18 octubre 2014

Cómo los que son tratados brutalmente se vuelven brutales por Chris Hedge (Truthdig)

How the Brutalized Become Brutal 
por Chris Hedge (Truthdig
Cómo los que son tratados brutalmente se vuelven brutales
«Las terribles imágenes de la decapitación del periodista estadounidense James Foley, las imágenes de ejecuciones de presuntos colaboradores en Gaza y los cuerpos acribillados a balazos dejados atrás en Irak por el Estado Islámico de Irak y el Levante son el final de una historia, no el principio. Son el resultado de años, a veces décadas, de violencia ciega, represión brutal y humillación colectiva que Estados Unidos ha infligido a otros.

Nuestro terror es suministrado a los condenados de la tierra a través de armas industriales. Es, para nosotros, invisible. No nos detenemos frente a los cuerpos decapitados y eviscerados dejados en las calles de ciudades y aldeas por nuestros misiles, aviones no tripulados y aviones de combate. No escuchamos los gemidos y gritos de los padres que abrazan los cuerpos destrozados de sus hijos. No vemos como los sobrevivientes de los ataques aéreos entierran a sus madres, padres, hermanos y hermanas. No somos conscientes de la larga noche de humillación colectiva, represión e impotencia que caracteriza la existencia en los territorios ocupados por Israel, Irak y Afganistán. No vemos la ira en ebullición que la guerra y la injusticia convierten con el tiempo en caldo de cultivo para el odio.
No somos conscientes del deseo natural de venganza contra aquellos que llevan a cabo o simbolizan esta opresión. Sólo vemos los fuegos pirotécnicos finales del terror, el momento impactante cuando la ira estalla en una furia incipiente y asesina inocentes. E, ignorantes voluntarios, no entendemos nuestra propia complicidad. Desde una posición de autosuficiencia condenamos a los asesinos como salvajes infrahumanos que merecen más de la violencia que los creó. Esta es una receta para el terror sin fin.
Chaim Engel, quien participó en el levantamiento contra los nazis en el campo de exterminio de Sobibor en Polonia, describió lo que sucedió cuando consiguió un cuchillo y se enfrentó a un alemán en una oficina. El acto que llevó a cabo no fue menos brutal que la decapitación de Foley o las ejecuciones en Gaza. Separado de la realidad que él y los otros presos soportaban en el campo, su acto era salvaje. Con el trasfondo del campo de exterminio era comprensible.
"No es una decisión", dijo Engel. "Sólo reaccionas, reaccionas instintivamente a lo que pasa, y me dije, 'Vamos hacerlo, y vas y lo haces.' Y fui. Fui a la oficina donde estaba ese hombre, y matamos a ese alemán. Con cada golpe, decía, 'Eso es por mi padre, por mi madre, por todas estas personas, por todos los judíos que has matado.'"
Todo buen policía, como todo buen periodista, sabe que cada criminal tiene una historia. Nadie, a excepción quizás de unos cuantos psicópatas, se despierta con ganas de cortar la cabeza de otra persona. Asesinatos y otros crímenes violentos casi siempre nacen de años de abuso de algún tipo sufridos por el autor. Incluso los más "civilizados" de entre nosotros no son inmunes a la deshumanización.
Los enemigos en el moderno campo de batalla parecen esquivos porque la muerte es usualmente suministrada por armas industriales, tales como aviones no tripulados o aviones de combate que son impersonales, o por fuerzas insurgentes que colocan bombas en las carreteras o trampas explosivas o llevan a cabo ataques relámpago. Este carácter esquivo es la maldición de la guerra moderna. La incapacidad de los combatientes sunitas en Irak de devolver los golpes de los jets y aviones no tripulados se ha traducido en su ataque contra un periodista capturado y civiles chiíes y kurdos. 
Soldados y marines que han tomado parte en las ocupaciones de Irak y Afganistán, y los soldados israelíes en los ataques a Gaza, figuran entre los que han cometido actos de asesinato sin sentido. Rutinariamente han asesinado a tiros a civiles desarmados para vengar el asesinato de miembros de sus unidades. Esta es una reacción que vi en varias guerras. No es racional. Las personas asesinadas no eran responsables, aunque fuera indirectamente, de las muertes de sus compañeros, igual que Foley y los chiítas y kurdos ejecutados en Irak no eran responsables de las muertes de militantes sunitas asesinados por la Fuerza Aérea de Estados Unidos.
J. Glenn Gray, que luchó en la Segunda Guerra Mundial, escribió acerca de la peculiar naturaleza de la venganza en The Warriors: Reflexiones sobre Men in Battle:
