02 diciembre 2015

Lo que los genes no explican por Oliver James (New Statesman)

The genes don’t fit
por Oliver James (New Statesman)

Los genes no encajan
La pereza nos lleva a asumir que nuestra salud y felicidad son moldeadas más por la herencia genética que por la manera en que organizamos nuestras sociedades. El determinismo científico no es el camino para el progreso humano.
"A lo largo de las tres últimas décadas, nuestras elites gobernantes se han visto infectadas por un rastrero geneticismo. Ya nos refiramos a George Osborne o su inmediato predecesor, Alistair Darling – lo más probable es que de un modo más o menos consciente suscriban alguna forma del Darwinismo social de Herbert Spencer, cuando se trata de explicar las diferencias entre las clases (y, aunque nadie se atreve a decirlo expresamente, entre las razas y los géneros), o bien suscriban el determinismo genético del divulgador científico estadounidense Steven Pinker.

«En parte eliminando a los menos desarrollados», escribió Spencer en 1865, «en parte sometiendo a la eterna disciplina de la experiencia a los que sobreviven, la naturaleza asegura el crecimiento de una raza que aceptará las condiciones de la existencia y actuará de acuerdo con ellas... ¿qué puede haber más absurdo que pretender mejorar la vida social violando la ley fundamental de la vida social?»
Ampliamente celebrado en los Estados Unidos en una época en la que la brecha entre ricos y pobres era tres veces más profunda que hoy, Spencer era citado frecuentemente para justificar el statu quo. «El crecimiento de una clase empresarial es sólo la supervivencia de los más aptos», dijo en su día John D. Rockefeller. «No se trata de una tendencia maléfica en el mundo de los negocios. Es sólo el funcionamiento de la ley de la naturaleza y la ley de Dios».
Uno de las más divertidas ironías de crisis del crédito fue descubrir que el presidente de Nothern Rock no era otro que Mark Ridley, periodista científico y Darwinista social. «¿Está seguro?», dirán muchos, ¿seguro que no se trata del mismo autor de esas historias tan amenas sobre cómo nuestra sicología fue modelada mediante procesos de adaptación que tuvieron lugar hace millones de años? Pero sí, es el mismo Ridley que defiende que la supervivencia de los más aptos nos enseña, y esto se aplica especialmente en cuestiones de negocios y gobierno, que hay que permitir que la debilidad sea eliminada; o de otro modo será el sistema quien sufrirá las consecuencias a largo plazo. Fue él quien estableció que «cuanto más limitemos el crecimiento del gobierno, tanto mejor viviremos todos nosotros». Lo digo en serio: eso fue escrito por el presidente de Nothern Rock el mismo banco que tuvo que ser rescatado, el primero, con el dinero de los contribuyentes.
Pero primero habría que preguntar ¿que hacía un periodista que escribe sobre ciencia de presidente de un banco? ¿Tenía algo que ver con el triunfo del Darwinismo social? Bueno, en realidad resultó que era presidente porque su papá había sido presidente antes que él durante cinco años. Era un negocio de la familia. Es preciso decir que el Darwinismo social no se incrusta profundamente en el pensamiento de nuestras elites hasta la épocas de Thatcher-Blair. Es un hecho curioso, que hasta donde yo sé, El Gen egoísta (libro escrito por el amigo de Ridley Richard Dawkins) no se convirtió en un bestseller hasta los años ochenta, aunque fue publicado por primera vez en 1976.
Se aceptó durante muchos años en la derecha que los genes explican por qué los ricos son ricos y tienen buena salud, y es más probable que los pobres sean malos, locos y tiendan a empobrecerse cada vez más. Sin embargo, la pregunta clave que se hacen los genetistas moleculares hoy es: ¿por qué los hermanos son tan diferentes unos de otros a pesar de que tuvieron los mismos padres biológicos? Son muchos los que hoy defienden una respuesta neutra del tipo «ambas cosas influyen un poco» — para decir que influye tanto la naturaleza como la educación. No obstante, la evidencia que presenté hace ya ocho años en mi libro They F*** You Up, mostraba que incluso si aceptamos la validez de los estudios con gemelos idénticos (lo cual yo no hago), sobre los cuales se basan todos los estudios sobre el papel de los genes, no hay apoyo para esta idea de que naturaleza y educación tienen una influencia más o menos parecida. En realidad, en los que respecta a los rasgos más comunes, tales como sociabilidad, memoria, creatividad, la herencia genética explica alrededor de una cuarta parte.
