03 septiembre 2013

NSA y GCHQ: la psicología defectuosa de la vigilancia masiva del gobierno por Chris Chambers (The Guardian)

NSA and GCHQ: the flawed psychology of government mass surveillance 
por Chris Chambers (The Guardian
NSA y GCHQ: la psicología defectuosa de la vigilancia masiva del gobierno
«Las recientes revelaciones sobre el alcance de la vigilancia del gobierno son alarmantes. Ahora sabemos que el programa Tempora del Reino Unido registra un gran volumen de comunicaciones privadas, incluyendo - por defecto - nuestros e-mails, la actividad de las redes sociales, el historial de Internet y llamadas telefónicas. Gran parte de esta información es compartida con la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU. que opera su propia (anteriormente) clandestina operación de vigilancia. Se cree que programas similares funcionan en Rusia, China, India, y en varios países europeos.
Mientras que los expertos han argumentado enérgicamente acerca de las ventajas y desventajas de este tipo de programas, la voz de la ciencia se ha mantenido relativamente en silencio. Esto a pesar del hecho de que sólo la ciencia puede presentar una gran cantidad de pruebas empíricas sobre los efectos psicológicos de la vigilancia. El estudio de estas pruebas lleva a una conclusión clara y a una advertencia: la recogida de información indiscriminada representa un grave riesgo para la salud mental, la productividad, la cohesión social y, en definitiva para nuestro futuro.

La vigilancia afecta a la salud mental y el rendimiento 
Desde hace más de 15 años sabemos que la vigilancia conduce a mayores niveles de estrés, fatiga y ansiedad. En el lugar de trabajo también reduce el rendimiento y nuestro sentido de control personal. Un gobierno que se dedica a la vigilancia masiva no puede afirmar que valora el bienestar y la productividad de sus ciudadanos.
La vigilancia fomenta la desconfianza entre los ciudadanos y el estado
La gente confía en la autoridad en la medida en que ve que se comporta según su interés y confía en ellos a cambio. La investigación sugiere que las personas toleran la vigilancia limitada siempre y cuando creen que su seguridad está siendo comprada con la libertad de otra persona. En el momento en que queda claro que en realidad se comercia con su propia libertad, el contrato social se rompe. La violación de esta confianza cambia la definición de "nosotros" y "ellos" de una manera que puede ser peligrosa para la autoridad democrática - de repente, la mayoría de la población se opone a su propio gobierno.
 

La vigilancia fomenta la conformidad
Desde hace más de 15 años sabemos que la vigilancia alienta la conformidad con las normas sociales. En una serie de experimentos clásicos de la década de 1950, el psicólogo Solomon Asch demostró que la conformidad es tan poderosa que los individuos siguen a la multitud, incluso cuando la gente está obviamente equivocada. Un gobierno que se dedica a la vigilancia masiva no puede afirmar que valora la innovación, el pensamiento crítico o la originalidad.

La vigilancia en realidad puede debilitar la influencia de la autoridad
Los jefes de seguridad pueden creer que la vigilancia les da un mayor control sobre la población, ¿pero es realmente así? La respuesta es complicada. Un estudio reciente puso de manifiesto que si los miembros de un equipo compartían una identidad social común con su líder, entonces la vigilancia, de hecho, reducía la influencia del líder, fomentando el resentimiento y la desconfianza. Sin embargo, si veían a su líder como perteneciente a un grupo externo de vigilancia social, entonces el poder del líder aumentaba.

Este patrón es interesante porque considera a los políticos y los servicios de seguridad como partes enfrentadas. Para que los políticos tengan éxito en una democracia deben ser vistos como parte del mismo grupo interno que su electorado. Esto lo vemos en su mayor grado durante las elecciones, cuando los políticos hacen grandes esfuerzos para destacar sus conexiones de base con la comunidad. Sin embargo, mediante el apoyo a la vigilancia masiva, los políticos debilitan esta relación. 
Los servicios de seguridad, por otra parte, tienen la motivación opuesta. Para ellos, la desconfianza forma parte del orden del día, por lo que es mejor mantener una distancia social con el público. De esa manera se garantiza que sean percibidos como miembros de un grupo externo, lo que - según sugiere la evidencia - aumenta la influencia que pueden ejercer a través de la vigilancia. 
Hay dos formas de resolver este conflicto entre las motivaciones de los representantes electos y los servicios de seguridad. Una de ellas es abrazar el totalitarismo, rompiendo todos los lazos de identidad social entre los políticos y el electorado. En este escenario (desagradable), la democracia se convierte en un estado policial en el que todos los componentes del gobierno son vistos por la población como un grupo externo. Una alternativa es poner fin a la vigilancia masiva, obligando a los servicios de seguridad a ajustarse a los requerimientos de los miembros del gobierno que valoran la libertad. 
Lo que parece claro es que el gobierno no puede pluriemplearse como grupo interno grupo externo - no puede reclamar estar al servicio de la libertad de sus ciudadanos, mientras que al mismo alienta violar esa libertad. Aunque no logren nada más, las revelaciones de Snowden ponen de relieve esta contradicción.
La vigilancia prepara el camino hacia un futuro pedestre
Mientras los gobiernos del mundo marchan hacia la vigilancia universal, su ignorancia de la psicología es
a cada paso clara. Incluso en el informe de la Cámara de los Lores de 2009 "Vigilancia: Los ciudadanos y el Estado- un documento que es crítico con la vigilancia - no es entrevistado ni un solo psicólogo y,  en 130 páginas, no se hace ni una sola referencia a décadas de investigación psicológica. 
Ignoramos estas pruebas a nuestro propio riesgo. La psicología nos advierte de antemano que un futuro de vigilancia universal, será un mundo carente de cualquier cosa lo suficientemente interesante para espiar - un paisaje autoritario de color gris en el que se pierde la capacidad de relajarse, innovar, o tomar riesgos. Un mundo en el que la definición de pensamiento "adecuado" y el comportamiento se vuelve tan limitado que incluso las más pedantes violaciones de las normas se encuentran con la exclusión o el castigo. Un mundo en el que incluso podemos renunciar a nuestra última línea de defensa - la capacidad de mirar atrás y preguntarse: ¿Por qué nos hicimos esto a nosotros mismos?»