que los niños eran capaces de esperar más tiempo si podía distraerse del bombón o si se les alentaba a pensar en sus cualidades abstractas, como la forma y el tamaño, más que en el sabor. Tiene su lógica. Pensar en lo delicioso que será un enorme bombón rosado de malvavisco no es de gran ayuda si uno está intentando no comérselo. Por otro lado, es una tarea difícil -la mayoría de los niños cedían a la tentación y se comían el bombón, e incluso los que resistían no tenían más remedio que cruzarse de brazos o desviar la mirada. A esta edad, el cerebro es aún relativamente inmaduro, y los importantísimos lóbulos frontales, que nos ayudan a controlar los impulsos y nos permiten contenemos, no están desarrollados del todo hasta la edad adulta.
El segundo resultado -más controvertido- de estos estudios fue que los niños de cuatro años que habían exhibido el máximo autocontrol se convirtieron en adolescentes que en los estudios brillaron más que a sus compañeros impulsivos. Los niños con dominio de sí mismos más adelante obtuvieron puntuaciones mejores en test de perseverancia, concentración e incluso en pruebas lógicas y cognitivas. Además, ya en la adolescencia, estos niños con autodominio parecían más capaces de afrontar el estrés y ciertas situaciones sociales que los niños que no resistieron a la tentación de comerse el bombón. Estos estudios dan a entender que ser capaz de controlar los impulsos a una edad temprana acaso influya en el éxito académico y en las destrezas sociales del futuro. Resistir a la tentación es siempre más difícil que sucumbir a ella. ¿ Qué factores son responsables de que un individuo sea capaz de hacer lo difícil? Aún no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que resistir a la tentación tal vez sea difícil porque hay redes cerebrales grandes y antiguas dedicadas a procesar estímulos gratificantes, mientras que los sistemas cerebrales (de los lóbulos frontales) que posibilitan la inhibición de estas redes son comparativamente recientes.»

Entrevista con Sarah-Jayne Blakemore: Redes 44: Entrena tu cerebro, cambia tu mente