17 febrero 2015

ISIS: un culto apocalíptico haciéndose un hueco en el mundo moderno por John Gray (The Guardian)

Isis: an apocalyptic cult carving a place in the modern world 
por John Gray (The Guardian)
ISIS: un culto apocalíptico haciéndose un hueco en el mundo moderno
La historia ha sido testigo antes de la violencia milenarista. Pero la barbarie moderna del Estado Islámico es una nueva amenaza de enormes proporciones
«El rápido avance del Estado Islámico (ISIS) en Irak ha producido pánico en Occidente -no del todo irracional. En parte, proviene de un creciente reconocimiento de la magnitud de la catástrofe que la intervención occidental ha causado en toda la región. Al desmantelar el régimen de Sadam Occidente rompió el Estado iraquí. No había grupos yihadistas operando en Irak antes del cambio de régimen. Ahora, el país ha sido desgarrado por uno de ellos. Lo mismo ocurre en Libia, donde el derrocamiento de Gadafi ha producido un colapso total del gobierno y recientemente en Bengasi fue declarado un "Emirato Islámico". Los grandiosos planes de cambio de régimen que tenían el objetivo de reemplazar la tiranía por la democracia han creado el caos, dejando zonas de anarquía en las que prosperan las fuerzas yihadistas.
 
