03 junio 2013

El «modelo alemán» o como obstinarse en el error por Pierre Rimbert (Le Monde diplomatique)

Le « modèle allemand » ou comment s’obstiner dans l’erreur 
por Pierre Rimbert (Le Monde diplomatique
El «modelo alemán» o como obstinarse en el error
«No es raro que un personaje de Tex Avery llevado por su impulso cruce el borde de un acantilado y continúe su carrera en el vacío antes de morder el polvo. Las políticas de austeridad impuestas a los países europeos por Alemania, el Banco Central Europeo, y - con un entusiasmo decreciente - el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea, ¿han llegado al punto en que el corredor comprendiendo de repente que no tiene nada bajo los pies lanza una mirada de sorpresa antes de caer?
No todavía.
Desde luego que Italia, España, Grecia, Portugal, Hungría, la República Checa sometidos a la obligación de los recortes en los servicios públicos y el gasto del Estado se hunden en la recesión. Incluso los Países Bajos y Finlandia, los aliados tradicionales de Alemania en términos de rigor, han experimentado un descenso en 2012, mientras que Francia y el Reino Unido se estancaron. Sólo Polonia el año pasado mostró un mayor crecimiento... 1%.
Desde luego que la zona euro pasada por el aro de la austeridad burocrática tenía a finales de abril 19,2 millones de desempleados (el 12,1% de la población activa, según Eurostat), un récord que, sin embargo, no dice nada del dramático deterioro de las condiciones de vida del pueblo griego.
Desde luego que un economista en jefe del FMI reconoció en enero que su institución había subestimado seriamente el daño causado por el imperativo de la austeridad fiscal: allí donde el modelo predecía que una reducción de 1 euro de gasto público disminuiría 0,5 euros la riqueza producida, el análisis empírico muestra que la contracción sería de dos a cinco veces mayor.
Desde luego, en fin, que la tesis de los ilustres economistas de la Universidad de Harvard, Carmen Reinhart y Kenneth Rogoff, según la cual más del 90% de la deuda debilita el crecimiento del PIB, fue hecha trizas por un estudiante en la Universidad de Massachusetts, quien se divirtió rehaciendo los cálculos: los autores citados como profetas de los partidarios de la austeridad - el comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Olli Rehn, el antiguo director del Banco central Europeo, Jean-Claude Tichet - habían descartado los datos contradictorios y construido su modelo a partir de una hoja de cálculo afectada por un error de fórmula.
A un burro no le haría falta tanto para dar media vuelta.

Pero al igual que los personajes de Tex Avery, banqueros centrales, economistas ortodoxos y los líderes políticos ignoran los hechos y galopan, al menos por el momento,  sobre un éter de fe.
Su credo del día se llama "modelo alemán", expresión sintética de la teoría económica defendida por las élites europeas que combina austeridad fiscal (reducción del déficit público y deuda pública), austeridad monetaria (moneda fuerte, lucha contra inflación) y austeridad salarial.
Este último componente, aplicado por el socialdemócrata Gerhard Schröder en 2000 y sistematizado después por la propia derecha alemana se basa en dos principios. En primer lugar,  "activación" coercitiva de los parados por el cepillado de los beneficios sociales y la obligación de aceptar empleos de baja remuneración (los  "mini-jobs"). En segundo lugar, la creación de un mercado de trabajo flexible y precario destinado a dar cabida a los nuevos trabajadores de servicios en un país desprovisto de un salario mínimo; acuerdos sindicales sectoriales asociando el mantenimiento del salario en la industria con el rigor salarial y la organización del tiempo de trabajo con la conveniencia del empresario. Así este aparato productivo vuelto "competitivo" gracias a los menores "costos laborales" e impulsado por un fiscalidad acomodaticia se vuelca hacia la exportación y la conquista de los mercados emergentes.     
Sobre el papel, este "modelo" seduce. No sólo Alemania tiene una tasa oficial de desempleo muy inferior a la de sus vecinos del Oeste y el Sur (6,9% en abril), un superávit comercial, sino que la canciller Angela Merkel tiene una popularidad intacta después de más de siete años en el poder. La inflexibilidad de Merkel en la escena europea tranquiliza efectivamente a una población reacia a ver el producto de sus sacrificios asignados al plan de rescate de los países del Sur, presentados por la prensa alemana como lugar de vacaciones para empresarios indolentes que han quebrado. 
Pero el lado oscuro del "consenso de Berlín" podría poner en peligro la expansión sostenible de esta política a todos los países de la zona euro. El paraíso de la pequeña y mediana industria es también el de la precariedad, donde cuatro de cada diez trabajadores se les paga menos de 1.000 euros al mes. Donde el imaginario social y las prácticas salariales confinan aún a las mujeres a las tareas domésticas, adornadas con un "poco de trabajo" a tiempo parcial; con salarios de menos del 23 que los hombres, representan la mayor parte de los tres millones de personas que ganan menos de 6 euros por hora. Donde el envejecimiento explica una gran parte de la disminución del desempleo - "entre 2000 y 2012, dice el periodista financiero Guillaume Duval, los jóvenes entre 15 y 64 años en la población alemana se redujo en 1,7 millones de personas cuando aumentó 2,8 millones en Francia." Incluso el tótem del éxito económico, el crecimiento no llega a los niveles específicos para deleitar a los inversores. Negativo en el cuarto trimestre de 2012, se estima por los previsionistas de Berlín de 0,5% en 2013. 
Toda creencia tiene su Iglesia, sus obispos, sus cardenales. Y su Inquisición, ahora instalada en la cabeza de los grandes editores franceses. Criticar al "modelo alemán", o simplemente informar de sus pormenores, es caer en la herejía. Basta con que un borrador del Partido Socialista manifieste, el viernes, 26 de abril,  reservas frente a la política económica defendida por Berlín para que Liberación (29 de abril) titule: "El PS derrapa",  el columnista evoca la convergencia de "populismo" de la "xenofobia" y una "dudosa germanofobia"; para que Le Figaro (abril 27-28) anuncie que el "PS declara la guerra a Alemania"; para que el editorial de Le Monde (28-29 de abril) reprenda "este pequeño juego de niños [...] muy peligroso" mezcla "demagogia" y "populismo". Y el director del Point (2 de mayo), Franz-Olivier Giesbert, mal recuperado de una condena por difamación, conjure los poderes malignos de la heterodoxia con su habitual sentido de la proporción: "Mezcle morfina, alucinógenos, pereza intelectual y tiene el texto del PS, un copiar y pegar de las travesuras involuntarias que se pueden leer en Le Monde diplomatique o en Alternatives économiques, nuestras dos biblias del vudú aplicado a las finanzas públicas."
Si tienen el diablo en la mente, ¿habrá también que exorcizar a los lectores del Le Monde diplomatique?»