16 octubre 2015

La falacia de la mano de obra pobre por Joseph Heath (Lucro sucio)


La falacia de la mano de obra pobre

El comercio internacional libre es una de las pocas cuestiones de política internacional que pueden convertirse en un asunto electoral fundamental. En Canadá, el intento por parte del gobierno de implementar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos e 1988 forzó, de hecho, al Gobierno a convocar elecciones generales (después de que el Senado se negara a aprobar la legislación necesaria). La campaña se dedicó casi por entero a esta cuestión. Como muchos canadienses de mi edad, voté contra el Gobierno. Lo hice porque estaba convencido de que el acuerdo de libre comercio sería un desastre para el país. Y la razón por la que estaba convencido de esto tenía mucho que ver con el hecho de que no sabía nada de economía. En esto, estaba en buena compañía. Efectivamente, la mayoría de la intelectualidad de izquierdas de Canadá (especialmente escritores y artistas) se manifestaron abiertamente contra el acuerdo de libre comercio, y en el camino demostraron una escandalosa falta de conocimiento económico. Escudriñando en esos documentos a posteriori, se puede decir con seguridad que prácticamente nadie de la gente de izquierdas del país sabía nada sobre comercio internacional.

Resultó que todos estábamos completamente equivocados respecto a los efectos del libre comercio. (Es necesario tener la honestidad intelectual de ver cuántos están dispuestos a admitirlo, dos décadas después. Desde luego, para mí es fácil decirlo, dado que entonces sólo era un estudiante universitario). ¿Quién iba a pensar que Ontario pronto eclipsaría a Michigan como el mayor centro de fabricación de automóviles en Norteamérica? (¿Y quién iba a pensar que el sistema de sanidad universal de Canadá, una cara red de seguridad del Gobierno, sería una variable crucial en la decisión de los fabricante japoneses para ubicar sus operaciones en Ontario en lugar de en Detroit?), ¿Quién se iba a imaginar que habría protestas por parte de los trabajadores de la industria del cine en las calles de Hollywood, quejándose por la masiva reubicación de la producción de cine y televisión en Toronto y Vancouver? (¿Y quién se iba a imaginar que lo mundos alienígenas de los programas de ciencia ficción, que tradicionalmente habían mantenido un sospechoso parecido con el sur de California, pronto comenzarían a parecerse a los bosques tropicales de Columbia Británica?).
La gente argüía todo tipo de razones para objetar al acuerdo de libre comercio. Uno de los argumentos que manifestaban repetidamente era una versión de la llamada falacia de la mano de obra pobre. John Ralston Saul dio un bonito ejemplo de esto ya en 1988: «Ningún país europeo podría salir victorioso en una competencia abierta con Corea o Tailandia, que mantienen condiciones laborales del siglo XIX. Los países de la Comunidad Económica Europea, por tanto, limitan esa competencia a su definición de la palabra a través del uso de regulaciones, que incluyen aranceles». La sugerencia era que Canadá estaría loca si abriese sus puertas a la competencia con países donde el coste de hacer negocios era menor a todos los niveles. Para «competir» de forma eficaz, un país debe tener costes de producción que sean, al menos en algunos casos, absolutamente menores, y, por tanto, una nación rica posiblemente no puede beneficiarse del comercio con una nación de «pobres».
A este seductor, aunque equivocado, argumento se le dio más cancha cuando la zona de libre comercio se extendió a México, y Ross Perot hizo su famosa observación acerca de «un succionador gigante» que venía de la frontera del sur de Estados Unidos. La idea básica en ambos casos era bastante simple. Inicialmente se pensaba: ¿Cómo puede competir Canadá con Carolina del Sur, que tiene salarios bajos y un nivel casi inexistente de sindicalización? Ahora la idea pasó a ser: ¿Cómo puede Canadá (y Estados Unidos) competir con México, donde a los trabajadores se les paga centavos en vez de dólares?
En el fondo, subyace la siguiente idea: imaginemos dos panaderías, a uno y otro lado de la calle. Una de ellas está en el lado rico de calle, por lo que paga a sus trabajadores 10 dólares por hora. La otra está en el lado pobre de la calle, y paga a sus trabajadores un dólar por hora. Todos los otros gastos son los mismos, y ambas panaderías tienen acceso al mismo equipamiento y tecnología. A los trabajadores no se les permite cruzar la calle, pero los clientes lo hacen. De modo que ¿cómo puede la panadería del «lado rico» competir con la panadería del «lado pobre»? Parece obvio que no puede, todo lo que venda le va a costar más. Por tanto, la panadería del lado rico tendrá que bajar los salarios o coger los bártulos y marcharse al lado pobre.
