27 noviembre 2015

Una película subraya las tentaciones y peligros de la obediencia ciega a la autoridad por Glenn Greenwald (The Guardian)

Film highlights the temptations and perils of blind obedience to authority 
por Glenn Greenwald (The Guardian)
Una película subraya las tentaciones y peligros de la obediencia ciega a la autoridad 
La película independiente Compliance recuerda la idea de que los peores sucesos de la última década se explican por el fracaso a la hora de oponerse a la autoridad
«Aunque se podrían criticar algunas de sus afirmaciones, Frank Bruni escribe hoy en el New York Times una interesante e incisiva columna sobre una nueva película independiente titulada Compliance que explora el deseo humano de seguir y obedecer a la autoridad.
Basada en sucesos reales que tuvieron lugar en un McDonalds de Kentucky, la película dramatiza una llamada de teléfono de un bromista que fingiendo ser un agente de policía manipula a un supervisor para que abuse de una empleada de un modo cada vez más cruel y sádico, culminando, finalmente, en un ataque sexual. Y lo hace insistiendo en que el abuso es necesario para ayudar en una investigación policial oficial sobre un delito menor.
Este episodio particular formó parte de una serie de engaños similares y casi siempre llevados a cabo con éxito a lo largo de al menos diez años, en los cuales empleados de restaurantes fueron manipulados para obedecer órdenes retorcidas de este mismo hombre, que fingía a la otra línea del teléfono ser un agente de policía.

