09 octubre 2014

La militarización de la policía de Estados Unidos: Finalmente sacada a la luz por los horrores de Ferguson por Glenn Greenwald (The Intercept)

The Militarization of U.S. Police: Finally Dragged Into the Light by the Horrors of Ferguson 
por Glenn Greenwald (The Intercept
La militarización de la policía de Estados Unidos: Finalmente sacada a la luz por los horrores de Ferguson
«La intensiva militarización de las fuerzas de policía de Estados Unidos es una seria amenaza sobre la que un pequeño número de personas a las que se ha prestado poca atención ha venido advirtiendo desde hace años. En un artículo de 2007 sobre "las distinciones difusas entre las instituciones policiales y militares y entre guerra y aplicación de la ley," el profesor de justicia criminal Peter Kraska definía "la militarización de la policía", como "el proceso por el que la policía civil se basa cada vez más y sigue el patrón de los principios del militarismo y el modelo militar".
Los acontecimientos terribles de la última semana en Ferguson, Missouri -la muerte a tiros por la policía de un adolescente afroamericano desarmado, Mike Brown, y la respuesta evidentemente excesiva y agresiva que siguió a las protestas de la comunidad por parte de un cuerpo de policía que se asemeja a un ejército de ocupación- han conmocionado a la clase media de Estados Unidos y millones de estadounidenses. Pero nada de esto se sale de lo normal.
Se trata del destructivo subproducto de varias décadas de militarización deliberada de la policía estadounidense, una tendencia que ha recibido una inyección de esteroides sostenida (y permanente) bajo la forma de un flujo aún activo de fondos federales que siguió al 11 de septiembre, justificada en el nombre de la "seguridad nacional." Esto ha resultado en una fuerza de policía nacional que parece, piensa y actúa más como un invasor y ocupante militar que una fuerza enraizada en la comunidad para proteger al público.
Como ocurre con la mayoría de los temas de actuación policial excesiva y abusiva, la militarización de la policía está abrumadora y desproporcionadamente dirigida contra las minorías y las comunidades pobres, asegurando que el problema se encone mientras permanece en un segundo plano. Los estadounidenses están tan acostumbrados a ver policías con cubierta de camuflaje y con trajes estilo Robocop, que viajan en vehículos blindados y portan armas automáticas a la manera introducida por primera vez durante la ocupación estadounidense de Bagdad, que se ha convertido en algo normal. Pero los que llevan la peor parte de esta transformación son los que carecen de instrumentos de resonancia; sus denuncias de los abusos inevitables y graves que se han producido se han recibido con indiferencia.
Si algo positivo puede resultar de las farsas Ferguson, es que la orgía completamente fuera de control de la militarización de la policía nacional reciba la atención necesaria desde hacía tiempo y sea frenada. 
Ayer por la noche, dos reporteros del Washington Post Wesley Lowery y The Huffington Post Ryan Reilly, fueron detenidos y agredidos mientras trabajaban desde un McDonalds en Ferguson. Las detenciones fueron arbitrarias y abusivas, y recibieron una atención considerable -sólo por sus plataformas prominentes, no, como ambos rápidamente señalaron al ser puestos en libertad, porque hubiera algo inusual en este comportamiento de la policía.
Reilly, en Facebook, contó cómo fue arrestado por "un oficial de policía del condado de Saint Louis con equipo antidisturbios, que se negó a identificarse a sí mismo a pesar de mis reiterados pedidos, que golpeó a propósito mi cabeza contra la ventana al salir y se disculpó sarcásticamente ." Escribió: "Estoy bien. Pero si esta es la forma en que estos funcionarios tratan a un periodista blanco que trabaja con un ordenador portátil que se movió un poco demasiado lento para su gusto, no puedo imaginar lo mal que tratan a los demás ", y agregó: "Y si alguien piensa que la militarización de nuestra fuerza de policía no es un gran problema en este país, tengo una historia que contarle."
Lowery, que es afroamericano, tuiteó un resumen de una entrevista que concedió a la cadena MSNBC: "Si yo no trabajara para el Washington Post y no fuera más que otro hombre negro en Ferguson, ahora todavía estaría en una celda." Y agregó: "Sabía que no me iba a pasar nada. Pero la cuestión es que mucha gente aquí en Ferguson no tiene tantos seguidores en Twitter como yo y no tienen un Jeff Bezos a quien llamar y que los rescate de la cárcel".