A algunas personas este tipo de argumento les parece tan convincente que creen que refuta de forma definitiva las bondades del comercio internacional (o, al menos, consideran que prueba que la globalización sirve a los intereses de los propietarios de panaderías, no a los trabajadores de las panaderías). De hecho, es un ejemplo de falacia de la mano de obra pobre. El problema es que se basa en una falsa analogía entre empresas y países. Las empresas normalmente compiten unas con otras para hacer negocios con un tercer grupo, a saber, sus clientes. Pero en el caso del comercio internacional, no hay un tercer grupo, y ningún cliente externo. Los países negocian unos con otros. Desde luego, las empresas canadienses compiten con empresas de México para vender a terceros, pero eso no tiene nada que ver con el tema del libre comercio. Poner aranceles a los productos mexicanos no hace que los productos canadienses resulten más atractivos a la gente de otros países. Lo que las barreras comerciales hacen es poner más dificultades para que la gente de Canadá comercie con la gente de México, y la pregunta es si se gana algo con esa política.
Para que el escenario de la panadería resulte análogo, habría que imaginarse un acuerdo bajo el cual las panaderías pudiesen negociar la una con la otra. Por ejemplo, suponga que a los clientes de ambos lados de la calle se les dan vales con los que ir a comprar, que son canjeables sólo por productos de la panadería de su propio lado de la calle. Los clientes del lado rico de la calle pueden rondar la panadería del lado pobre y probar a entrar a comprar algo, pero la única cosa que pueden ofrecer como forma de pago son los vales para la panadería del lado rico. La pregunta es: si usted es dueño de la panadería del lado pobre, ¿por qué aceptaría como forma de pago vales del lado rico? ¿De qué sirven, si el único lugar donde usted puede canjeados por algo útil es en la otra panadería? Y dado que la panadería del lado rico paga a sus trabajadores diez veces más de lo que usted paga, ¿no sería mejor que usted mismo lo hiciera todo, en vez de comprado en el lado rico? Para decir lo mismo en término algo diferentes, aceptando los vales del lado rico, que intrínsecamente no tienen valor, como pago por sus productos, la panadería del lado pobre en esencia se está comprometiendo a comprar algo a la panadería del lado rico. ¿Cómo podría beneficiarles eso? ¿No habíamos dicho que la panadería del lado rico «era poco competitiva en todo»?
Aquí se puede ver el error en el argumento, y una oportunidad para ensayar la idea, ahora algo pasada de moda, de David Ricardo, sobre la ventaja comparativa. Suponga que los trabajadores de la panadería del lado rico están especialmente cualificados para hacer panecillos, mientras que los trabajadores del lado pobre son mucho mejores elaborando productos de pastelería. Esto significa que el coste relativo de un panecillo, comparado con el de una tarta, será diferente a uno y otro lado de la calle (la magnitud absoluta de esos dos precios no se puede comparar, pues cada uno está denominado en términos del vale «local»). Por concretar, suponga que las tartas del lado pobre cuestan la mitad que los panecillos, en tanto que las tartas del lado rico cuestan dos veces más. Esto significa que la panadería del lado pobre podría aumentar sus ganancias haciendo unas cuantas tartas más, vendiéndolas a los clientes del lado rico, y luego utilizando los vales acumulados para comprar los panecillos que vende a sus clientes del lado pobre. Si fueran capaces de conseguir un panecillo de esa forma por cada tarta que vendieran, entonces podrían reducir a la mitad el tiempo que tardan en tener los panecillos que necesitan para sus clientes.
Otra forma de verlo es la siguiente. La panadería del lado pobre tiene dos modos de hacer panecillos. Uno es hacerlos en la propia panadería. El otro es hacer tartas, venderlas a la gente del lado rico, y luego cruzar la calle y comprar los panecillos con los ingresos. Si el segundo modo es mejor que el primero o no lo es, dependerá por completo de lo bien que la gente del lado pobre haga panecillos y tartas, comparado con los del lado rico. Por tanto, los beneficios del comerci0 se deben a las ventajas comparativas de las partes que comercian, no a ningún tipo de ventaja competitiva. El hecho de que el salario sea mayor en el lado rico de la calle es completamente irrelevante.
Por supuesto, los clientes del lado pobre podrían enterarse de esto, y en lugar de comprar sus panecillos en su propio lado, podrían cruzar a la panadería del lado rico e intentar comprarlos directamente. La panadería del lado rico estará encantada de aceptar sus vales, porque pueden usarlos para cruzar la calle y comprar tartas. El intercambio es necesariamente reversible, porque ambas partes tienen que beneficiarse para que merezca la pena. Por tanto, a las dos panaderías les interesa intercambiar con la otra: pueden ofrecer la misma gama de productos a sus clientes y a un coste menor por el comercio, a pesar de las disparidades en sus salarios o en los costes de producción globales.