En cuanto llegaron los primeros descubrimientos del Proyecto Genoma Humano, en 2001. El mapa de todos los genes humanos hizo posible que los genetistas moleculares identificaran cómo constelaciones específicas pueden diferir entre individuos. Si, por ejemplo, fuera el caso que la esquizofrenia o la depresión tuvieran diferentes pautas genéticas, explicarían la enfermedad. Para espanto de los genetistas, Craig Venter, codirector del proyecto y creador del J. Craig Venter Institute, reveló que los seres humanos poseían sólo alrededor de 25000 genes. Esto demostraba, por extensión, que los genes no podían determinar completamente las diferencias psicológicas entre los individuos. «Nuestros entornos son de importancia fundamental», concluyó Venter.
Aunque inicialmente los descubrimientos de Venter fueron puestos en duda, a lo largo de la última década fracasaron una y otra vez los miles de estudios, en la que se gastaron millones de libras intentando identificar genes que determinaran nuestra sicología. Los investigadores más importantes ahora aceptan que es extremadamente improbable que haya genes singulares responsables de las enfermedades mentales más graves como, por ejemplo, la esquizofrenia. (Después de décadas de oír a esa gente que habría un «gen responsable de» casi cualquier cosa, admito tener un sentimiento de suficiencia). Su posición ahora pasa por afirmar que lo que importa es la interacción de muchos genes diferentes. Pero eso es algo que todavía esta por ver, y ahora aparecen los primeros síntomas de que los genetistas pueden llegar a admitir su derrota.
Un editorial reciente en el Journal of Child Psychology and Psychiatry se titulaba: «¡Es el entorno, estúpido!». El autor, Edmund Sonuga-Barke, apuntaba que «la ciencia seria está ahora más que nunca enfocada sobre el poder del entorno — y sólo los más obstinados de los deterministas genéticos siguen defendiendo la primacía de los factores genéticos».
Según Sonuga-Barke, en el ámbito que el estudia, el trastorno de falta de atención por hiperactividad, «incluso las exploraciones genéticas más amplias disponibles, con miles de pacientes usando cientos de miles de marcadores genéticos, aparecen como responsables de una relativamente pequeña proporción de casos». Dicho más sencillamente, los genes pueden explicar a duras penas por qué los niños tienen TFAH y no otros.
Otra posibilidad a la que se recurre es afirmar que nuestros genes crean vulnerabilidades que pueden llegar a expresarse o no dependiendo del entorno. Pero está posición también fue socavada en junio de 2009. Los estudio de Avshalom Caspi en Nueva Zelanda mostraron que era más probable que la gente con un gen específico llegara a padecer un depresión si eran maltratados de niños; la variante creaba una vulnerabilidad. Esto fue totalmente refutado. Publicado en el Journal of the American Medical Association, un meta-análisis de un equipo de diez científicos dirigidos por Neil Risch, de 14250 personas en total cuyo ADN fue mapeado en 14 estudios separados, mostraba que los que tenían la variante no corrían un riesgo mayor que los que no la tenían. Ni siquiera era más probable que sufrieran depresión en casos donde se combinaba maltrato con la variante.
A un nivel más amplio, se acumula la evidencia de son los factores sociales no los genes lo que explica por qué algunos grupos sufren más de depresión que otros. En naciones desarrolladas se constató que es dos veces más probable que las mujeres y la gente con ingresos bajos sufra de depresión que los hombres y los ricos. Sin embargo, cuando se estudia su ADN, ni en las mujeres ni en los pobres se encuentra una mayor probabilidad de tener la variante. A nivel mundial, la depresión es menos habitual en los países asiáticos. Sin embargo, un estudio en 29 países encontró la variante era más común allí (en China, Japón, Corea). El grado en el cual una sociedad era más colectivista que individualista explicaba en parte la depresión, no los genes, de cuerdo a Joan Chiao (et al) en Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences.
Hay razones de peso, como escribí en mi libro The Selfish Capitalist, para suponer que la economía de libre mercado (lo que llamo capitalismo egoísta) es una de las causas principales de que se produzcan altos niveles de enfermedades mentales. Usando datos del estudio de la Organización Mundial de la Salud (2004), encontré que la preponderancia de las enfermedades mentales es dos veces mayor en Nueva Zelanda y los Estados Unidos que en seis naciones europeas con un capitalismo relativamente menos egoísta (Bélgica, Francia, Alemania, Italia, Holanda y España). Si incluyéramos otros estudios para Australia, Canadá y Gran Bretaña, el nivel de enfermedades mentales para el área de habla inglesa, las naciones con capitalismo egoísta, es del 23 por ciento de la población general, frente 11.5 por ciento para los países de la Europa continental. Esto no puede tener ninguna relación con los genes.
