23 octubre 2015

Occidente se debilita a sí mismo por Niall Ferguson (Die Zeit)

Der Westen schwächt sich selbst
por Niall Ferguson (Die Zeit
Occidente se debilita a sí mismo
Durante 500 años, Occidente dominó el mundo gracias a sus ideas e instituciones. Hasta nuestros días. En la actualidad los otros copian las bases de este ascenso. Nosotros las abandonamos –pero aún no todo está perdido.
"Es muy difícil convencer a los lectores alemanes de que en Occidente tenemos un problema. Esto se debe, en parte, a que las cosas en Alemania en comparación con otros lugares marchan bastante bien. Y otra circunstancia se suma a esta dificultad de convencer a los alemanes de la existencia de un problema: la idea de una “decadencia de Occidente” tiene en Alemania mala fama. Nadie lee hoy ya a Oswald Spengler por eso debo empezar con una aclaración: ni soy Oswald Spengler ni la argumentación de mi libro guarda semejanza con la exposición de Spengler en su libro La decadencia de Occidente.
Mi argumentación tiene que ver con el cambio económico radical, así como con las bases intelectuales e institucionales de este cambio. Se diferencia, con otras palabras, nítidamente de la tesis de Spengler de que la historia de la humanidad transcurre de un modo similar al orden de sucesión de las estaciones del año y Occidente experimentaría actualmente su invierno. La historia no sigue un orden como el de las estaciones. De hecho, ni siquiera transcurre cíclicamente.

Permítanme intentar convencerles de que en Occidente en efecto tenemos un problema. Miremos atrás exactamente cien años. Entonces, Alemania era, después de EE.UU., la segunda potencia industrial del mundo occidental. Había superado a Gran Bretaña. En Alemania vivía alrededor del cuatro por ciento de la humanidad; a la economía alemana le correspondía casi el nueve por ciento del total de la economía mundial.
Hoy la población alemana constituye apenas algo más del uno por ciento del población mundial –y a pesar de los éxitos de la economía alemana, el producto interior bruto de Alemania suma sólo el 3,8 por ciento de la economía mundial. Las Naciones Unidas prevén que en el año 2050 sólo el 0,8 por ciento de la población mundial será alemana. Nadie sabe qué parte de la economía mundial será entonces alemana. Pero yo apostaría a que ascenderá a menos del 3,8 por ciento.
El relativo declive del significado demográfico y económico de Alemania es parte de un proceso mucho mayor. Consideremos ahora el significado económico de Occidente –lo que por simplicidad se define como Norteamérica y la Unión Europea. El año 1989, aquel annus mirabilis, pareció como si Occidente hubiera triunfado. Entonces recaía en estas economías en conjunto el 56 por ciento del rendimiento económico mundial –en 2017, según el FMI se habrá reducido esta contribución al 37 por ciento. La promesa de 1989, tal como la expresó Francis Fukuyama en su celebre ensayo El fin de la historia, no se ha cumplido. Hace 23 años, Fukuyama anunció el triunfo del modelo occidental de democracia, economía de mercado y capitalismo. En lugar de eso, en tanto no sobrevenga un cambio dramático de las actuales tendencias económicas mundiales, en cuatro años la República Popular China superará a los EE.UU. como mayor economía del mundo.
¿Qué ha pasado? Si queremos entender cómo, en contra de todas las expectativas, la economía asiática pudo llegar a adelantar a los EE.UU., tenemos que considerar la evolución en una perspectiva histórica. Mi interpretación reza que tenemos el dudoso privilegio de vivir el fin de quinientos años de hegemonía occidental. Desde hace 500 años, empezando alrededor del año 1500, la historia del mundo fue en lo esencial la historia de la hegemonía occidental. Si antes del año 1500 hubiéramos emprendido un viaje por el mundo, no habríamos percibido ninguna diferencia llamativa entre el nivel de vida de China y Europa occidental. Las mayores ciudades del mundo no estaban en Occidente, sino en Asia. Nankín era por entonces como mínimo diez veces mayor que Londres. Un viajero chino se habría sentido decepcionado por Londres. Las repulsivas condiciones sanitarias allí lo habrían disgustado. Y el viajero chino también habría considerado mezquina la arquitectura londinense.
Desde esa época hasta el año 1878, la historial universal fue en lo esencial la historia de un desarrollo divergente en el que –Occidente adelantaba al resto del mundo. Para poner un ejemplo: en el año 1978 era el británico medio catorce veces más rico que el chino medio. Más importante que el dinero es, por supuesto, la vida: la esperanza de vida se duplicó como consecuencia de los progresos médicos de los que se benefició exclusivamente Occidente. Igual desde la perspectiva de la política del poder estableció Occidente una hegemonía sorprendente. En el punto álgido de su poder, es decir, en los días previos a la Primera Guerra Mundial, once imperios occidentales controlaban el 50 por ciento de toda la superficie de la tierra, una parte equivalente de la población mundial y el 74 por ciento de la producción económica mundial. La herencia de esta hegemonía occidental se deja notar hasta hoy: ese 19 por ciento de la población que defino como occidental dispone de más de 66 por ciento –dos tercios– de la riqueza global. ¿Cómo pudo suceder? ¿Por qué Occidente se enriqueció mucho que los chinos? ¿Por qué la esperanza de vida en Occidente llegó a ser más elevada que en ningún otro lugar? A los estudiantes de la ciencia de la historia de las Universidades alemanes se les ha enseñado, sin duda, a explicarlo todo con la categoría del “imperialismo”. Pero esta explicación es manifiestamente falsa. ¿Por qué? Porque el factor imperial era de los menos originales entre los que poseyó Occidente desde el año 1500. Todos eran poderes imperiales. Los chinos, los mongoles, los aztecas. El mundo en el año 1500 era un mundo de imperios. Lo interesante respecto a Europa era que los imperios allí eran extraordinariamente débiles. El Imperio otomano era de lejos más poderoso que el Sacro Imperio Romano.
