31 julio 2013

El mito del mercado mundial por Mark Schieritz (Die Zeit)

Mythos Weltmarkt 
por Mark Schieritz (Die Zeit
El mito del mercado mundial 
La economía europea tiene que ser más competitiva, dice la canciller. Pero, en realidad, ¿Por qué?
«La palabra que empieza por C irrumpe de repente en algún momento del verano pasado en los manuscritos de los discursos de Angela Merkel. C de competitividad.  Al principio serpentea a través de los textos aún titubeantes de la cancillería, pero pronto conquista un lugar fijo en un pasaje que se incluye hasta hoy en todos los discursos de la canciller.
Por ejemplo, el 13 de Septiembre de 2012 en Berlín: "Si queremos que en el futuro alguien nos escuche en el mundo, tenemos que ser competitivos."
O el 24 enero de 2013 en Davos: "Los países de la zona del euro, para crecer, tienen que ofrecer productos que sean competitivos para la venta a nivel mundial. Por esto el tema es tan importante."
Y el 25 de abril de 2013 en Dresde: "La competitividad no es un fin en sí mismo, pero la competitividad es una necesidad fundamental para el crecimiento."
Si Angela Merkel hace cambiar la estructura de sus discursos, es un signo claro de que sus prioridades políticas también han cambiado. Y así la carrera relámpago del concepto indica un nuevo enfoque en la política alemana de la crisis. Ya sea cuando el lunes de esta semana se decide sobre nuevas ayudas a Grecia u otorgar a España y a Portugal más tiempo para la reducción de sus déficits -para el gobierno federal ya no se trata antes que nada de ahorro, sino de competitividad.
Según los alemanes, los países que sean más competitivos deben en el futuro incluso recibir más dinero de Bruselas. Es un giro notable -y tiene su origen en el significado que en la cancillería se atribuye al auge de los países emergentes de Asia y América Latina. Desde allí se marca el ritmo. Si Europa no quiere quedarse en la periferia del escenario mundial, debe tener éxito allí.
Sólo exportar crea riqueza real -este punto de vista está muy extendido en Alemania. A fin de cuentas del hecho de que en este país muchas empresas de tamaño medio se hayan convertido en líderes de mercado en sus respectivos ámbitos, es natural concluir la importancia del éxito en el comercio exterior para el bienestar económico y político del país.

Pero es interesante que precisamente el país más poderosos del mundo -los EE.UU.- en relación a su tamaño, prácticamente no exporte nada. Es cierto que los EE.UU. tienen marcas que se venden en todos los continentes, pero la aportación de Google y compañía a la creación de valor del país es relativamente pequeña.  En general, los Estados Unidos obtienen menos de un diez por ciento de su producción económica anual total en el negocio de la exportación. Por tanto, no deben su fortaleza al éxito de los productos estadounidenses en Asia o América Latina, sino a un floreciente mercado interior. Y, al contrario, hay países en el mundo como Nicaragua, un país con una cuota de exportación del 74 % del PIB que aún así no sale del pozo de la pobreza. O es quizá precisamente por eso por lo que sigue atrapado.
La idea de que el destino de un país se decide en los mercados mundiales tiene su origen en el pensamiento mercantilista del siglo XVII. Jean-Baptiste Colbert,  ministro de finanzas de Luis XIV, partía de que los países están comprometidos en una lucha permanente por cuotas de mercado. Sólo la venta de mercancías en el exterior garantizaba "poder, grandeza e influencia."
El programa de gobierno de CDU y CSU para las elecciones al Bundestag se puede leer en muchos puntos como un manifiesto mercantilista. Europa necesita "buenos productos" para garantizar "sus posibilidades en los mercados internacionales", se dice. Por eso hay que cerrar un "Pacto por la competitividad".
Pero lo que es correcto para una empresa, no tiene que valer para toda la economía. Si una empresa reduce los salarios, puede ofrecer sus productos más baratos que la competencia. Así ganará cuota de mercado a expensas de sus competidores - y tal vez pueda de esta forma sanearse.
Pero cuando un país reduce sus salarios, de ningún modo se vuelve automáticamente más rico. La mayoría de los países no venden la mayor parte de sus bienes en el extranjero -sino a sí mismos.  El panadero compra al carnicero, y el techador va al peluquero a cortarse el pelo. Eso hace las cosas un poco más complicadas, ya que los costes de uno son los ingresos de otro.
Además: las empresas puden aumentar sus beneficios si aumentan sus ventas. Y en ese caso merecen más dinero. Pero el bienestar de un estado no aumenta automáticamente si exporta más mercancías. Porque el dinero no puede comerse. La riqueza de una economía se corresponde con la suma de bienes y servicios que están disponibles en esa economía. Un tractor que se vende a China, se utiliza para arar allí y no en nuestro país. La venta sólo vale la pena, si los chinos en algún momento en reciprocidad suministran mercancías a Alemania y así aumenta la oferta de bienes también aquí.
Por lo tanto, la exportación es siempre una apuesta sobre la solvencia de los socios comerciales. Y eso no es evidente por sí mismo. Durante años, los griegos se endeudaron en el extranjero para poder permitirse coches alemanes. Pero, en algún momento, quedó claro que el dinero no sería devuelto. Las deudas fueron simplemente canceladas - y los alemanes prácticamente regalaron sus coches. Por tanto no es algo absolutamente trágico si las exportaciones alemanas disminuyen y son importados más bienes del extranjero.
Al ministro de Finanzas Wolfgang Schäuble le gusta comparar las relaciones internacionales con los partidos de la Liga de Campeones. Pero la diferencia es la siguiente: En el fútbol gana el equipo que marca más goles. Pero en la política económica un empate es el mejor resultado. Por eso figura también en la ley alemana de crecimiento y estabilidad de los años sesenta que el gobierno debe trabajar para lograr un comercio exterior equilibrado.
En todo caso, una riqueza duradera, según dicta la experiencia, no la crean los países que más impulsan el comercio o suministran mercancías a las regiones en crecimiento del mundo, sino aquellos que utilizan sus recursos de modo más eficiente - que por tanto tiene una alta productividad. Porque sólo así pueden producir con el mismo número de personas más bienes que después son puestos a disposición de la población. No es la competencia, sino la productividad quien determina el rendimiento de una economía.
Tal vez la canciller conoce los problemas que rodean su nuevo lema - y lo usa exclusivamente de un modo estratégico. A fin de cuentas, son muchas las medidas que favocen la competitividad de una empresa, y al mismo tiempo la productividad de una economía. Quizá un sistema educativo efectivo, instituciones estatales estables y mercados suficientemente flexibles. El Premio Nobel de Economía Paul Krugman ha descrito de modo impresionante cómo en EE.UU. durante los años cincuenta el miedo -exagerado- a una pérdida de competitividad frente a la Unión Soviética fue usado como argumento para imponer la construcción de grandes autopistas. 
Pero no simpre la intersección es tan grande. Con respecto a la competitividad quizá los salarios no puedan ser tan bajos,  con respecto a la productividad necesitan también de modo regular y moderado subir. Y tendencialmente las envejecidas sociedades de Europa deberían en el futuro producir más para el mercado interior: porque los servivios en los ámbitos de la atención y la salud serán cada vez más importantes.
Con una fundamentación errónea no se puede imponer a largo plazo ninguna política correcta. Quizás ha llegado el momento de revisar de nuevo la estructura del discurso de la canciller