También es importante reconocer que hay una importante variación de los niveles de las enfermedades mentales en las propias sociedades a lo largo del tiempo. Dependiendo de los estudios en los que te bases, una mujer estadounidense puede tener hasta un 25 por ciento más de probabilidades de sufrir una depresión de las que habría tenido su abuela en 1980. Hay también evidencias claras de que la preponderancia de las enfermedades mentales se duplicó en Gran Bretaña entre 1979 y el presente. Igualmente, los genes no pueden explicar tales cambios.
Evidentemente, los genes son la fuente fundamental de nuestra capacidad para el humor o para la ira. Pero la manera y la duración en que expresamos estos rasgos fundamentales se define en respuesta a nuestra particular situación familiar. Hay muchas evidencias que indican que la educación que reciben los niños es un factor crítico cuando una enfermedad mental empieza en la infancia. Si los cuidados que un niño recibe durante su primer año son deficientes, estará en mayor riesgo que si la misma situación se produce cuando ya tiene dos o más: la razón es que se acostumbra a esperar lo peor y a sentirse defraudado ya desde el principio de su vida. Hay estudios recientes mostrando que los cuidados que se reciben en los dos primeros años condicionan los síntomas del desorden de personalidad (cambios bruscos de humor, narcisismo, etc.) treinta años después. De igual manera, la calidad de la atención que se recibe antes de la edad de tres años predice la seguridad que el individuo manifestará en su relación con los otros décadas después.
En la niñez tardía, las madres sobreprotectoras que miran cada cosa que hacen sus hijos de una manera exageradamente crítica pueden poner al niño en riesgo de ser perfeccionista, depresivo y autocrítico. Igualmente, incrementan el riesgo los malos tratos físicos y sexuales: cuanto más joven se recibe el daño, mayor es el daño. Trece estudios mostraron que al menos la mitad de los diagnosticados con esquizofrenia habían sufrido alguna forma de maltrato físico o sexual, y tiende a interpretarse esta enfermedad más como una forma de estrés postraumático que como una problema genético (véase Models of Madness, editado por John Read, Loren Mosher y Richard Bentall).
El maltrato sufrido cuando se es niño cambia tanto el contenido como el tamaño del cerebro. De media, una mujer que haya sufrido maltrato sexual tiene una reducción del 5 por ciento en la región del hipocampo del cerebro, crucial para la regulación de las emociones, como se demostró a través de escáneres cerebrales. Que por poca atención una persona se vuelva temerosa o solitaria aumenta la secreción de cortisol, la hormona de la reacción «luchar o huir». Dando lugar a personas inseguras, dubitativas y nerviosas.
Las implicaciones políticas de todo esto son formidables. Sin embargo, pocos políticos parecen tener algún conocimiento de estas investigaciones, en parte porque los periodistas científicos rara vez escriben sobre ello, en parte porque entra en conflicto con las premisas básicas de la elite gobernante.
El Partido Laborista necesita urgentemente repensar sus objetivos. Aquí aporto una propuesta modesta: cualquiera que sea la política a desarrollar, debería partir de las siguientes consideraciones fundamentales, dos de las cuales encuentran un firme apoyo en la ciencia moderna.
Primero, crear una sociedad en la que la máxima oportunidad para una vida plena, mentalmente sana, es más importante que enriquecer a una pequeña minoría. Durante tres décadas la riqueza de estos últimos se ha incrementado, a costas tanto emocional como materialmente de todos nosotros.
Segundo, necesitamos satisfacer las necesidades de los niños, especialmente los más pequeños, por encima de todas las otras prioridades, más allá de materias básicas como comida, cuidados médicos y una casa. Como he argumentado esto significa asegurar a cada familia con un niño con menos de tres años el salario mínimo, para que puedan uno o ambos padres ocuparse del cuidado del niño o pagar a alguien para que lo haga en casa.
Tercero, necesitamos crear condiciones socioeconómicas que maximicen la salud mental. Esto implica crear una mayor igualdad económica, mayor seguridad y mayor flexibilidad en el trabajo para padres con niños pequeños y una semana laboral de 35 horas.
No hay ninguna posibilidad de que esto suceda hasta que los políticos entiendan lo que la ciencia nos dice. En cuanto a las cosas realmente importantes, pronóstico que será el cambio climático, antes que las medidas anteriores, lo que en realidad nos salvará. Dentro de veinte o treinta años, la nueva ortodoxia será el modelo de crecimiento cero, que será aplaudido tanto a nivel nacional como individual. Deberíamos empezar a darnos cuenta de que es nuestra única esperanza de sobrevivir."