La mejor y más completa narración de los peligros de la militarización de la policía es el libro de 2013 del  periodista libertario del Washington Post Radley Balko, titulado "El origen de los policías guerreros: la militarización de las fuerzas de policía de Estados Unidos." Balko, que ha dedicado su carrera a la documentación y lucha contra los peores abusos del sistema de justicia penal de Estados Unidos, recorre la historia y la mentalidad subyacente que ha dado lugar a todo esto: las obsesiones por la "ley y el orden" que surgieron de la inestabilidad social de la década de 1960, la Guerra contra las drogas que ha hecho que las agencias de aplicación de la ley vean a los estadounidenses como población enemiga, la  "guerra contra la Pobreza" de la era Reagan (que se describe mejor como una guerra contra los pobres de América), las agresivas expansiones de la era Clinton de la policía nacional, todo rematado por el financiamento masivo, destructor de los derechos, del estado de seguridad posterior al 11 de septiembre de los años de Bush y Obama. Todo esto, que él documenta, ha infundido en las fuerzas de policía de los Estados Unidos "una progresiva mentalidad de batalla". 
Leí el libro de Balko antes de su publicación con el fin de escribir una nota publicitaria, y después de hacerlo, inmediatamente escribí lo que me pareció más chocante al respecto: "No hay ninguna tendencia importante en la sociedad estadounidense más pasada por alto que la militarización de nuestras fuerzas policiales nacionales.Ryan Grim del Huffington Post, en la declaración oficial que siguió a la puesta en libertad de Reilly, hizo la misma observación: "la militarización de la policía ha sido uno de los acontecimientos más consecuentes e inadvertidos de nuestro tiempo." 
En junio, la ACLU publicó un importante informe de 96 páginas sobre este problema, titulado "La guerra llega a casa: la militarización excesiva de la policia de EE.UU." Su punto central: "Estados Unidos hoy en día se ha convertido en excesivamente militarizada, principalmente a través de programas federales que crean incentivos para la policía estatal y local para utilizar armas innecesariamente agresivas y tácticas diseñadas para el campo de batalla".
El informe documenta cómo la guerra contra las drogas y las leyes contra el crimen de los años 90 (Biden/Clinton) sentaron las bases para la militarización de la policía, pero el flujo ilimitado de dinero para "seguridad nacional" después de 11 de septiembre, obligó a los departamentos de policía a la compra de equipo de batalla y otra parafernalia militar quisieran o no. Como era de esperar, al igual que la guerra contra las drogas y el abuso policial general, "el uso de armas y tácticas paramilitares afectó principalmente a las personas de color." 
Algunos departamentos de policía estuvieron ansionsos por militarizarse, pero muchos reconocieron los peligros. El jefe de policía de Salt Lake City, Chris Burbank, es citado en el informe de la ACLU: "No somos militares. No deberíamos parecernos a una fuerza invasora." Un artículo de 2011 de Los Angeles Times, señalando que "los gobiernos federales y estatales están gastando alrededor de 75 mil millones de dólares al año en seguridad interna", describió cómo los departamentos locales de policía reciben tanto dinero de la seguridad nacional del gobierno de Estados Unidos que terminan obligados a comprar equipos de campo de batalla que saben que no necesitan: desde vehículos blindados a barcos zodiac con sonar de barrido lateral. 
La tendencia precedió de largo al 11 de septiembre como este artículo de 1997 del Christian Science Monitor escrito por Jonathan Landay acerca de una creciente militarización de la policía y sus abusos ("Herramientas militares de alta tecnología para combatir el crimen") deja claro. Landay, en una artículo que tiene ya diecisiete años, describe "un escáner de infrarrojos montado en el coche [de un oficial de policía] [que] es el mismo utilizado por las tropas estadounidenses para cazar a las fuerzas iraquíes en la guerra del Golfo", y escribió: "es un símbolo de un creciente uso por la policía de algunas de las tecnologías avanzadas que usa el ejército de Estados Unidos el más poderoso del mundo". 
Pero la fijación por la seguridad-über alles (seguridad por encima de todo) de la era posterior al 11 de septiembre es ahora la fuerza motriz. Un artículo de junio en el New York Times de Matt Apuzzo ("Herramientas de guerra para los Departamentos de Policía") informó que "durante el gobierno de Obama, de acuerdo con datos del Pentágono, los departamentos de policía han recibido decenas de miles de ametralladoras; cerca de 200.000 unidades de munición; miles de piezas de equipo de camuflaje y de visión nocturna; y cientos de silenciadores, vehículos blindados y aviones", y agregó: "El equipo ha sido añadido a las armerías de los departamentos de policía que ya se ven y actúan como unidades militares."