La introducción de «vales» en el ejemplo anterior no es accidental. Casi toda la confusión sobre comercio internacional surge porque el dinero que enturbia la naturaleza de las transacciones subyacentes. Para ver cómo puede ocurrir esto, consideremos el siguiente escenario. Supongamos que las dos panaderías están cansadas de manejar dos tipos de vales, sin mencionar las idas y venidas todo el tiempo cruzando la calle, de modo que la panadería del lado pobre decide dejar de aceptar los vales del lado rico y dejar de hacer panecillos, en tanto que la panadería del lado rico deja de aceptar los vales del lado pobre y dejar de hacer tartas. Desde este momento, cualquiera del lado rico que quisiera tartas tendrá que comprar a alguien vales del lado pobre, para usarlos en la panadería del lado pobre. La forma de hacerlo, desde luego, será encontrar a alguien del lado pobre que quiera comprar panecillos, y luego intercambiar los vales. Por tanto, habrá un cambio de divisas, con un tipo de cambio que refleje el ratio de la productividad panecillo-a-tarta en los dos lados de la calle. Las personas comprarán vales unas a otras, y luego irán a la panadería que esté especializada en el producto que cada uno quiere comprar.
¿Cuál es la diferencia entre este escenario y el anterior? En el primer caso, las panaderías están intercambiando tartas y panecillos la una con la otra. En el segundo caso, los consumidores están intercambiando vales los unos con los otros. Pero la última situación es potencialmente engañosa, pues los vales no tienen ningún valor intrínseco; simplemente son un sustituto de los bienes que se pueden comprar con ellos. Lo que realmente está ocurriendo en el segundo caso es lo mismo que en el primero: se están intercambiando tartas por panecillos. La ilusión monetaria amenaza con ocultar ese hecho. La transacción económica subyacente es la misma tanto si las dos panaderías comercian con productos como si los clientes comercian con vales.
Es importante recordar esto en el caso del comercio internacional porque las monedas nacionales son como vales. Los euros, como tales, sólo se pueden utilizar en la zona euro, y por tanto representan vales para productos europeos. Tener divisas es, en ese sentido, como pedir que te devuelvan el dinero y que te den un vale para la tienda, o un cheque regalo en Navidad. Recuerdo que en muchas ocasiones he estado deambulando por los pasillos de una ferretería o de un almacén de ropa con un cheque regalo que en realidad no quería, intentando encontrar algo, cualquier cosa, que pudiera servirme. La experiencia no es en absoluto diferente de la de estar buscando en una tienda de regalos, en un aeropuerto internacional, intentando deshacerse de moneda extranjera antes de coger el avión para volver a casa.
Resulta tentador pensar que cuando importamos productos del extranjero pagamos por ellos con dinero, igual que cuando compramos en la tienda de la esquina. Pero es importante recordar que nuestro dinero no tiene valor, como tal, para los extranjeros. No pueden utilizarlo para pagar el alquiler, por ejemplo, como lo podría hacer el propietario de la tienda de la esquina. Sólo les es útil si pueden canjearlo por algo que quieren en este lado de la frontera (o intercambiarlo con otra persona que sí quiera canjearlo en este lado de la frontera). Cuando importamos bienes por un valor de un millón de dólares desde China, la mejor manera de pensar en la transacción es imaginarse a un grupo de chinos en ese momento paseando por el país y pensando: «Caramba, ¿hay algo aquí que yo quiera? ¿Sirope de chocolate? ¿Trigo?», como un comprador vagando por el almacén de una ferretería con un cheque regalo pensando: «¿Necesito una sierra?».
Desde luego eso no es realista, porque es probable que algunos chinos hayan hecho sus compras por adelantado, eligiendo los artículos que quieren antes de vendernos sus productos. Porque aquí está el punto clave: si no hay nada a este lado de la frontera que le interese a algún chino, entonces no aceptarán nuestro dinero como forma de pago. No podremos importar nada de ellos, porque no tendremos nada de valor que podamos usar para pagarles. (De modo que si fuera posible un escenario «poco competitivo en todo», no se manifestaría en forma de déficit comercial. Si nadie quisiera compramos nada, tampoco nadie estaría dispuesto a vendernos, porque no podríamos pagarles) .
Joseph Heath, Lucro sucio, págs. 115-121.