Bruni anota correctamente la primera de las cuestiones que se plantea: ¿De qué cosas se puede llegar a convencer a la gente y qué acatarán de una figura de autoridad con suficiente habilidad y astucia? Esta pregunta fue respondida hace cincuenta años por el famoso experimento llevado a cabo por el psicólogo Stanley Milgram, en el cual una figura de autoridad con una bata blanca indicaba a los participantes que suministraran lo que se les decía que eran descargas eléctricas progresivamente mayores a alguien en otra habitación a quien no podían ni oír ni ver. Incluso en el momento en que los gritos se volvieron ensordecedores y agonizantes, se consiguió que dos tercios de los participantes administraron las mayores descargas eléctricas.
Del modo más perturbador, incluso aunque muchos expresaran preocupación y dudas, continuaron obedeciendo a la autoridad hasta que los gritos se detuvieron. Supuestamente debido a la muerte (experimentos posteriores replicaron estos resultados). Como señaló Gregorio Billikopf de la Universidad de California, el experimento de Milgram "ilustra la reticencia de la gente a oponerse a aquellos que abusan del poder", mientras "obedecen ya sea por miedo ya sea por un deseo de aparentar ser cooperativos - incluso yendo contra sus mejores intenciones y deseos".
Bruni relaciona todo esto con nuestra actual cultura política, poniendo de manifiesto un factor significativo que impulsa este comportamiento autoritario: que confiar en la autoridad es más fácil y más conveniente que tratarla con escepticismo. Escribe:
"Como Craig Zobe, el escritor y director de 'Compliance' me dijo por teléfono el viernes, 'No podemos estar en guardia todo el tiempo. Para tener una vida feliz, tenemos que poder confiar en que la gente es quien dice ser. Y si dudas de todo lo que oyes, nunca conseguirás nada.' Es infinitamente más eficiente seguir al líder elegido y marchar hombro con hombro con la tribu elegida."
Sugiere que es esta dinámica la que impulsa la lealtad partidista irreflexiva ("Lo más distintivo de la actual elección presidencial y de nuestra cultura política [es]... el grado incondicional en que los partidarios apoyan cada orden, demanda y estratagema de su bando"), así como los numerosos fraudes políticos importantes, desde las armas de destrucción masiva de Sadam pasando por la falsificación del certificado de nacimiento de Obama hasta el incumplimiento de Romney con hacienda durantes diez años. La gente acepta gustosa tales afirmaciones faltas de evidencia "porque la alternativa significa enfrentarse directamente a la falsedad de por lo demás autoridades respetadas, cambiando la calma de la certeza por la inquietud de la duda".
Este deseo autoritario de rendir lealtad a instituciones y líderes es, por supuesto, la dinámica que reside en el centro de muchos de nuestros conflictos políticos (el libro de 2006 del psicólogo canadiense Bob Altemeyer, The Authoritarians, es un soberbio examen de como esto se manifiesta en el contexto de político de la derecha).
Uno de mis primeros posts cuando empecé a escribir sobre política en el año 2006 trataba de la veneración ciega, semejante a un culto, que la derecha estadounidense había levantado en torno a George Bush; como Paul Krugman fue uno de los primeros en observar, se trataba de la misma molesta sed de adoración al líder que guiaba a los seguidores de Barack Obama (Krugman en febrero de 2008: "la campaña de Obama parece acercarse peligrosamente a un culto a la personalidad. ¿No tuvimos ya suficiente con la administración Bush, recuerden su aparición en el portaaviones en traje de piloto de combate? ¿Queremos regresar a lo mismo?).
Siempre hay algo que añadir sobre este tema en cuento su centralidad en configurar el comportamiento individual y colectivo es más o menos universal. Pero quiero subrayar sobre todo dos puntos relacionados con varios de los temas sobre los que escribí en mi primera semana aquí, así como con la reacción suscitada:
Primero, hay muchas instituciones cuyo objetivo es salvaguardar a la gente frente a esta fácil inducción de confianza ciega y obediencia a la autoridad. Las más obvia es el periodismo, el cual, cuando cumple su función, sirve como un contrapeso contra la autoridad política al someter sus afirmaciones a escepticismo y escrutinio, y por actuar en general como una fuerza contraria. Pero hay otras instituciones que deberían desempeñar un papel similar.
Uno es la Universidad, un lugar donde el puesto permanente pretende asegurar que las ortodoxias más sagradas de la autoridad sean sometidas a un cuestionamiento irreverente e imparable. Otra es el poder judicial federal, cuyos miembros son nombrados de por vida para darles el poder, al margen de cual sea el sentimiento popular, de imponer límites a los actos de las autoridades políticas y proteger a los más marginados y menospreciados de la sociedad.
Pero es fácil observar con que frecuencia estas instituciones se ponen del lado del poder antes que contra él, con que ganas ofrecen sus instrumentos profesionales e intelectuales para justificar y glorificar los actos de la autoridad política antes que desafiarlos o subvertirlos. Ocasionalmente protestarán por pequeños desacuerdos con los actos oficiales, pero sus energías están preponderantemente dedicadas a fortalecer la legitimidad de la autoridad institucional y, en correspondencia, a menospreciar a quienes fueron marginados o perjudicados por ésta.
Su instinto colectivo es siempre alinearse con el sentimiento prevaleciente en los círculos de la élite del poder.  A la mayoría de los moradores de estos reinos les sería muy difícil poner algún ejemplo de qué causa o persona defendieron que fuera impopular en estos círculos. Así, juzgan su propia rectitud en función de las veces en que se ponen del lado de las instituciones de la élite y de su cercanía con las ortodoxias que prevalecen en ellas, antes que por las veces que las desafían o se les oponen.
Más que ninguna otra cosa, es este fallo institucional lo que explica la debacles de la pasada década. No hay virtualmente ningún contrapeso al deseo humano de seguir y obedecer a la autoridad porque las instituciones diseñadas para proveer ese contrapeso -medios, universidad, poder judicial- hacen lo opuesto: son los más fieles sirvientes de esos centros de poder.
Segundo, es fácil hacer que la gente vea la opresión y la tiranía en lugares lejanos, pero muy difícil conseguir que la vean en sus propias vidas ("Cómo te atreves a comparar mi país con la tiranía X; nosotros somos libres y ellos no"). En parte esto se explica por la forma en que el deseo configura la percepción. Uno de modo natural quiere creer que la opresión es sólo algo que ocurre en otros lugares porque uno se siente a gusto con su propia situación ("Soy libre, a diferencia de esa pobre gente en otros lugares"). Pensar de este modo también lo libera a uno de la obligación de actuar: alguien que cree que está libre de opresión no sentirá presión para asumir dificultades o riesgos a la hora de oponerse a ella.
Pero el factor más significativo es que uno puede sentirse libre incluso en medio de la más intensa opresión política simplemente poniendo su fe y su confianza en las instituciones. La gente que se considera satisfecha con el comportamiento de sus instituciones, o que al menos acepta la legitimidad de la autoridad dominante, casi nunca se ven sometidos a ninguna opresión, incluso en la peor de la tiranías.
¿Cómo podría ser de otro modo? La opresión está diseñada para forzar la obediencia y la sumisión a la autoridad. Aquellos que voluntariamente se ponen en ese estado -por creer que las instituciones son justas y buenas y deben ser seguidas antes que subvertidas- convierten la opresión en superflua, innecesaria.
Por supuesto, la gente que piensa y se comporta de esta manera no siente ninguna opresión. Esa es la recompensa por su buen y sumiso comportamiento. Como Rosa Luxemburgo lo expresó: "Aquellos que no se mueven, no notan sus cadenas".
Pero de hecho que los ciudadanos buenos y obedientes no perciban la opresión no significa que la opresión no exista. Si una sociedad es libre no se define por el trato que da a los ciudadanos complacientes y conformes -tales personas no son molestas para la autoridad- sino por el trato a los disidentes y minorías marginadas.
En los EE.UU, aquellas personas que son detenidas en aeropuertos y ven como sus portátiles y notebooks son confiscados por la policía sin mandamiento judicial a causa de las películas que ruedan o el activismo político con el que se comprometen; o que son sometidos a vigilancia estatal a pesar de no haber evidencia alguna de haber cometido algo ilícito; o aquellos que son perseguidos y encarcelados durante décadas -o incluso ejecutados sin el debido proceso- por expresar puntos de vista políticos o religiosos considerados peligrosos por el gobierno.
La tentación de someterse a la autoridad examinada en Compliance reafirma la cultura autoritaria al transformar sus instituciones más importantes en sirvientes del poder antes que en sus contrapesos. Pero peor, oculta la presencia de la opresión al asegurar que la mayoría de los ciudadanos, elijan seguir, confiar y obedecer a la autoridad, que no experimenten personalmente la opresión y además no crean -rechacen creer- que en verdad existe.»