11 noviembre 2015

Maquiavelo contra el maquiavelismo por Olivier Pironet (Le Monde diplomatique)

Machiavel contre le machiavélisme
por Olivier Pironet (Le Monde diplomatique)
Maquiavelo contra el maquiavelismo 
A principios del siglo XVI, Nicolás Maquiavelo abrió el camino del pensamiento político moderno. Su nombre se asocia a menudo con la acción de gobiernos cínicos y manipuladores. En realidad, esa "mala fama" esconde un auténtico teórico de la libertad y el poder del pueblo.
«Hay un sinnúmero de estudios, biografías, simposios que han celebrado este año el quinto centenario de El Príncipe (1). En este opúsculo dedicado al arte de gobernar, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) expone sin rodeos "qué es la soberanía, cuántas especies existen, cómo se adquiere, cómo se pierde. (2)" Desvela así el funcionamiento del poder y los fundamentos de la autoridad, lo que le granjeó una pésima reputación, interpretaciones conflictivas, e hicieron de su libro "el libro de pensamiento político más leído y comentado" (3) del último medio milenio. 
Escrito en 1513, El Príncipe se publicó póstumamente en 1532 - es raro, pero es su redacción lo que se conmemora - y fue incluido en el Índice por la Iglesia Católica, como todos los libros del florentino, desde 1559 hasta finales del siglo XIX. En 1576, el autor hugonote Innocent Gentillet ayudó a forjar su mala reputación al inventar el término "maquiavélico", de un futuro promisorio. Desde el pensador Jean Bodin (1529-1596), que lo acusó de haber "profanado los sagrados misterios de la filosofía política," al erudito Bertrand Russell (1872-1970), para el que El Príncipe es un "manual de gángsters", Maquiavelo pasa comúnmente por el teórico cínico de técnicas de poder y manipulación, que susurra al oído de los tiranos.