Todo ello ha convertido en tal negocio, y se basa en un poder burocrático tan arraigado, que es difícil imaginar cómo puede ser eliminado. Como LA Times explicaba: 
"Toda una industria ha surgido para vender una variedad de productos, incluyendo los sensores de movimiento de alta tecnología y remolques de operaciones de emergencia totalmente equipados. Se espera que el mercado alcance los 31 mil millones de dólares para el año 2014. 
Al igual que el complejo militar-industrial que se convirtió en una parte permanente y de gran alcance del paisaje estadounidense durante la Guerra Fría, la vasta red de spyware de Seguridad Nacional, las barricadas de cemento y el cribado de identidad de alta tecnología está aquí para quedarse. El Departamento de Seguridad Nacional, una colección de organismos que van desde el control de fronteras a la seguridad de aeropuertos fusionados apresuradamente después del 11 de septiembre, es el tercer departamento del gabinete y -con casi ningún legislador dispuesto a hacer de los EE.UU. un país menos preparados para un ataque terrorista- uno de los menos propicios a caer víctima de los recortes presupuestarios."
Los peligros de la militarización nacional son numerosos y manifiestos. Para empezar, como la nación está viendo en Ferguson, se degrada la mentalidad de las fuerzas policiales en prácticamente todos los sentidos negativos y se somete a las comunidades afectadas a una brutalidad desenfrenada y a un abuso irresponsable. El informe de la ACLU resumió: "el militarismo excesivo en el ámbito policial, en particular mediante el uso de equipos policiales paramilitares, aumenta el riesgo de violencia, amenaza las libertades individuales, afecta injustamente a la gente de color."
La militarización de la policía también plantea peligros graves y directos a las libertades políticas básicas, incluidos los derechos de libre expresión, de prensa y de reunión. La primera vez que escribí sobre este tema fue en 2008, cuando cubrí las protestas fuera de la convención nacional del Partido Republicano en St. Paul para Salon, y estaba realmente sorprendido por la atmósfera de zona de guerra deliberadamente creada por la policía: 
"St. Paul fue lo más militarizada que he visto nunca una ciudad estadounidense, incluso más que Manhattan en la semana del 11 de septiembre. Con tropas de agentes federales, estatales y locales marchando en formaciones militares gritando consignas con equipos antimotines, ametralladoras y botes de gas lacrimógeno. Humvees y policías con rifles apostados en edificios y balcones. A numerosos manifestantes y observadores les fueron arrajados gases y resultaron heridos."
Lo mismo sucedió durante las protestas de Occupy Wall Street de 2011: la respuesta de la policía fue tan excesiva, y siguió con tanta claridad el modelo de tácticas de batalla, que no había ninguna duda de que la disuasión de la disidencia interna es uno de los principales objetivos de la militarización de la policía. Acerca de la respuesta de la policía, que escribí en ese momento:
"Los agentes del orden y los responsables políticos de los Estados Unidos saben muy bien que protestas serias -y más- son inevitables dado el tumulto económico y el sufrimiento que EE.UU. ha visto en los últimos tres años (y seguiremos viendo en el futuro previsible)...
La razón de que EE.UU. haya paramilitarizado sus fuerzas de policía es precisamente para controlar este tipo de malestar interno, y es simplemente imposible imaginar que no sean desplegadas en su totalidad contra un creciente movimiento de protesta dirigido contra una distribución de los recursos desigual y extremadamente corrupta. Como Madeleine Albright dijo al argumentar a favor de la intervención militar estadounidense en los Balcanes: "¿Cuál es el fin de tener este magnífico ejército del que siempre se está hablando si no podemos usarlo?" Así es, obviamente, cómo piensan los gobernadores, los alcaldes de las grandes ciudades y los jefes de policía acerca de los arsenales de fusiles de asalto, equipos de SWAT, helicópteros de alta tecnología, tecnología de aviones no tripulados por venir que se les prodigó a raíz de la explosión del Estado de Seguridad posterior al 11 de septiembre, por no hablar del enorme aparato policial federal que, más que cualquier otra cosa, se parece a un ejército permanente que se dirige cada vez más contra el interior. 