La intervención occidental desempeñó un papel importante en el surgimiento de ISIS. Al apoyar a los rebeldes sirios contra Assad -otro déspota secular- Occidente le dio al grupo un impulso que de otro modo no habría tenido. Con las fuerzas yihadistas, incluyendo el ISIS, financiándose con fondos saudíes y qataríes, nunca hubo muchas posibilidades de que una "oposición moderada" tomara el control en caso de una derrota de Assad. Un régimen islamista radical, otro estado fallido o alguna combinación de los dos era -y sigue siendo- el resultado más probable. Tal como están las cosas, no hay mucho que Occidente pueda hacer para desactivar el ISIS de manera permanente. Nadie puede creer seriamente que esta hábil organización militar capaz de ahora de autofinanciarse y con conocimientos razonables sobre el funcionamiento de los medios de comunicación vaya a desvanecerse gracias a una campaña de bombardeos. Al mismo tiempo, la posibilidad de verse arrastrados a una guerra terrrestre sin fin es profundamente inquietante. 
Hay otras razones para el pánico occidental. Un califato del siglo XXI que promociona en Internet la práctica metódica de salvajismo no encaja en ninguna de las narrativas dominantes del desarrollo moderno. Hay algunos que dicen que el Islam tiene dificultades en modernizarse porque siempre ha sido una religión de conquista. Pero el Islam no es el único en haber usado la violencia al servicio de la fe. Considerar el ISIS como la expresión de la esencia de una de las grandes religiones del mundo, es avalar la imagen que el ISIS presenta de sí mismo, algo que las autoridades religiosas islámicas en todo el mundo han rechazado. Sectas apocalípticas violentas pueden ser encontradas en muchos momentos y lugares. Si usted está buscando un prototipo religioso del ISIS, hay algunos candidatos plausibles en la Europa medieval tardía y pre-moderna. 
Como Norman Cohn mostró en su estudio pionero En busca del Milenio, publicado por primera vez en 1957, la cristiandad medieval abundaba en movimientos milenaristas, algunas de ellos violentos, que tenían el objetivo de limpiar la iglesia y la sociedad de la corrupción y dar paso a un nuevo mundo. Un ejemplo es el régimen teocrático establecido brevemente por el anabaptista y autoproclamado mesías Juan de Leiden, en la ciudad alemana de Münster en el siglo XVI. Imponiendo el bautismo en masa a los adultos, expulsando o ejecutando a cualquiera que no quisiera convertirse, quemando todos los libros excepto de la Biblia y forzando a las mujeres a la poligamia, el Reino divino de Leiden practicó un tipo de represión con pocos precedentes en el mundo medieval. No es difícil, sin embargo, ver similitudes con el califato que Abu Bakr al-Baghdadi proclamó en Mosul en junio.
Al mismo tiempo, hay un claro paralelismo entre el ISIS y los movimientos revolucionarios modernos. Por un lado, la violencia del ISIS está cuidadosamente orquestada. Usando el terror de una manera estratégica y pedagógica para infundir miedo en sus enemigos y obediencia en las comunidades que conquista, el ISIS sigue unos precedentes que se remontan a las ejecuciones masivas del Terror jacobino, el periodo soviético temprano y la masacre sistemática practicada por los Jemeres Rojos. Además, el ISIS está comprometido en la construcción de un Estado. Más ambicioso que otros grupos yihadistas como Al-Qaeda (del que comenzó siendo un subproducto hace casi 10 años), el ISIS ha conquistado un territorio que abarca aproximadamente un tercio de Siria y una cuarta parte de Irak donde está construyendo un estado usando métodos similares a los empleados por los que fundaron los regímenes totalitarios del siglo pasado. 
Pero el ISIS también tiene algunas cosas en común con los cárteles criminales transnacionales que operan en las sombras oscuras de la globalización del siglo XXI. Robando bancos, aprovechando los pozos de petróleo y practicando la extorsión, el grupo ha amasado una fortuna en una escala a la que ningún otro grupo yihadista se ha acercado. Ya es algo más que una organización terrorista en acción, o un ejército irregular de la especie que ha aparecido en muchas insurgencias nacionales.
Entonces, ¿qué es el ISIS esencialmente -un culto violento milenario, un estado totalitario, una red terrorista o un cártel criminal? La respuesta es que no se trata de ninguna de esas cosas y las es todas a la vez. Lejos de ser una reversión a algo del pasado, el ISIS es algo nuevo -una versión moderna de la barbarie que ha surgido en los estados que han sido destrozadas por la intervención occidental. Pero su influencia es poco probable que se limite a Siria e Irak. El ISIS ya está atrayendo el apoyo de los talibanes en Pakistán, y hay informaciones de que Boko Haram ha declarado un califato en una ciudad del noreste de Nigeria. Con el tiempo -aunque sólo sea para confirmar su superioridad sobre Al-Qaeda- el ISIS seguramente dirigirá su atención más directamente hacia Occidente. 
Sería fácil pensar que habiéndose equivocado tan desastrosamente, y tan a menudo, Occidente se abstendría de cualquier implicación ulterior y dejaría que los acontecimientos siguieran su curso. Pero después de haber ayudado a traer este monstruo en el mundo, Occidente no puede ahora darle la espalda. En términos éticos tal postura sería poco menos que obscena. Occidente, después de todo, es el principal responsable de la creación de la anarquía en la que el ISIS puede proseguir su horrible experimento de construcción de un Estado. Dejar indefensos a los yazidís y a otros grupos perseguidos frente a una amenaza inminente de masacre genocida sería un crimen tan grave como cualquiera de los perpetrados en el curso de las anteriores intervenciones.
Sin duda alguna -los que crean que las políticas occidentales en Oriente Medio siempre han estado moldeadas por una cínica geopolítica- rechazarán cualquier apelación a la ética como hipocresía. Argumentar de esta manera, sin embargo, asume una capacidad para la toma de decisiones realistas y coherentes en los gobiernos occidentales de la que no hay ninguna prueba. La realidad ha sido una sucesión de fracasos espantosos.
Los desafíos planteados por Isis son desalentadores. La acción militar puede lograr poco si no va acompañada de una solución polítca. Pero nadie ha explicado cómo se pueden alcanzar o hacer cumplir soluciones políticas donde apenas existe el estado y el gobierno está hecho jirones. ¿Puede Occidente aprender de sus errores y establecer objetivos más limitados y defendibles? ¿O están los gobiernos occidentales empeñados en repetir sus pasadas locuras? Lo descubriremos pronto si ISIS continúa su avance aterrador.»