Igual de infructuoso me parece el intento de explicar los cambios con argumentos geográficos. Al fin y al cabo, la geografía el mundo no ha cambiado. Lo mismo vale para el cristianismo. No dudo de que el cristianismo manifestara muchas propiedades asombrosas; pero no es apropiado para explicar el extraordinario ascenso de Occidente.
La explicación que me gustaría ofrecer en su lugar, es una explicación de índole institucional. Lo que explica el desarrollo divergente entre Occidente y el resto del mundo después de 1500, así reza mi tesis, fueron determinadas ideas, pero ante todo las instituciones que impulsaron estas ideas. Deseo exponer brevemente por qué pienso que las instituciones son más importantes que la geografía o la religión o la cultura o cualquier otra cosa. A mediados del siglo XX hemos decidido llevar a cabo un experimento. Un experimento en que todos ustedes toman parte. Como objeto de estudio se tomó a los alemanes y se los dividió en dos grupos. A uno de esos grupos se le asignó instituciones socialistas, las instituciones socialistas realmente existentes. El otro grupo recibió instituciones capitalistas respectivamente socialdemócratas y cristianodemócratas. El mismo experimento se llevó a cabo con los coreanos. Los resultados fueron inequívocamente satisfactorios: en un período de tiempo sorprendentemente breve, la Alemania Occidental y la Alemania Oriente, o en su caso Corea del Norte y del Sur, se desarrollaron de una modo dramáticamente divergente.
Las instituciones en definitiva son lo decisivo, se cambian las estructuras de incentivos – y sorprendentemente rápido cambia también el comportamiento de las personas.
Afirmo que existió una determinada combinación de ideas e instituciones que unidas explican el gran desarrollo divergente entre Occidente y el resto del mundo. Denomino a estos factores “aplicaciones asesinas”, o más brevemente, “Killer-Apps”. La analogía no está en absoluto fuera de lugar. Si ustedes miran a su smartphone, verán allí símbolos que son simples e iluminadores. Si tocan uno de esos símbolos, pasa algo. Ustedes desconocen el complicado código computacional que está detrás del símbolo. Saben sólo que la cosa funciona. De modo similar, los seis conceptos que expondré a continuación parecen sencillos. Pero hay que entender que detrás de estos conceptos se oculta una pluralidad de códigos institucionales e intelectuales complicados.
Empecemos con el factor competencia. Hoy consideramos la competencia como algo evidente. Pero en el año 1500, competir no se entendía en la vida económica y política de ninguna manera como una aspiración legítima. De hecho, desde la perspectiva asiática se consideraba algo insólito que en un país como Inglaterra existiera una notable división del poder. Ya desde el siglo XII, la City de Londres era una corporación que se autogobernaba. En Asia no había nada comparable a la City de Londres o a la ciudades estado autogestionadas de Alemania. Más bien, las estructuras políticas en Asia eran monopolistas.
La competencia es, por tanto, la primera de las aplicaciones asesinas de Occidente. El principio de la sociedad de capital como una unidad viva, que puede estar activa a lo largo de diferentes generaciones, fue asimismo un innovación europea. En el mundo no occidental no existió ningún equivalente.
Mi segunda aplicación asesina fue la revolución científica. Sin la revolución científica del siglo XVII, seguramente, Occidente no habría dominado al resto del mundo. Consideremos sólo la carrera profesional de Benjamin Robins, uno de los grandes físicos de su tiempo y autor del libro publicado en 1742 Nuevos principios de armamentística. El título ilustra magníficamente como el poder surgía de la ciencia. Robins aplicó la física newtoniana a la balística. Apenas hecho esto los cañones occidentales ganaron precisión —una auténtica aplicación asesina. Ningún intelectual no occidental estaba en situación de alcanzar un conocimiento como el de Robins o tan siquiera imitarlo. Aproximadamente en la misma época, un intelectual otomano llamado Ibrahim Müteferrika escribió un libro, en el que intentaba explicar al sultán como conseguir que el ejército otomano consiguiera de manera inmediata éxitos permanentes. Con razón, Müteferrika apunta a que la razón esencial para la superioridad del Occidente cristiano radica en sus leyes e instituciones: mientras el Imperio otomano está sometido a la sharia, las leyes y normas europeas “surgen de la razón”.