Sin embargo, su pensamiento se presta también a otras interpretaciones (4). El Príncipe es el "libro de los republicanos", según Jean-Jacques Rousseau; uno donde "el propio Maquiavelo el propio Maquiavelo se hace pueblo", para Antonio Gramsci. De hecho, desde los pensadores de la Contrarreforma en el siglo XVI hasta los liberales del siglo XXI, pasando por los autores de la Ilustración, los jacobinos, los marxistas, los fascistas o neorepublicanos, todos se han pasado po su lectura. Hoy en día, el florentino igualmente inspira tanto novelas de detectives como vídeo juegos (5) o breviarios de "gestión empresarial" o incluso de "gobierno de la familia" - como Machiavelli for Moms («Maquiavelo para mamás» ) de Suzanne Evans (Simon & Schuster - Touchstone, 2013)...
En su otra gran obra, los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, publicado en 1531, Maquiavelo examina, revisando la historia de Roma, los principios del gobierno republicano, y muestra su superioridad sobre los sistemas despóticos o autoritarios (principati). El Príncipe y los Discursos giran en torno al mismo problema: ¿cómo instaurar y mantener un sistema de igualdad y autonomía - la República - en el que se excluyen las relaciones de dominación? ¿Cómo construir un Estado libre basado en el derecho común, las normas de la justicia y la reciprocidad y la realización del bien común? El Príncipe, teoría de la fundación de la república, o su refundación en situación crisis, así como los métodos adecuados - a veces violentos - para construir sus cimientos, y los Discursos, reflexión tanto sobre la forma que debería tomar  - la democracia - como los medios para preservarla, son inseparables. Ambos surgen a partir del contexto histórico en el que Maquiavelo los redacta y de la tradición intelectual en la que se inscribe para mejor elevarse sobre ella.
Cuando empieza a escribir El Príncipe, la República florentina a la que sirvió durante catorce años como diplomático de alto rango, se encuentra minada por las divisiones y la corrupción,  acaba de ser derrotada por los partidarios de los Medici con la ayuda de los españoles (septiembre de 1512). El interludio republicano duró dieciocho años: una república teocrática, 1494-1498, bajo la autoridad del monje Savonarola y una república secular 1498-1512. Durante décadas, la península está sujeta a los apetitos de las grandes monarquías que se combinan para satisfacer sus intereses con las numerosas ciudades-estado del país,  impidiendo la unificación territorial y nacional que Maquiavelo ansía. Esta situación explica el propósito de El Príncipe: se trata para el autor de reflexionar sobre las maneras de restaurar la república en la ciudad toscana y construir un estado lo suficientemente fuerte como para "tomar" (unificar) Italia y "liberarla" de potencias extranjeras. El Príncipe se dirige a aquel que será capaz de alcanzar este doble objetivo.
Es a la vez un manual de acción para responder a la emergencia y una reflexión sobre la naturaleza del poder en la línea de los libros educativos populares entre los humanistas. Sin embargo, rompió con los ideales clásicos. Y promulga los preceptos y métodos a seguir por el (re)fundador de un Estado, invirtiendo la tradicional relación de subordinación de la política a la moral en nombre de la "verdad efectiva de las cosas"el arte de gobernar obedece normas específicas relacionadas con la inestabilidad de las relaciones humanas (los hombres siguen sus intereses y pasiones especialmente la ambición) y la irracionalidad de la historia. Cualquier líder debe conocer estas reglas si quiere "preservar" y "mantener el estado".
Definiendo la política como un campo de acción y un campo de reflexión autónomo en el que la moralidad no tiene cabida, Maquiavelo provoca, en palabras de Louis Althusser, "una revolución en la manera de pensar (6)", que más tarde conduce a la  formación de la ciencia política moderna. Esta es la innovación que le valió tantos enemigos. Algunos lo acusan de haber revelado los mecanismos de dominación y enseñar a los gobernados cómo actúan los gobiernos para consolidar su poder; los otros de destruir, en nombre de la eficacia de la acción, el vínculo intrínseco existente, según ellos, entre la política, la moral y la religión.
Maquiavelo desarrolla, sin embargo, otro tema clave. Según él, cada régimen reposa en la oposición fundamental entre dos grandes clases, o "humores" (umori) sociales, que define así: la gente,  los ciudadanos comunes, y los grandes, aquellos que son la élite social, económica y política. Los segundos, la minoría, quiere la dominación; los primeros, mayoritarios, se oponen. "Y de estos dos apetitos opuestos surge en las ciudades uno de estos tres efectos: o monarquía, o libertad, o licencia." 
Ningún estado puede prescindir de esta división social: el conflicto entre las dos clases, que cubre las diferencias de rango, la riqueza y aspiraciones, es universal, y no hay resolución final posible. Para gobernar, debemos tomar partido. Para Maquiavelo, sólo puede ser el de la gente, "porque sus objetivos (...) son más honestos que los de los más grandes, los unos desean oprimir los otros no ser oprimidos." La monarquía, ese principado autoritario que Maquiavelo también ve en la oligarquía, es incapaz de resolver la cuestión social. Por ello es necesario preferir un régimen republicano, el único sistema para garantizar la igualdad de los ciudadanos, la realización del bien común y la independencia del país.
Pero esta república, como lo precisan los Discursos, sólo puede apoyarse en la institucionalización de la discordia civil entre la élite y la plebe, es decir, el reconocimiento político del conflicto inherente en la ciudad. La idea de una sociedad pacífica es un mito, o una aberración. Maquiavelo estima que la República Romana "sólo llegó a [su] perfección por las disensiones del Senado y de la gente."
Por eso se separa radicalmente del modelo tradicional, según el que el Estado debe basarse en relaciones de concordia. Para él, por el contrario, la institución de la discordia civil es la base de la libertad: "En toda república hay dos umori (...) y todas las leyes a favor de la libertad nacen de su oposición." Es por eso que es fundamental establecer un mecanismo legal por el cual las personas pueden expresar sus demandas y derechos.
Una vez aceptada la participación conjunta del pueblo y de los grandes en el poder a través de su oposición, se plantea la cuestión de a quien confiar el "cuidado de la libertad" y la tarea de garantizar el correcto funcionamiento de las instituciones. Este tema es de suma importancia, ya que del control del interés público por una u otra de estas dos categorías depende la fuerza y ​​la unidad del Estado. ¿Qué forma debe adoptar, por tanto, la república: aristocrática o democrática? Si bien la gran mayoría de los pensadores republicanos de su tiempo defendieron una oligarquía, el florentino aboga por el establecimiento de una república popular (stato popolare) basado en la autoridad suprema de una asamblea en la que el pueblo pueda participar al mismo nivel que los grandes en la dirección de los asuntos de la ciudad.  Califica así, en el Sumario de la corte de la ciudad de Lucca, de  "buena disposición" que un "consejo general tenga autoridad sobre los ciudadanos, ya que es un freno eficaz contra las ambiciones de algunos. (...) El gran número se utiliza para tomar medidas contra los grandes y en contra de la ambición de los ricos ". Es más capaz de proteger la libertad y la igualdad, quien tiene un interés en mantenerlas:  "Hay que confiar [ el depósito de la libertad ] a los que tienen el menor deseo de violarla." 
Sin embargo, cuando no son "los que [tienen] más mérito, sino los que [tienen] más poder" los que ocupan las altas funciones del Estado, surge otro conflicto: la división entre grupos de interés relacionados principalmente con clanes familiares, los sistemas clientelistas o monopolios financieros - que Maquiavelo engloba con el nombre de sette (facciones, grupos de presión). Cuando "sólo los ricos y poderosos proponen las leyes, y mucho menos a favor de la libertad que para aumentar su poder," el Estado se mina en su misma raíz, se corrompe. Esta es la forma en que se perdió la república romana se perdió, asíu como la República de Florencia. ¿Qué hacer entonces? Los ciudadanos "deben considerar la fuerza del mal, y si se sienten capaces de derrotarlo, atarcarlo sin consideración."
Notas: 
(1) Señalemos el estudio de Emmanuel Roux, Machiavel, la vie libre, Raisons d’agir, Paris, 2013, 267 páginas, 20 euros. Filippo Del Lucchese, autor de Tumultes et indignation. Conflit, droit et multitude chez Machiavel et Spinoza (editado en Amsterdam, Paris, 2010), coordinó un lugar en internet entorno al Príncipe, « Machiavelli : A multimedia project ». Cf. igualmente John P. McCormick, Machiavellian Democracy, Cambridge University Press, 2011.
(2) Carta a Francesco Vettori, 10 de diciembre de 1513.
(3) Emmanuel Roux, op. cit.
(4) Sobre las diferentes interpretaciones del florentino, cf. Claude Lefort, Le Travail de l’œuvre Machiavel, Gallimard, Paris, 1986 (1ª ed. : 1972).
(5) Cf. Ranieri Polese, « Machiavel mène l’enquête », Books, n° 46, Paris, setiembre de 2013.
(6) Louis Althusser, L’avenir dure longtemps, Flammarion, coll. « Champs essais », Paris, 2013 (1ª ed. : 1992).