Cuando el soldado ha perdido un camarada a manos de estos enemigos o, posiblemente, vio como su familia era asesinada por ellos a través de bombardeos o por medio de atrocidades políticas, como fue habitual en la Segunda Guerra Mundial, su ira y resentimiento se convierten en odio. Entonces, para él, la guerra adquiere el carácter de una venganza. Su sed de venganza difícilmente se apaciguara hasta que no haya destruido tantos enemigos como sea posible. He conocido a soldados que estaban ávidos de exterminar hasta el último de los enemigos, tan feroz era su odio. Estos soldados escuchaban con placer o se deleitaban con la lectura de noticias sobre la destrucción masiva a través de bombardeos. Cualquier persona que haya conocido o haya sido un soldado de este tipo es consciente de cómo el odio penetra en cada fibra de su ser. Su razón de ser es la búsqueda de la venganza; no un ojo por ojo y diente por diente, sino una represalia multiplicada por diez. 
Los muertos no son, para los asesinos, seres humanos, sino representaciones de lo que temen y odian. La apariencia humana de la víctima, en su opinión, es sólo una máscara que oculta una fuerza maligna. El impulso de la venganza, de "represalia multiplicada por diez", entre los que están consumidos por la violencia no puede ser saciada sino con ríos de sangre, incluso sangre inocente. Y los estadounidenses llevan a cabo este tipo de asesinato por venganza tanto como aquéllos contra los que luchamos. Nuestros instrumentos de guerra nos permiten matar a distancia. Por lo tanto, a menudo carecemos de conciencia real de la matanza. Pero esto no nos hace menos depravados. 
Christopher Browning en su libro Ordinary Men cuenta la historia de un batallón de la policía de reserva alemán que fue contratado para llevar a cabo ejecuciones en masa de judíos en la Segunda Guerra Mundial. El libro de Browning se hizo eco de las conclusiones del psicólogo Stanley Milgram, quien llegó a la conclusión de que "los hombres son inducidos a matar con poca dificultad." Browning, como Milgram, ilustra cuán fácilmente nos convertimos en asesinos. Esta es una verdad dolorosa. Es difícil de aceptar. Nos obliga a mirar a los ojos de los verdugos de Foley y no ver monstruos, sino a nosotros mismos. 
"Pocos de nosotros llegaremos a saber hasta qué punto el miedo y la violencia pueden transformarnos en criaturas acorraladas, listas para atacar con uñas y dientes", escribió Gray. "Si la guerra me enseñó algo fue convencerme de que las personas no son lo que parecen, ni siquiera lo que piensan de sí mismas que son". 
Este verano estoy dando clases a los presos de una prisión de máxima seguridad. Estamos leyendo El rey Lear de William Shakespeare. Todos los estudiantes de mi clase fueron acusados de asesinato, y, aunque el sistema judicial de Estados Unidos encarcela a su cuota de inocentes, es una apuesta segura que muchos, si no la mayoría de mi clase han matado. Al mismo tiempo, una vez que escuche las historias de sus vidas, el aterrador abuso doméstico, la aplastante pobreza, la crueldad de las calles, incluyendo el uso policial de la fuerza letal contra personas desarmadas, el abandono de la sociedad y de los padres, la frustración por no ser capaz de vivir una vida digna o encontrar un trabajo, la humillación de recibir una mala educación -algunos eran analfabetos cuando llegaron a la cárcel- empiezas a entender el poder del racismo institucional y la opresión que los hizo enfurecer y finalmente volverse peligrosos. 
Marguerite Duras en su libro La Guerra describe cómo ella y otros miembros de la resistencia francesa secuestraron y torturaron a un francés de 50 años de edad porque sospechaban que estaba colaborando con los alemanes. El grupo permite a dos de sus miembros que habían sido golpeados en la cárcel de Monteruca en  Lyon desnudar al supuesto informante y golpearlo en repetidas ocasiones mientras los demás observan y gritan: "Bastardo. Traidor. Escoria." Empieza a salir sangre y moco de su nariz. Su ojo está dañado. Gime, "Ay, ay, ay, ay...". Se derrumba desplomado en el suelo. Duras escribió que se había "convertido en alguien sin nada en común con otros hombres. Y con el paso de cada minuto la diferencia se hace más grande y más establecida " Continúa: "Cada golpe resuena en el vacío de la habitación. Golpean a todos los traidores, a las mujeres que los abandonaron, a todos aquéllos que no les gustaban cuando miraban por la ventana." Ella se marcha antes de saber si será ejecutado. Ella y su pequeño grupo de la resistencia se habían convertido en nazis. No actuaron de manera diferente a lo que hizo Hamás cuando ejecutó a más de 15 presuntos colaboradores la semana pasada en Gaza.
Nuestra falta de comprensión de los mecanismos psicológicos que aquí entran en juego significa que la brutalidad que nosotros infligimos, y que se inflige sobre nosotros, continuará en un ciclo mortal y contraproducente en el Oriente Medio, así como en las zonas urbanas pobres de los Estados Unidos. Para romper este ciclo tenemos que hacer examen de conciencia y poner fin a la violencia indiscriminada que sustenta nuestras ocupaciones. Pero hacer un examen de conciencia, en lugar de elegir el camino fácil de la autoexaltación nacionalista, es duro y doloroso. Estos asesinatos sólo se detendrán cuando aceptemos que los asesinos que más deberían aterrorizarnos somos nosotros mismos.»