Mi tercera aplicación asesina es el Estado de derecho. La idea de que el Estado de derecho basado en la propiedad privada debería ser el fundamento del orden social y político, fue reconocida por los europeos a lo largo de los siglos XVI y XVII. Se volvieron así posibles cosas sorprendentes, no sólo el desarrollo vertiginoso de las colonias norteamericanas, cuyos derechos de propiedad estaban garantizados. El derecho de propiedad privada fue decisivo para el desarrollo económico occidental.
A lo largo del siglo XIX y principios del XX, la medicina moderna —mi cuarta aplicación asesina— elevó en el mundo occidental la esperanza de vida del ser humano. Al igual que la revolución científica del siglo XVII se trataba de un fenómeno exclusivamente occidental. También la sociedad de consumo —la aplicación asesina número cinco— surgió primero en Occidente. En Oriente solo consumían las élites adineradas. Los demás poseían una sola prenda de vestir, algunos no más que un sudario.
Mi sexta y última aplicación asesina es la ética del trabajo. Hace algo más de cien años Max Weber publicó su gran ensayo La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Apuntaba correctamente al significado especial de la ética del trabajo, pero fue un error atribuir esa ética del trabajo sólo a los protestantes. Incluso en tiempos de Weber, la ética del trabajo de los judíos eran tan marcada como la de los no judíos. Pero la observación de Weber era de hecho exacta: en Occidente las personas trabajan más duro, más intensamente, más eficientemente y durante más tiempo que los demás.
Ahora llegamos al punto decisivo de la cuestión. ¿Qué está pasando hoy en día con estas aplicaciones asesinas? ¿Por qué nosotros en Occidente no ejercemos aquella hegemonía que en otros tiempos poseímos? La respuesta es sencilla: los otros empezaron a descargar nuestras aplicaciones asesinas. Los primeros en entender que podían copiar las instituciones occidentales fueron los japoneses, y lo hicieron, con gran energía, ya al principio de la era Meiji. Pero sólo desde los años setenta del siglo pasado, países densamente poblados como China y la India empezaron a descargar algunas de las aplicaciones asesinas occidentales. Al mismo tiempo, parece que nosotros en Occidente empezamos a borrar nuestras mejores aplicaciones asesinas. Y este es el cambio decisivo.
Tomemos de nuevo en consideración el factor competencia. Desde 2004 la capacidad competitiva de los Estados Unidos descendió un 6 por ciento. La buena noticia dice: en Alemania aumentó alrededor de un 4 por ciento. Pero al mismo tiempo en China subió un 13 por ciento.
Miremos la aplicación asesina número 2: ciencia y tecnología. Alemania desde hace tiempo está orgullosa de su capacidad de innovación. En el año 2009 fueron reconocidas 53.903 patentes a titulares alemanes. Sin embargo, en el caso de China el número ascendió a 68.307. El año 2009 fue el primer año en el que Alemania fue superada por China en lo que respecta a la creación de nueva propiedad intelectual.
El Estado de derecho goza en Alemania, según creo, de buena salud. Peor le va en los Estados Unidos. Según el criterio del Foro Económico Mundial, la calidad de las instituciones legales en los Estados Unidos respecto a los criterios investigados es peor que en Hong Kong. En lo que se refiere a la medicina como aplicación asesina número cuatro tampoco ejercemos ya un liderazgo. La esperanza de vida en Hong Kong es mayor que los Estados Unidos. Y la esperanza de vida de los estadounidense blancos pobres tiende incluso a bajar.
En lo que respecta a la aplicación asesina número cinco, la sociedad de consumo: ¿sabían ustedes qué sólo cuatro de los 30 mayores centros comerciales del mundo están en países occidentales? Todos los demás han surgido en países en vías de desarrollo. Y finalmente sobre la ética del trabajo: los alemanes consideran que trabajan duro. Pero el alemán medio trabajo sólo 1.409 horas al año, es surcoreano medio en cambio 2.204. Por eso cuando voy de vacaciones siempre me encuentro alemanes.
La historia de la hegemonía de Occidente es la historia de un dominio institucional. Pero en el presente empezamos a debilitarnos. Nuestra aplicación asesina, ética del trabajo, se borra con el estado de bienestar; nuestra sociedad de consumo se borra a con la deuda; nuestra ventaja en el ámbito de la medina se borra con la comida basura; nuestra ventaja científica se borra con la educación basura; nuestro Estado de derecho se borra con nuestras disposiciones legales absurdas; y nuestro espíritu competitivo se borra con nuestra regulación centralizada.
En consecuencia, en Occidente nos aproximamos a lo que Adam Smith llamó stationary state —un estado en parada. Si dirijo mi mirada a Europa, preveo siglos de crecimiento débil y montañas de deuda. Pero la buena noticia dice: nosotros mismos hemos creado estas dificultades. No se encuentran en nuestro ADN, sino que son de género institucional. Por eso podemos superarlas. Pero para poder controlarlas, tenemos primero que reconocerlas. En ningún sitio del mundo parece más inapropiado decir esto que en Alemania, donde sigue existiendo la ilusión de que en el mejor de los mundos posibles todo es para bien."