02 septiembre 2014

¿Harto de este mundo gobernado por el mercado? Debería estarlo por George Monbiot (The Guardian)

Sick of this market-driven world? You should be 
por George Monbiot (The Guardian
¿Harto de este mundo gobernado por el mercado? Debería estarlo 
La estafa interesada del neoliberalismo es que ha erosionado los valores humanos que se suponía que debía emancipar.
«Estar en paz con un mundo lleno de problemas: ése no es un objetivo razonable. Es algo que sólo puede lograrse a través de una negación de lo que le rodea. Estar en paz con uno mismo en un mundo lleno de problemas: ésa es, por el contrario, una aspiración honorable. Esta columna es para aquellos que se sienten en conflicto con la vida. Hace un llamamiento a no sentir vergüenza.
Me pidieron una colaboración para un libro notable, recién publicado en inglés, escrito por el profesor belga de psicoanálisis Paul Verhaeghe. What About Me? The Struggle for Identity in a Market-Based Society (¿Qué pasa conmigo? La lucha por la identidad en una sociedad basada en el mercado) es uno de esos libros que al hacer conexiones entre fenómenos aparentemente dispares, permite de pronto nuevas percepciones de lo que nos está ocurriendo y por qué.

Somos animales sociales, argumenta Verhaeghe, y nuestras identidades están determinadas por las normas y valores que absorbemos de otras personas. Cada sociedad define y da forma a su propia normalidad -y a su propia anormalidad- de acuerdo a las narrativas dominantes, y busca que las personas obedezcan o las excluye si no lo hacen. 
Hoy en día la narrativa dominante es el del fundamentalismo de mercado, ampliamente conocido en Europa como neoliberalismo. La historia que cuenta es que el mercado puede resolver casi todos los problemas sociales, económicos y políticos. Cuantas menos regulaciones estatales e impuestos haya, mejor estaremos. Los servicios públicos deben ser privatizados, el gasto público debe ser recortado, y las empresas deben ser liberadas de cualquier control social. En países como el Reino Unido y los EE.UU., esta historia ha dado forma a nuestras normas y valores desde hace alrededor de 35 años: desde que Thatcher y Reagan llegaron al poder. Depués rápidamente colonizó el resto del mundo.
Verhaeghe señala que el neoliberalismo se basa en la antigua idea griega de que nuestra ética es innata (y gobernada por un estado de naturaleza que se llama el mercado) y en la idea cristiana de que la humanidad es intrínsecamente egoísta y codiciosa. En lugar de tratar de suprimir estas características, el neoliberalismo las celebra: sostiene que la libre competencia, impulsada por el interés propio, lleva a la innovación y al crecimiento económico, y a mejorar el bienestar de todos. 
En el corazón de esta historia está la noción de mérito. Una competencia sin ataduras premia a las personas que tienen talento, trabajan duro, e innovan. Acaba con las jerarquías y crea un mundo de oportunidades y movilidad. 
La realidad es bastante diferente. Incluso al inicio del proceso, cuando los mercados al principio están desregulados, no empezamos con igualdad de oportunidades. Algunas personas han recorrido un largo trecho de la pista antes del pistoletazo de salida. Así es como los oligarcas rusos lograron adquirir una gran cantidad riqueza cuando la Unión Soviética se disolvió. No eran, en general, la gente más talentosa, trabajadora o innovadora, sino los que tenían menos escrúpulos, más matones,  y con los mejores contactos -a menudo en el KGB. 
Aun cuando los resultados se basen en el talento y el trabajo duro, no sigue siendo así por mucho tiempo. Una vez que la primera generación de empresarios libres de ataduras ha hecho su dinero, la meritocracia inicial se sustituye por una nueva élite, que busca eximir a sus hijos de la competencia gracias a la herencia y dándoles la mejor educación que el dinero pueda comprar. Donde el fundamentalismo de mercado se ha aplicado más ferozmente -en países como los EE.UU. y el Reino Unido- la movilidad social en gran medida ha disminuido.
Si el neoliberalismo fuera algo más que una estafa egoísta, cuyos gurús y thinktanks están  financiados desde el principio por algunas de las personas más ricas del mundo (los multimillonarios estadounidenses Coors, Olin, Scaife, Pew y otros), sus apóstoles hubieran exigido, como condición previa para una sociedad basada en el mérito, que nadie debería empezar la vida con la ventaja injusta de la riqueza heredada o una educación económicamente determinada. Pero ellos nunca creyeron en su propia doctrina. Como resultado, la iniciativa rápidamente dio paso a vivir de rentas.  
Todo esto se ignora, y el éxito o el fracaso de la economía de mercado se atribuyen exclusivamente a los esfuerzos de la persona. Los ricos son los nuevos justos; los pobres son los que se apartan de las normas, que han fracasado, tanto económica como moralmente y ahora aparecen catalogados como parásitos sociales.
El mercado estaba destinado a emanciparnos, ofreciendo autonomía y libertad. En cambio, ha traído la atomización y la soledad.
El lugar de trabajo ha sido aplastado por una demente infraestructura kafkiana de evaluaciones, seguimiento, medición, vigilancia y auditorías, dirigida centralmente y planificada rígidamente, cuyo objetivo es premiar a los ganadores y castigar a los perdedores. Destruye la autonomía, el espíritu empresarial, la innovación y la lealtad, y engendra frustración, envidia y miedo. Por una magnífica paradoja, ha dado lugar al renacimiento de una vieja tradición soviética  conocida en Rusia como tufta. Significa la falsificación de las estadísticas para satisfacer los dictados de un poder irresponsable. 
Las mismas fuerzas afectan a aquellos que no pueden encontrar trabajo. Ahora deben enfrentarse, junto a las otras humillaciones de desempleo, con un nuevo nivel de espionaje y seguimiento. Todo esto, señala Verhaeghe, es fundamental para el modelo neoliberal, que insiste en todas partes en la comparación, evaluación y cuantificación. Somos técnicamente libres, pero sin poder. Ya sea en el trabajo o fuera del trabajo, tenemos que vivir bajo las mismas reglas o perecer. Los principales partidos políticos las promueven, así que tampoco tenemos el poder político. En nombre de la autonomía y la libertad hemos acabado controlados por una agotadora burocracia sin rostro. 
Estos cambios han ido acompañados, escribe Verhaeghe, por un aumento espectacular de ciertas enfermedades psiquiátricas: autolesiones, trastornos alimenticios, depresión y trastornos de la personalidad. 
Entre los trastornos de la personalidad, los más comunes son el miedo escénico y la fobia social: ambos reflejan el temor a otras personas que se perciben a la vez como evaluadores y competidores -los únicos papeles en la sociedad que el fundamentalismo de mercado admite. La depresión y la soledad nos asedian. 
Los dictados infantilizantes del lugar de trabajo destruyen nuestra autoestima. Los que terminan en los últimos eslabones de la acadena son asediados por la culpa y la vergüenza. La falacia de la auto-atribución tiene dos caras: así como nos felicitamos por nuestro éxito, nos culpamos a nosotros mismos de nuestro fracaso, incluso si tenemos poco que ver con él. 
Por lo tanto, si usted no encaja, si se siente en desacuerdo con el mundo, si su identidad está turbada y deshilachada, si se siente perdido y avergonzado -podría ser porque usted ha conservado los valores humanos que se suponía debía haber descartado. Usted es un desviado. Siéntase orgulloso