La mayor parte de esta militarización se ha justificado invocando el miedo a amenazas extranjeras -principalmente el Terrorismo - pero su propósito principal es interno.
La militarización de la Policía se dirige cada vez más a acallar el periodismo. Al igual que las detenciones de Lowery y Reilly de la pasada noche, Amy Goodman y dos de sus colegas de Democracy Now! fueron arrestados mientras cubrían las protestas de 2008 en St. Paul. Como Trevor Timm de Freedom of the Press Foundation (a cuyo consejo pertenezco) explicó ayer, las tácticas de militarización "no sólo afectan a los manifestantes, sino que también afectan a los que cubren la protesta. Se crea un ambiente donde la policía piensa que puede ignorar la ley y decirles a los periodistas que dejen de filmar, a pesar de su derecho legal de hacerlo, o dispararles directamente gases lacrimógenos para impedirles hacer su trabajo. Y si los derechos de los periodistas están siendo pisoteados, casi se puede garantizar que es aún peor para aquellos que no tienen una plataforma para protegerse".
En última instancia, la militarización de la policía es parte de una tendencia más amplia y verdaderamente peligrosa: la importación de las tácticas de la Guerra contra el terrorismo de las zonas de guerra extranjera a suelo americano. Los aviones teledirigidos de vigilancia estadounidenses pasaron de ser usados en Yemen, Pakistán y Somalia a ser usados en las ciudades estadounidenses, y es imposible imaginar que no vayan a ser seguidos por otras armas. Las condiciones inhumanas y opresivas que prevalecieron en Guantánamo son igualadas, o superadas, por los infiernos de supermáxima seguridad y las "Unidades de Gestión de las Comunicaciones" ahora en el sistema penitenciario estadounidense. Y la mentalidad de "recoger-lo-todo" que impulsa la vigilancia interna de la NSA fue iniciada por el general Keith Alexander en Bagdad y por otros generales en Afganistán, apuntaba inicialmente contra las poblaciones de guerra enemigas. 
De hecho, gran parte del armamento de guerra que ahora se ve en Ferguson viene de leyes estadounidenses, como el llamado "Programa 1033", específicamente diseñado para redirigir material sobrante del Pentágono -ya no necesario en unas guerras en el extranjero que declinan- a las ciudades estadounidenses. Como el Departamento de Seguridad Pública de Missouri explica con orgullo en su sitio web, "el Programa 1033 ofrece equipos militares excedentes del Departamento de Defensa a las agencias policiales civiles estatales y locales para su uso en la lucha contra el narcotráfico y las operaciones contra el terrorismo, y para mejorar la seguridad de los oficiales."
Un boletín del gobierno -de "la Oficina de Apoyo a la Aplicación de la Ley (LESO), una pequeña agencia federal poco conocida que equipa a los departamentos de policía con equipo militar excedente"- se jactó de que "el año fiscal 2011 fue un año récord en la transferencia de propiedad de los arsenales militares de Estados Unidos a los departamentos de la policía de todo el país." La ACLU señala en su informe: "El Departamento de Defensa opera el Programa 1033 a través de la Oficina de Apoyo al Cumplimiento de la Ley (LESO) dependiente de la Agencia de Logística de la Defensa (DLA) cuyo lema es de "combatiente en la guerra a combatiente contra el crimen." El Departamento de Justicia tiene todo un programa dedicado a "apoyar a los veteranos militares y las agencias de la ley que los contratan cuando nuestros veteranos buscan hacer la transición a una carrera como agentes de la ley." 
Como parte de la pose de la Guerra sin fin de Estados Unidos, los estadounidenses han sido entrenados para creer que todo se justifica en el "campo de batalla" (ahora se define en el sentido de "todo el mundo"): el encarcelamiento sin cargos, el secuestro, la tortura, incluso el asesinato de ciudadanos estadounidenses sin juicio. No es difícil predecir los resultados de la importación de esta mentalidad de campo de batalla a suelo americano, dirigida contra los ciudadanos estadounidenses: "de combatiente en la guerra a combatiente contra el crimen." Los resultados han sido claros para aquellos que a lo largo de los años los han querido ver -o los que han sido víctimas de ellos. Los acontecimientos de Ferguson están, finalmente, obligando a todos los estadounidenses a ver el resultado de este proceso